| 10/10/2017 9:39:00 AM

El fútbol, una representación de la sociedad

Si Hungría hubiese ganado no habría habido contrarrevolución. En su lugar habría habido un poderoso impulso a la construcción del socialismo en el país.

Al momento en que el arquero Bonetti cometió su tercer y último error el domingo, simultáneamente, todo comenzó a ir mal para el [partido] laborista de cara al jueves siguiente.

Esta segunda frase corresponde a las memorias de Denis Howell, ministro de deportes de Harold Wilson, primer ministro británico laborista entre 1964 y 1970. Las fechas de elecciones estaban previstas para el 18 de junio de 1970.

El domingo anterior, el 14 de junio, Inglaterra, vigente campeón mundial, se enfrentó a Alemania en cuartos de final del Mundial de México. Wilson había convocado elecciones en mayo cuando contaba con una ventaja de 7,5 puntos en las encuestas. Inglaterra, que en primera ronda había perdido en un gran partido contra el Brasil de Pelé, esperaba la final para tomar cumplida revancha. Todo indicaba que podrían intentarlo. A falta de 21 minutos Inglaterra ganaba 2-0.

Pero a falta de 8 minutos Alemania empató. En tiempo extra eliminó al Campeón del Mundo y el jueves siguiente los conservadores ganaron las elecciones. Aunque en público Wilson negó inicialmente que el resultado tuviese que ver con el partido, después se supo que, ya en abril, el Primer Ministro había preguntado por el impacto que tendría sobre el gobierno una derrota de los ingleses en los días previos a las elecciones.

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Son solo dos ejemplos de miles que ha dejado la historia del fútbol que, en el mundo entero, ha sido utilizado durante más de un siglo para justificar diferentes situaciones sociales y económicas. Los más apasionados ven en el fútbol la raíz de lo mejor del ser humano. Los acérrimos enemigos, que también los tiene, encuentran en él, el justificante perfecto para explicar múltiples desgracias.

La realidad es que el fútbol no es más que una representación de la sociedad: alegrías y tristezas

Las alegrías se cuentan por miles. Sólo en una ocasión Francia celebró como el día en el que París fue liberada de los nazis: el día que ganaron el Mundial de 1998. Ese día para los holandeses fue cuando eliminaron a Alemania en la semifinal de la Eurocopa del ‘88. Estadísticas de autores serios, pero de origen dudoso, dicen que en plena dictadura argentina, entre secuestros, asesinatos y desaparecidos, el 60 % de Buenos Aires salió a celebrar la victoria ante Perú que los ponía en la final de su Mundial, el del ‘78.

Pero donde unos sonríen, otros critican. Así, el fútbol fue acusado y condenado por la violencia que aficionados ingleses exportaron por toda Europa, particularmente en los años ochenta.

Pocos en su momento entendieron que el imperio inglés, decadente hace décadas, se mostraba incapaz de adaptar su economía a la nueva realidad. Los grandes centros de conexión con el mundo, Liverpool y Manchester, por ejemplo, eran ciudades en contracción, donde los que no se iban poco tenían que hacer. Más cerca, en Colombia, aún hoy, se culpa al fútbol de los muertos durante los festejos del 0-5 a Argentina en 1993.

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La realidad es que el fútbol no es más que una representación de la sociedad. Alegrías y tristezas.

Es, eso sí, una representación especial. El fútbol, particularmente el de selecciones, exalta el nacionalismo, el patriotismo, el sentido de pertenencia.

El fútbol para los latinoamericanos es el campo en el que miramos de tú a tú a las potencias europeas y por encima del hombro a Estados Unidos, Japón o China. En ninguna otra área relevante podemos sentarnos en la cabecera. Ha sido cierto desde que Uruguay cruzó el charco y con su bandera ondeando inicialmente al revés, conquistó los Juegos Olímpicos de 1924. De repente Uruguay, el Río de la Plata, Suramérica fue capaz de exhibirse ante el mundo como los mejores.

Cualquier actividad que glorifique la patria fue, es y será utilizada por los políticos de turno. Ningún dirigente, dictador o demócrata ha dejado pasar la oportunidad de fotografiarse con aquellos a los que el pueblo idolatra. Pero se equivocan aquellos que desairan al fútbol.

La alegría, por colectiva que sea, es motivo de celebración. La vida, con sus sabores y sinsabores, sigue; como siguió en Colombia después de la visita del Papa. La felicidad que tantos sintieron quedó para siempre incrustada en el corazón.

Unos preguntarán ¿dónde estaba usted cuando mataron a Galán? Los que tenemos cierta edad, lo sabemos exactamente. Pero también sabemos exactamente dónde estábamos cuándo Rincón marcó el gol a Alemania. Los videos que buscamos en redes sociales son de lo segundo.

Si Colombia clasifica, seremos felices. La polarización política se mantendrá, pero por unos días la semana entrante, y por un mes en el 2018, todos seremos uno. Nos abrazaremos como lo hicimos el día que James marcó ante Uruguay en el Maracaná. Protestaremos como el día que le anularon el gol a Yepes.

El fútbol tiene la capacidad de unir que no tiene ninguna otra actividad humana. Seremos felices, pero no más ricos. La literatura tiene un relativo consenso en decir que ir a un Mundial no va a impulsar el PIB. Habrá subsectores que se beneficien: se venderán televisores, se beberá cerveza y se venderán algunos tiquetes extras a Rusia. Pero los efectos son pequeños, despreciables si se considera el PIB anual. Pero la felicidad es importante.

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Perón en los años cuarenta lo tenía tan claro que para mantener la aureola de superioridad argentina en los cincuenta cerró la posibilidad de que Argentina compitiese en mundiales de 1950 y de 1954. Le aterraba que una derrota como la sufrida inesperadamente por Brasil en 1950 se convirtiese en una tragedia. Ante el dolor, el pueblo podría comenzar a preguntarse por la sostenibilidad del bienestar que aparentemente gozaban.
A los economistas nos gusta hablar de causalidad.

La sociedad en su conjunto es la causa de lo bueno y lo malo que se da en el fútbol. El fútbol no puede cambiar estructuralmente una sociedad, por más que Perón pensará que sí. Sebes y Wilson deben descansar en paz. Los tanques habrían entrado y, seguramente, habría perdido las elecciones.

Por:
Jorge Tovar
Profesor de Economía de la Universidad de los Andes
Ph.D en Economía de la Universidad de California, Berkeley

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