Opinión

  • | 2018/05/18 00:01

    ¿Y si el presidente fuera una inteligencia artificial?

    Tal vez piense que estaríamos libres de los vicios de las clases dirigentes, pero ¿de verdad cree que podría confiar en una IA?

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Hace poco más de un año la tecnológica Ericsson presentó una encuesta global, incluyendo a América Latina, donde le preguntaba a personas del común sobre su disposición a que una inteligencia artificial fuese líder de una compañía o presidente de un país. Cerca del 20% de los encuestados señaló que estaría dispuesto a elegir a un algoritmo como líder del ejecutivo. Y usted, ¿votaría satisfecho?

A vuelo de pájaro se vale pensar que acabaríamos con la corrupción, que la toma decisiones se haría basada en lo mejor para todos y que la celeridad tocaría al Estado… Pero basta solo con pensar en la profunda ignorancia que nos invade frente a temas como la programación de sistemas cognitivos para entender que si en el tarjetón actual algunos creen que votan por un candidato fantasma, al elegir a una inteligencia artificial se estaría votando por los deseos de un equipo de programación.

Nuestra sociedad es la de la transformación digital, la de la cuarta revolución industrial y también la de la autonomía de las máquinas. Una donde tenemos todas las posibilidades científicas y técnicas para reconstruir al planeta, pero también donde con blockchain podemos generar nuestro propio dinero electrónico.

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Nos enfrentamos a decisiones que parecen de ciencia ficción pero que en un parpadeo se hacen realidad. La ley de Moore, que dicta cómo los avances tecnológicos duplican su capacidad y reducen su tamaño a la mitad cada dos años, ya rompió sus propias proyecciones y se declara incapaz de seguirle el ritmo a la avanzada digital.

 

En favor de nuestr@ candidat@ de inteligencia artificial, lo cierto es que todos los que conocen sobre cómo se programaría insisten en que estos sistemas no ‘piensan’ por sí mismos, sino que imitan las conexiones y los procesos lógicos de quienes las entrenan: humanos criando máquinas.

En 2016 apareció Tay en Twitter, un chatbot de IA, desarrollado por Microsoft, cuyo propósito era comportarse como una adolescente en la red social, conversando con usuarios en tiempo real. Oh sorpresa cuando 16 horas después de su lanzamiento la tímida joven se convirtió en la antítesis de un ser social. Aprendió rápidamente de otros usuarios sobre la segregación y el racismo y se tornó indeseable para la compañía y sus seguidores. Ahora duerme y no sabemos con qué perfil despertará. Al parecer no fuimos tan buenos en la crianza.

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El caso extremo de una inteligencia artificial como presidente de un país nos hace pensar que el futuro ya no es lejano y en cuáles son las posibilidades que abren las nuevas tecnologías. Meses atrás Arabia Saudita declaró a Sophia, la robot humanoide, como ciudadana de su país, entonces no faltaría mucho para que pudiese lanzar su carrera política, eso si no existieran las primeras restricciones globales que en materia de IA han avanzado.

Ahora bien, si los autómatas no parecen tan bien ponderados para cargos públicos, ¿cómo les irá en las organizaciones? El mismo estudio de Ericsson señala que entre el 25% y el 40% de los consumidores encuestados estarían dispuestos a aceptar inteligencias artificiales como consejeras en el trabajo, tener una IA como gerente de un área o incluso tenerla como líder de una compañía.

Hacer procesos mecánicos, manejar la agenda, generar reportes e incluso responder correos protocolarios parecen ser actividades que bien podríamos cederle a las máquinas. Por supuesto, la tecnología que permite este cambio de roles ya está disponible y las grandes compañías de TI tienen una amplia oferta de posibilidades que abarcan desde los asistentes virtuales Siri, Cortana y Alexa, hasta los complejos sistemas cognitivos o de redes neuronales.

Tal vez algunas juntas directivas se sientan más satisfechas con los reportes ‘imparciales’ que generen en cada periodo los robots; de pronto algunos se inquieten por tener como supervisor a una IA, pero al fin de cuentas la medición por resultados y el seguimiento con plataformas de productividad no se aleja tanto de ese escenario. Un gerente de IA podría ser efectivo, pero sus capacidades siempre reñirán con las cualidades humanas de liderazgo y empatía que suelen asociarse a los altos mandos.

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Los campos de acción son ilimitados y las inteligencias artificiales empiezan a dominar no solo las proyecciones de compra de las empresas sino también las aspiraciones de los consumidores del común. Tanto así que, dejándolo como cereza del postre, más del 25% de la población mundial que hizo parte del estudio que hemos referido, dice estar dispuesta a cargar su mente y convertirse a sí misma en una inteligencia artificial.

¡Bienvenidos los cyborgs, adiós a los límites de la capacidad humana y organizacional!

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