Opinión

  • | 2019/03/22 00:01

    Colombia: ¿un país que mata nuestros sueños o los impulsa?

    Aquí, la política habla de cambios permanentes, sin decir que lo que quiere cambiar son colores, no estructuras profundas de problemas. “¿Qué pasa cuando puedes soñar sabiendo que no se cumplirán tus sueños?”

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Se puede soñar como joven en Colombia, pero ¿se pueden cumplir los sueños en un lugar de tantas agresiones, tensiones y obstrucciones al progreso? Probablemente sí podamos cumplir algunos, pero el sistema en Colombia está tejiendo una red de imposibles que puede terminar frenando los propósitos de gente que quiere impulsar cambios en la sociedad.

Aquí, la política habla de cambios permanentes, sin decir que lo que quiere cambiar son colores, no estructuras profundas de problemas. “¿Qué pasa cuando puedes soñar sabiendo que no se cumplirán tus sueños?”, me preguntó mi amigo Fernando Llinás en una conversación sobre nuestro querido país. Pensé en nuestro contradictorio paraíso, imbuido de la atractiva naturaleza de La Vorágine y a la vez, de su brutal agresividad.

Cada vez llegan más jóvenes al mercado laboral, entusiasmados por aprender, cambiar, transformar y diseñar, pero entran en un engranaje en donde la ética es una eventualidad y no un principio que se respira en todas partes. Lo que nos decía el imperativo categórico de Kant, que sólo actuemos bajo un principio que podamos elevar a una ley universal, pareciera quedarse en la promesa del sueño. Ya sabemos que el sistema está mal diseñado, pero no sé si seamos conscientes que ese pésimo diseño y operación del Estado y la sociedad en Colombia están ayudando a matar sueños.

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En la famosa hipótesis del almendrón, Hernando Gómez Buendía nos cuenta como ese ímpetu individualista colombiano falla al no traducirse en esfuerzos colectivos por mejorar las cosas. Hay capacidades, intelecto, talento, pero de una u otra forma, no se canaliza; se tergiversa en las emociones y en las fallas estructurales. Gómez Buendía nos dice que es un ‘modo de alta racionalidad individual, pero de gran irracionalidad colectiva’, con una ‘baja eficacia para producir bienes públicos’. Lo curioso es que Colombia tiene un gran potencial para emprender, crear, ser flexible y hacer cosas distintas; su economía aún tiene muchos gaps de mercado que en otros países difícilmente se encuentran gracias a la saturación. Por eso mismo se debe aprovechar el potencial.

Un país que vale la pena es uno que permite cumplir los sueños sin tener que pasar por encima de los demás, en donde se tiene un propósito más visionario que la supervivencia, que no lo atraquen, que no lo persigan, que no le quiten su impulso o lo frenen con absurdos inventos burocráticos. Pero en este país la cultura facilista, impregnada de narcotráfico y violencia, lo que hizo fue definirle a muchas personas, el sueño de salir adelante a expensas de los demás, con tal de sobresalir, mostrar resultados, quedar bien, salir en la foto, vivir el momento, etc. De hecho, en el facilismo, también hay triunfadores declarados, orgullosos de romper las reglas.

Hace unos meses, un joven twittero se tomó una foto prohibida en la Capilla Sixtina y escribió: ‘estos vaticanitos parece que no conocen a los colombianos’. Lo curioso no es tanto que haya miles de likes, sino que algo tan simple sea un reflejo de la fallida complejidad que cultivamos aquí. Romper las reglas sigue siendo un motivo de orgullo, y para entenderlo, el ADN colombiano que ilustra Enrique Serrano en ¿Por qué fracasa Colombia?, es un muy buen comienzo.

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Gérard de Nerval escribía que el mundo del sueño es una segunda vida, y escuchando a personas de origen y perspectivas distintas, veo que en nuestra sociedad colombiana esos sueños se delegan a esa segunda vida por la falta de posibilidades de realizarlos aquí. No sé si la gente que frena al Estado para quedar bien, los egocéntricos del presupuesto, los calentapuestos y más son conscientes que están ayudando a matar sueños que al final se materializan en la voluntad de buscarlos más allá de Colombia.

Uno de los últimos bastiones que defienden y defenderán los sueños son las universidades. Como lo diría Disraeli, es un lugar de luz, libertad y aprendizaje, y, el reto que tenemos actualmente es lograr que aquello que se aprenda no se desmorone ante el momentum de un Estado que ha sido ineficiente desde que apareció. ¿Qué se puede hacer ante ese reto? Oponerse a toda costa a la inercia de la ineficiencia que abunda en tantos lugares del país, generando cambios desde la cultura dentro de la familia hasta la cultura organizacional que pueden hacerle frente a tendencias aprendidas históricamente. No esperemos a que un milagro nos cambie la mentalidad, porque no va a suceder. Tampoco el político A o B, en sus extremos, son una respuesta: no se la deleguen a ellos, empecemos a buscar respuestas en los sueños para aterrizarlos sin pasar por encima de los demás.

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