Opinión

  • | 2018/11/11 00:01

    El mundo es incontable

    Cada historia, cada vivencia, tiene al menos dos versiones. Pero de manera reiterativa nos quedamos con un pedazo de una.

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Me meto en el campo de los dilemas éticos porque veo que cada vez más nos sentimos jueces insuperables y poseedores de la verdad y moral absoluta como para entrar a pensar, con un video de 10 segundos en Instagram, que los demás son los malos de la película. Cada historia, cada vivencia, tiene al menos dos versiones. Pero de manera reiterativa nos quedamos con un pedazo de una.

Un dilema ético es una situación en la que se hace presente un aparente conflicto entre dos imperativos éticos de tal forma que la obediencia a uno de ellos implica la transgresión del otro.

En la vida en general conocemos dilemas éticos permanentemente. La ética y la moral regulan el comportamiento humano y dirigen a lo que de manera individual y colectiva se considera aceptable y positivo.

Estos dilemas nos llevan a generar una tensión entre los valores de la persona y las opciones de actuación posible. Claramente esto nos lleva a reflexiones y análisis en frente a situaciones que van en contra de nuestras convicciones o que miden la flexibilidad de nuestro aguante en la escala moral.

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La gran pregunta es: ¿hasta dónde los valores son flexibles? La honestidad, por ejemplo, es un concepto que no debería tener ningún tipo de variante. Soy honesto o no lo soy…así de sencillo se vuelve. Nadie es "un poco honesto".

¿Alguna vez frente a un dilema ético has actuado realmente a conciencia? Si veo corrupción en un ente institucional debería entrar a denunciar, ni siquiera debería plantearse la alternativa de percibir un dilema. Es un hecho por ley que la corrupción hay que denunciarla.

Lo que no entiendo es el momento en el que el ser humano se vuelve permanente legislador y juez de los demás en temas personales y propios de la intimidad de cada individuo. Si bien es cierto, abordamos la vida a través de nuestros propios procesos aprendidos y creencias culturales de otro lado, es verdad que los demás tienen una posición también, una realidad concreta, algo que a sus ojos es la verdad.

Creo que a la vez, lo importante es generar espacios donde entienda que no debo atropellar y entender la visión de los demás. En un par de ejercicios que he hecho con algunas empresas he descubierto que la burbuja corporativa no permite muchas veces que la gente sea auténtica y empieza un poco a perder su individualidad. Es como si todo el mundo caminara en automático.

Como líderes, guardando la lógica de trabajar a través de un modelo de influencia e inspiración, no deberíamos pontificar sino más bien vivir a través del ejemplo.  Un ejemplo claro, de acciones de empatía de entender la dimensión de un resultado cooperativo y grupal. Un estilo que lleve a no crear ambigüedades, sino que la fundamente la lógica colectiva en un juego limpio y claro.

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Un dilema ético no es juzgar la vida de los demás. No es entrar a mirar mal a los otros porque no comparten mi estilo o a criticarlos y juzgarlos por ser diferentes a lo que mi modelo mental me dice. Creo que nos hace falta abrir la mente y más que la mente, el corazón.

En la vida organizacional, en la vida diaria, en lo que nos pasa todo el tiempo podemos vivir con dilemas éticos. ¿Si ves al esposo de tu mejor amiga con otra mujer le contarías? ¿Si ves que tu mentor profesional hace un acto impropio lo denunciarías? ¿Si ves en la calle que alguien violenta a una mujer, harías algo por ayudar? ¿Si te das cuenta que alguien roba en un supermercado harías algo?

Sí hay algo claro en vivir y dejar vivir. Pero también hay un compromiso moral de hacer una mejor sociedad y para eso no hay que tener un cargo público ni ser el presidente de una gran corporación, arranquemos por al menos actuar de manera correcta, no juzgar y educar bien a nuestros hijos.

Hay que meterle energía bonita y un poco de cariño al mundo. Bien decía el poeta Benedetti No vayas a creer lo que te cuentan del mundo, ya te dije que el mundo es incontable.

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