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Opinión

  • | 2018/09/18 00:01

    Suraméxit y la caída de Unasur

    Tras pasar por múltiples vicisitudes, la Unión de Naciones Sudamericanas, organismo más conocido como Unasur, parece tornarse cada vez más a su fin. Y no es para menos.

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Tras más de 10 años de su constitución y de un funcionamiento altamente volátil, la Unasur ha entrado en una época crítica de la que pareciese no podrá salir fácilmente. Hasta el mes pasado, 6 de sus 12 miembros se mantenían en suspensión, pero por orden presidencial, Colombia finalmente puso en marcha la salida del organismo por diferencias irreconciliables.

De hecho, podría decirse que toda la bancada que permanecía en suspensión, incluyendo a Colombia, no compaginaba con la dictadura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y reprocharon arduamente lo inútil que había resultado ser el organismo para evitar la situación que hoy día presenta el pueblo venezolano.

Pero, en realidad, los interrogantes sobre el funcionamiento de la Unasur empezaron hace relativamente poco. Cuando recién inició, el organismo fue el denominador común de varios proyectos regionales de importancia, en donde debe destacarse el liderazgo que tuvo para entonces la Brasil de Lula y la Venezuela de Chávez, por increíble que parezca.

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Parecía imposible creer que se había consolidado finalmente la conformación de un bloque sudamericano que desarrollara un espacio regional mucho más integrado, en una época en la que la izquierda tomó relevancia en países como Venezuela, Brasil y Argentina. Con la izquierda y la derecha, trabajando en conjunto, se consolidó una agenda primeriza que tenía todas las potencialidades de ser mucho más de lo que terminó siendo.

De hecho, todo parecía muy armonioso con el acuerdo por la construcción de la Carretera Interoceánica, cuyo propósito principal era otorgarle a Brasil una salida al océano Pacífico y a Perú una salida al océano Atlántico. Pero cuando llegaron proyectos como el Anillo Energético Suramericano o el Gasoducto Binacional/Transcaribeño, se empezaron a notar las dilataciones de los proyectos y las disputas frecuentes entre los países miembro.

Estos últimos, a pesar de considerarse como excelentes iniciativas para canalizar el apoyo en recursos, fueron los que germinaron conflictos y dieron a conocer la realidad que se vivía en la Unasur. Por la falta de consenso de su gabinete, hoy en día reposan en las gavetas de los mandatarios que en su momento tuvieron interés por ellos.

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Parte del desentendimiento entre los miembros también se mostró cuando Ernesto Samper, oficializó su salida en 2017 como secretario general de la Unasur. La imposibilidad de posicionar su reemplazo, ha generado una parálisis del organismo por más de año y medio, gracias a que no cuenta hasta el momento con un nombramiento en su Secretaría General para dar vida a los mandatos que deriven de este agonizante organismo.

Al respecto, se sabe que la nominación más viable, y de hecho la única, era la de José Octavio Bordón, un exgobernador argentino que aspiró a reemplazar a Samper.

Sin embargo, Venezuela, con el apoyo de Bolivia y Surinam, se opusieron a su nombramiento, con la excusa de que el argentino no había cumplido con la tarea de ser presidente de su país en algún momento, un supuesto requerimiento que, a la hora de la verdad, no existe para ejercer el cargo de Secretario General de Unasur.

Hay quienes aseguran que este condicionamiento, en el que el Secretario General tiene que ser un expresidente, es una excusa ligera para que Venezuela evite una situación como la tiene hoy día con la jefatura de la OEA, ejercida por el uruguayo Luisa Almagro.

Almagro, desde su posición, se ha dedicado a denunciar públicamente las violaciones a los principios democráticos que ha venido produciendo Venezuela desde que inició el régimen de Maduro. Por ende, es lógico que el mandatario venezolano quiera evitar la llegada de otro Almagro a la Unasur.

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Sin embargo, puedo concordar con que el problema de fondo, como siempre lo es, es la falta de institucionalidad que se vuelve aún más necesaria, cuando en el mismo club convergen posiciones ideológicas distintas. Con gran infortunio, un proyecto de organismo como la Unasur, que surgió como una iniciativa para buscar una integración regional, resultó siendo un club privados de presidentes que crearon más conflictos de los que lograron resolver.

La creación de instituciones pudiese haber sido una solución que mermara la situación actual al crear procedimientos formales de debate, consenso y jurisdicción. Pero el miedo a la consolidación de una estructura supranacional ganó, y lo que se ha hecho es despilfarrar dinero en un organismo que dejó de funcionar hacer muchos años.

Con su progresiva caída, hay quienes hablan de un potencial Suraméxit, alusivo al Bréxit en Europa, por la potencial salida de los países miembro. No obstante, no hay punto de comparación entre la integración que logró Europa con la UE y el proyecto de integración que intentamos establecer en nuestra región. De hecho, la UE es lo que en su gran mayoría, por sus instituciones.

El temor a ceder el poder en América Latina es lo que nos ha llevado al declive. No sólo fracasamos en un intento por integrarnos bajo un organismo que fuera mejor que nosotros, sino que resultó ser un centro regional para comadrear las apologías de Maduro. Así se evidencia la desarticulación de Suramérica. Y, con todo el respeto que merece el verdadero significado de su conformación, lo que no sirve que ya no estorbe.

 

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