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Opinión

  • | 2019/08/08 00:01

    Baja productividad y otros demonios

    La inteligencia artificial y el big data ya se usan para perfilar potenciales trabajadores antiéticos.

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En un informe de Amitai, una organización dedicada a programas de integridad, ética y cumplimiento para las empresas, su director Fernando Sientes resaltaba que “la transformación cultural ética es un proceso que inicia con la conciencia de que algo está mal, nadie pueda cambiar algo que no percibe como malo, o no está consciente de que está presente en su conducta”. De allí se puede comprender cómo y hasta dónde la polarización política del país, el todo vale o el fin justifica los medios, tiene por victimas predilectas la integridad y la ética que deberían ejemplarizar los líderes y dirigentes. Igual ocurre con la lucha de clases, la inequidad, la desinstitucionalización del Estado etc.

La ética es esencial a la empresa como resalta Carlos Raúl Yepes en su libro Por el otro Camino, y aunque cause curiosidad en muchas personas, cada vez más se impone que los procesos de selección de trabajadores tengan pruebas éticas rigurosas. Más allá de favorecer el saber de un candidato, prima el SER. El conocimiento se adquiere, pero el SER se construye de una forma más compleja y resulta más difícil de modificar o cambiar.

También es cierto que la ética se relaciona con el nivel de profundización capitalista de una sociedad. Max Weber y La ética protestante y el espíritu del capitalismo en 1905 ya definía el espíritu del capitalismo como aquellos hábitos e ideas que favorecen el comportamiento racional para alcanzar el éxito económico, aunque en Colombia en el siglo XIX hubiésemos tenido 33 guerras civiles porque libre empresa, libre credo y libertades económicas eran considerados pecados y diabólicos. Hasta que no apareció el comunismo, en Colombia fue perverso e inadmisible el capitalismo con su liberalismo.

En agosto de 2017, en la columna titulada Ética para el progreso pregunté: ¿qué tienen que ver nuestro SER con la baja productividad, el lánguido bienestar, el disímil desempeño empresarial y la difusa labor del Estado? Dichas caracterizaciones brillan en las cifras de crecimiento, la estructura productiva y la canasta exportadora del país.

Para aquellas empresas que han implementado las pruebas éticas, las complejidades de contratar el adecuado recurso humano saltan a la vista y revelan el terrible trasfondo de la crisis moral que tanto alentaba a Luis Carlos Galán a denunciarla. El abrumador y altísimo porcentaje de candidatos que no logran pasar las pruebas revela que existe aceptación del fraude, se justifica la deshonestidad, no se considera que el robo afecte la credibilidad, se hace justificación de la violencia, actuar de un modo no se explica por las convicciones sino según la necesidad y la oportunidad, no se rechaza el soborno, está bien apropiarse de lo público, se excusa la deslealtad, se permite el acoso, se disculpa la mentira, está bien el amiguismo por encima de la meritocracia y se aprueba usar todas la forma de lucha si de imponer, forzar, o lograr primar intereses propios sobre los colectivos se trata. Primero el interés de la persona, después si acaso el de la empresa o demás partes interesadas en ella.

Se trata de quienes públicamente se valen del “usted no sabe quién soy yo” y de quienes ejercitan constantemente dentro de su mente sus vanidades, sus privilegios, sus conveniencias, sus intereses, sus derechos y silencian en ella sus deberes, sus obligaciones, sus limitaciones y sus errores.

Cuando se entra a evaluar la baja productividad, nunca esa capacidad económica suele diagnosticarse conectada al SER. Y las mismas empresas se equivocan en creer que las competencias laborales, como la orientación a resultados y al cliente, la capacidad de trabajo en equipo, la legalidad, la adaptación y flexibilidad del trabajador, por mencionar unas pocas, NO están atadas estrechamente a la ética y la integridad. Esas competencias laborales requieren de esa conciencia de lo que está mal y de qué es aquello que debe modificarse para primar y alcanzar los logros u objetivos colectivos, y así procurar un bienestar general sostenible.

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