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Opinión

  • | 2019/04/05 00:01

    La costumbre de cambiar las reglas: una práctica que hace quedar mal a Colombia

    Ser un destino atractivo para la inversión extranjera y nacional implica no estar cambiando las reglas del juego por nuestros absurdos vaivenes políticos. ¿De dónde viene esta vieja maña de estar cambiando las cosas, pensando que el mito del cambio por el cambio siempre es bueno?

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Imaginen que están en el colegio y su profesor les dice iniciando año que habrá 6 exámenes y 5 trabajos en el año. Dos meses después, el profesor les dice que ahora son 10 exámenes y 20 trabajos, y que, además, para pasar deben hacer una maqueta con materiales que nunca presupuestaron. Luego aparecen 15 exámenes, 2 maquetas, 3 proyectos, y 30 trabajos, todo bien regulado, impreso en lujosos códigos, porque así lo dispuso su profesor. Lentamente, se van dando cuenta que algo no está bien, que la clase deja de ser atractiva, que no se enseña, sino que se obstruye aquello que habría sido la inspiración. En cualquier ámbito, andar cambiando las reglas caóticamente es una muy mala señal.

En nuestro ADN corre con brío y ánimo el cortoplacismo. La esencia de cada campaña política es a) deshacer lo que hizo el otro y b) criticar al otro, porque la idea es figurar uno, sea de izquierda o derecha. Esto se proclama bajo la mediocre égida del “cambio”. No importa qué es lo que se debe cambiar, con tal de que haya “el cambio” y que éste signifique ser distinto al mandatario de turno. Entonces, cuanto más se pueda dañar su imagen, más se alimenta la indignación pro-cambio. Y bien, la consecuencia de esa filosofía es que también cambiamos las reglas todo el tiempo. Tomemos el caso del emprendimiento.

La Ley 1429 del 2010 dio unos beneficios a jóvenes emprendedores, pero ya en 2016 la hundieron con la reforma tributaria. Los beneficios para los emprendimientos de las industrias creativas, con toda probabilidad van a caerse cuando llegue otro gobierno que se sienta celoso porque el tema de la economía naranja “no es suyo”. En la última reforma o Ley de Financiamiento, por poco sacan de la lista de bienes excluidos a productos vitales como la miel, y tristemente, dejaron en un limbo productos adjuntos como el polen y la jalea real. Y ahí está el problema mayor: la incertidumbre es enorme cada vez que hay reformas, porque cambiar las reglas es lo nuestro.

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Hace unos años, Fenalco le pedía al Congreso que eliminara 11.000 normas inútiles. Se documentaron unas tan absurdas que no extrañaba que ocupáramos un vergonzoso y alto puesto en el índice de complejidad financiera. Lo delicado de estos cambios es cuando se asocian con inestabilidad política o un creciente riesgo país. Para Nazeer & Masih (2017), quienes hacen un estudio exhaustivo sobre Malasia, la inestabilidad de un país golpea la inversión extranjera y el crecimiento económico. Aisen & Veiga (2011) también encuentran que el cambio en políticas puede llevar a más volatilidad e incertidumbre, afectando el crecimiento económico.

La plataforma Country Risk, basándose en un estudio de Daniels, Radebaugh & Sullivan (2002) también insiste en que los cambios regulatorios impactan el criterio de riesgo político que influye directamente en el riesgo país. Esto no implica que cambiar las reglas de por sí sea malo, pues algunos cambios, sobretodo en sistemas tan rígidos, plagados de legalismo y burócratas feudales, como el colombiano, son fundamentales en pro de mayor flexibilidad. Lo preocupante es que las reglas estén asociadas a iniciativas cortoplacistas y no a políticas de Estado.

El caso silencioso en el que se percibe el cambio de reglas se da, por ejemplo, en el impuesto a la renta. Entre 2000 y 2016, 6 de 8 reformas tributarias modificaron este impuesto. Mientras la Ley 863 del 2003 impuso una sobretasa del 10% que terminó elevando la tasa efectiva a 38.5%, ya en 2006 se redujo al 34% con la Ley 1111. Luego, en la reforma tributaria del 2012, se dice que el impuesto pasa del 33% al 25%, pero le agregan el famoso impuesto para la equidad o CREE, que pesaba 9% inicialmente. Si los sumamos, otra vez volvemos a 34%. Años después, se elimina el CREE y volvemos al 34% que un año después (2018) se convierte en el 33%, y así sucesivamente. Esta barahúnda tributaria nos hace pensar que los horizontes que van más allá de 2 años en las reformas tributarias probablemente no tengan mucho realismo. Y no, no es el gobierno Duque, son todos.

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Mi argumento no está basado en decir que una cifra sea mejor que otra, pues mi preocupación es que se cambie tanto la regulación que uno realmente no sepa qué esperar en el mediano plazo, peor aún si a esto le sumamos el moderno sectarismo político que estamos volviendo a vivir. Si algo se puede aprender del caso de Singapur, es su estabilidad en las reglas del juego, durante décadas. Nuestro vecino Perú, un país que superó la tragedia del terrorismo sin desgastarse en cambiarle el nombre a la realidad con discursos, hoy sobresale, entre otros, por tener reglas del juego claras, una cara amable, una marca país poderosa y no un lúgubre acervo de marcas de gobierno.

Para poder generar estabilidad, se necesita reducir tanta polarización y oportunismo político basado en la destrucción de los que no piensan igual. Las redes sociales en esto están amplificando la voz del cortoplacismo, pues somos un país que difícilmente acepta lo bueno que se hace. La inestabilidad de nuestras reglas es un símbolo de nuestra incertidumbre política y nuestra emocional volatilidad colectiva. Esto tiene que parar a través de un pacto nacional que hoy está frenado por haber dividido al país en amigos y enemigos de la paz en un plebiscito. Ese tipo de bifurcaciones sociales no nos dejan avanzar, y clásicamente se ha tratado de generar dos bandos, dos visiones, hacerlas colisionar en la base y luego recoger frutos de las crisis. Los invito a ver los pactos de Benidorm y Sitges como ejemplos de nuestra curiosa mentalidad e historia nacional.

Tengamos conciencia sobre lo que implica andar cambiando reglas. Con más visión de largo plazo, alimentada por más técnicos y menos cuotas políticas se puede empezar a cambiar las cosas.

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