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Opinión

  • | 2019/11/28 00:01

    Statu-Quo

    Se debe escuchar el clamor contra la corrupción y por la paz, pero no proponer reformas que nada transforman.

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Ahora es cuando más es necesario tener una posición reflexiva, igual a la que todo el mundo tiende a tener después de las elecciones. Al final de cada contienda se entiende que el interés colectivo es que al Presidente le vaya bien porque si a él le va bien, a todos nos va bien.

La economía no está boyante y las condiciones sociales son más tensas, duras y apretadas. Lo usual es que cuando todo va bien el interés por entender qué hacemos mal sea casi nulo, mientras que cuando se ponen difíciles queramos saber qué hacemos mal y, bien sea por negativismo, por crítica o por diagnóstico de oportunidades de mejora, se hable mucho más de lo malo que de lo bueno.

Así pintan las cosas para Colombia en 2020 y frente a algunos referentes.

El crecimiento económico será de 3,5%. Esto no solo es clave por cuanto mide el aumento del ingreso y la capacidad de generar riqueza sino porque la estabilidad económica determina mucho del desarrollo y progreso general que se acumula con los años. Está bien cuestionar y proponer formas para generar una mayor distribución de la riqueza y tener niveles de equidad más sensatos como sociedad, pero no se puede olvidar que el error está en dejar de considerar como prioritario el que se debe aumentar el ingreso, la riqueza y el progreso para tener qué distribuir.

En 2020 creceremos el doble de lo que se creció en 2017 y será el único país de reseña en Suramérica que en 2019 ya creció mejor que en 2018. Es decir, no vamos a velocidad de crucero, pero el país mejora de la mano de la inversión productiva y consumo privado.

El desempeño colombiano marca una diferencia con países como Perú, que en 2018 creció a 4% y este año estará en 2,5%, por el enorme costo de la inestabilidad política producto del choque de sus instituciones. No menos impactante es el caso de Chile, que este año crecerá apenas 1,7% en medio de un desborde social que tiene al país severamente paralizado y promoviendo un giro desde su propia Constitución. Se espera no mejore mucho en 2020.

Pero esta no es la única razón para ponernos reflexivos. Uno entiende que varias de las figuras cercanas al Gobierno están muy angustiadas por los efectos que las crecientes demandas sociales están generando en la gobernabilidad de la región. También se les entiende que les preocupe que esas demandas sean acogidas por la oposición.

Pero la inmensa angustia les está llevando a ser intempestivamente solidarios y simpatizantes de esas demandas sociales, las cuales no están mal, pero no son económicamente realistas. Por eso preocupa que al Gobierno su propio partido y desde sus principales cabezas, le empiezan a exigir la necesidad de cancelar el plan de reformas y modificar el diseño de sus políticas públicas.

El asunto es tan contundente que el ministro Carrasquilla ha tenido que salir a negar ya no solo las medidas que consideraba el equipo económico eran necesarias en las reformas, sino que la presión llega hasta pedirle modificar los diagnósticos, desconocer las evidencias y negar los problemas que las reformas querían resolver.

Lo anterior es bastante incoherente. Como lo son aquellos vándalos de las protestas que destruyen la infraestructura para exigir mejores salarios, que acaban los bienes públicos para pedir más inversión en educación y en salud, o los que agreden a la fuerza pública para exigir el respeto a los derechos humanos. Colombia no puede caer en los populismos que compran la gobernabilidad feriando la estabilidad económica. En la región también hay varios casos que brillan por sus dolorosas consecuencias.

En 2020 Colombia estará creciendo a la mejor tasa desde 2015 sin haber tenido ningún año negativo. Mientras, Brasil logrará crecer cerca de 2%, tras siete años de crisis económica y la incertidumbre en Argentina se parece a una profunda y ya prolongada destrucción de riqueza.

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