Opinión

  • | 2018/11/23 00:01

    Colombia inflexible: lecciones de Alemania... sí, Alemania para ser más flexibles

    La flexibilidad en la toma de decisiones parte de una educación sólida y un entrenamiento social basado en valores y no en el oportunismo.

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Resulta curioso que en la idiosincrasia colombiana consideremos que otros países son intransigentes, ultra estrictos, buscando construir una artificial identidad nuestra como flexibles y modernos, cuando sucede todo lo contrario. La etnografía que he podido adelantar me muestra que los mismos alemanes pueden ser más flexibles que los colombianos.

Imaginen estas dos situaciones (reales). Se encuentran en Alemania, el país moderno que consideramos desde aquí inflexible. Tienen un bono para reclamar un café. La niña de la caja les dice, ok, pero este bono es solo para cafés pequeños. Ustedes proponen: pago la diferencia, porque quiero el grande. La niña dice: ok, no hay problema, solo debes firmarme la factura. Segunda situación: nos encontramos en Colombia, llenando un formulario para el banco X. Luego de llevar el 50% del formulario hecho, se equivocan en una letra y la tachan: no señor, debe repetir el formulario y no me hable del derroche de papel. ¿Por qué? Porque sí, sobre todo tenga en cuenta que aquel bicho extraño llamado ‘sentido común’ no tiene visa para entrar a Colombia en ocasiones.

La antropología, incluyendo la ciberantropología, nos enseña que las generalizaciones tienen riesgos, pero sirven como patrones mentales de entendimiento. Me dediqué a observar qué pensamos en Colombia sobre Alemania, sacando las observaciones anacrónicas e ideologizadas para concluir que la percepción sobre Alemania tiene que ver con disciplina, tecnología, modernismo, etc, pero nunca con flexibilidad en procedimientos, decisiones, etc. Me pareció curioso, al compartir en mi vida ambas culturas, y encontré una lección que nos serviría bastante para avanzar como sociedad. En Alemania domina el sentido común, y la flexibilidad se da en muchos ámbitos de la vida, siempre y cuando uno se mueva en un marco de acción definido y rígido.

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La flexibilidad en la toma de decisiones parte de una educación sólida y un entrenamiento social basado en valores y no en el oportunismo. En Colombia estamos lejos de un pacto social así, por eso nos obligamos a ser inflexibles y desconfiados; no es un mero capricho, sino una consecuencia de nuestro devenir histórico.

No opera la flexibilidad sino la indiferencia, la jerarquización y en algunos casos, inclusive logra reinar la mediocridad. Les doy un ejemplo. Pepito debe entregar una tarea. Espera hasta el último día, cumple con la regla de la fecha y luego decide entregar cualquier matacho copiado para ganarse un ‘check’. ¡Cuánto comportamiento así no observé en el sector público colombiano! En un contexto así, la flexibilidad es inservible, pues no cambia la raíz de un problema social. Sin embargo, en la medida que logremos tener una sociedad más disciplinada, podemos pensarla como más flexible en sus reglas.

Colombia vive en un sistema ultralegalista y rígido. Aquí la norma dice x, pero no nos interesa de dónde proviene su construcción filosófica. Las cosas se interpretan al son del oportunismo y la flexibilidad sustentada en conocimiento sucumbe ante la rigidez artificial de la burocracia. En Alemania existe burocracia, pero funciona y se autorregula.

De hecho, como lo escribí hace un tiempo, en las Fuerzas Militares alemanas existe el principio del liderazgo interno o Innere Führung, que le da la autonomía al soldado de decidir si una orden es legítima o no. Alemania se ha forjado con procedimientos disciplinados en un Estado que reproduce apenas en parte el ideal weberiano de una burocracia sin sentimientos. ¿Por qué? Porque impera la lógica y la razón. He sido testigo de soluciones que encuentran funcionarios sin miedo a que un enjambre de entes de control locales los acaben, como sucede en Colombia.

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En el campo de la educación, un campo de alta visibilidad actualmente en Colombia, hay ejemplos perfectos. Una universidad estatal alemana puede guardar presupuesto y no ejecutarlo antes del fin del año si lo considera necesario. Ni siquiera lo decide la facultad sino el profesor líder de un departamento, dado que goza de una autonomía fundamentada en su experticia. Si guarda reservas, las invertirá en otro momento y no tendrá problemas. Aquí en cambio, si no ejecuta todo su presupuesto en la universidad pública en un año, que Dios lo ayude. Mejor aún, si la universidad alemana invierte en diferentes rubros, no tiene que enloquecerse justificando cada átomo del presupuesto, mientras que aquí, pareciera que hay bloques de búsqueda, políticos eso sí, al acecho de cualquier falta de exactitud.

Imaginen lo complejo que hay detrás de estas situaciones. Pero el devenir de la sociedad alemana moderna nos sirve como una guía para pensarnos de nuevo con soluciones.

Lo primero es ayudarle a la educación más allá del presupuesto: en el razonamiento lógico, en el sentido común, en prácticas innovadoras, talleres de ideación y creación. Sin embargo, esto no tendrá éxito si en paralelo no se trae una cultura de la autorregulación, creatividad y una apuesta por el sentido común en la administración pública y privada. Somos más inflexibles de lo que pensamos, y no podemos contentarnos con buscar culpables y ya. Es una responsabilidad de todos.

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