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Opinión

  • | 2018/12/14 00:01

    Bucaramanga, otra próspera ciudad que no se salva de las inútiles marcas de gobierno

    La Ciudad Bonita es una de las joyas productivas y turísticas de Colombia, pero como las demás ciudades colombianas, ha caído en el error de promover marcas de gobierno temporales.

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El auge económico, cultural y turístico de una ciudad estratégica como Bucaramanga es conocido. Hace unos años, un paper del Banco de la República le adscribía los “mejores indicadores sociales de Colombia” (Aguilera, 2013). Hoy puede enorgullecerse de tener unas instituciones educativas ejemplares, mejor infraestructura, la mejor tasa de ocupación laboral y un puesto entre las cuatro ciudades más competitivas de Colombia.

Mientras algunos se dejan distraer por sucesos infortunados como el encontrón entre el alcalde y un concejal, que más tienen que ver con impulsos que con reales problemáticas de ciudad, Bucaramanga ha hecho avances importantes, ahorrando presupuesto, atrayendo inversionistas e impulsando la cultura.

Pero Bucaramanga, a pesar de su enorme potencial cultural y económico, cae en el mismo error de autoproclamación de sus gobernantes. Así el actual alcalde haya hecho una productiva gestión, también impulsa una marca de gobierno, como cientos de colegas suyos. Uno tras otro, los gobernantes van creando sus propios logos, subrayando su nombre y su administración como hitos que poco contribuyen a la política de Estado.

Bucaramanga, así como Bogotá y muchas otras ciudades, es una fiel promotora de las inútiles marcas de gobierno, es decir, de costosos logos y slogans temporales que carcomen la identidad institucional de la atractiva Ciudad de los Parques.

¿Qué es una marca de gobierno? Como lo he explicado en diversos espacios, estas marcas son logos y demás iconografía temporal que impulsan los gobernantes de turno. Van cambiando de color, de slogan, de brand mantra, para luego ser retiradas cuando llega el próximo gobernante.

Son marcas más personales que institucionales, y bien, no se puede decir que sea culpa del alcalde, porque es un vicio estructural que nos inunda en toda Colombia. Entre mediados del 2013 y enero del 2014, Colombia se gastó al menos $2,3 billones en publicidad, es decir, en autoproclamación, en egocentrismo innecesario, pues el top of mind del marketing político prima sobre la política de Estado.

En un ejercicio de revisión en Secop, para Bucaramanga aparecen al menos mil millones de pesos invertidos entre 2012 y 2015 en publicidad, publicaciones, material de apoyo, divulgación, etc, sin incluir aquellos procesos en donde este tema no se escribe explícitamente. Hagan su divulgación, sí, pero no usen logos temporales, sino el escudo de armas, para que perdure y el dinero no se pierda.

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Alfonso Becerra es un gestor cultural y a la vez un bumangués que se preocupa por esta realidad. Para caracterizarla, compara las marcas de gobierno de su ciudad con el escudo del Atlético Bucaramanga. ¿Por qué si el escudo del equipo no cambia cada vez que hay un técnico nuevo, tenemos que cambiar los logos de la ciudad?

En el branding de la ciudad, el escudo de armas, que representa la tradición y esencia de la ciudad, termina relegado como el patito feo del inútil portafolio de logos cambiantes. Peor aún, el mismo plan de desarrollo tuvo un nombre distinto (Gobierno de las ciudadanas y los ciudadanos) al de la marca de gobierno (Lógica, Ética y Estética).

Pocas iniciativas se han visto para combatir las marcas de gobierno, pero ya empiezan a surgir. En México aparece el Estado de Colima como un pionero en la prohibición de publicidad inútil. Su Decreto 508 de 2015 es tajante al sostener que: “a ninguna obra pública o servicios relacionados, podrá imponérsele el nombre de algún funcionario público (…). Tampoco podrán emplearse signos, eslogan, emblemas y colores alusivos a los partidos políticos o característicos de la administración en turno en las obras realizadas” (Art. 6. Bis).

Me pregunto qué pensarán de esto los promotores de ‘Bogotá Humana’ que luego vieron con buenos ojos una casi idéntica iconografía de ‘Colombia Humana’. En la exposición de motivos del decreto mencionado, los mexicanos van al grano: “la presente iniciativa tiene como finalidad erradicar las prácticas propagandísticas de los funcionarios públicos”, aludiendo a un viejo principio nacido en 1972. También Costa Rica buscó eliminar el culto a la imagen del funcionario, cuando Luis G. Solis prohibió el uso de placas con nombres en obras públicas en 2014.

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En Colombia, el hoy presidente Iván Duque fue autor en 2017 de un proyecto de Ley que no prosperó y hoy recobra algo de vida, mediante el cual se buscaba regular la “publicidad de naturaleza estatal”. En su espíritu, la Ley preveía frenar esa autopromoción egocéntrica bajo los principios de la eficiencia y la autoridad, atacando la publicidad “informativa”, que se fusiona en el absurdo mundo de las marcas de gobierno.

Fue un gran acierto al menos tematizar el problema, y la exposición de motivos es valiosa, pero dicho proyecto de Ley no será la solución al problema si no se prohíben tajantemente las marcas de gobierno.

Si revisamos presupuestos de entidades públicas, las marcas de gobierno empiezan a alimentarse de manera indirecta de rubros como “desarrollo institucional”, “comunicación”, “mercadeo y publicidad”, “fortalecimiento institucional”, i.a. Me pregunto, ¿estamos fortaleciendo instituciones y políticas de Estado o el posicionamiento marcario de personas que andan ansiosas de maximizar el número de cargos públicos que ocupan, para “hacer hoja de vida”?

Como lo sostiene Alfonso Becerra, esto es “un vicio para la democracia”. En Bucaramanga, la incoherencia marcaria que olvida el escudo de armas es alarmante. Los funcionarios andan con chalecos verdes, azules, marcas por aquí, marcas por allá, y luego, todo ese material termina desechándose si no lo le gusta al próximo gobernante. Adiós pendones, esferos, libretas, libros, bolsas, gigatografías, vallas, es decir, adiós al dinero de los contribuyentes. Nadie dice que no haya esferos ni libretas, pero por favor, pongan el escudo de la ciudad en ellos, no una marca temporal que proviene del salpicón marcario de la política colombiana.

Si esto pasa en una ciudad de tanto potencial y auge económico, de hermosos atractivos como La Flora y Panachi, con su espectacular cultura santandereana y una Alcaldía que ha logrado un buen plan de austeridad, ¿qué podemos esperar de los cientos de municipios pequeños, departamentos y distritos de este país?

P.S: Señor ciudadano, si quiere ser veedor en este proceso, la próxima vez que vea una entidad haciéndose publicidad, impulsando logos injustificados, no se deje impresionar, sea crítico y constructivo, ponga el tema sobre la mesa y use las redes sociales para visibilizar la autoproclamación, afanada ésta de mostrar cualquier resultado con tal de figurar.

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