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Opinión

  • | 2019/12/09 00:01

    Pobreza… de tiempo

    Vivir bien no equivale, necesariamente, a tener una gran capacidad de consumir. Disponer de tiempo para realizar actividades dedicadas a la familia, cuidados personales o, incluso, al ocio también es un indicador de bienestar.

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En América Latina tenemos una amplia categorización de la pobreza para intentar dimensionar nuestra situación actual. Tenemos estimaciones para la pobreza urbana, la pobreza rural, la pobreza extrema, la pobreza monetaria… pero ¿qué tanto hemos escuchado de la pobreza de tiempo?

La falta de tiempo también es un factor fundamental para poder determinar qué tanto bienestar tiene una persona. Hoy día la mayoría de los colombianos sienten que necesitan días de más de 24 horas para cumplir a cabalidad todas las responsabilidades y/o los planes que querían hacer, además de descansar. Y aunque no es extraño ver a una persona rica económicamente que es pobre de tiempo, el panorama es mucho más crítico y difícil para las personas de bajos ingresos.

En algunos escenarios, si bien una persona no dispone de tiempo, pero recibe buenos ingresos, tiene recursos que le permiten cubrir, y hasta por encima del promedio, todas sus necesidades. En los grupos de personas con ingresos más bajos, a pesar de lo mucho que se trabaje, hay muchos casos en los que no se logran cubrir las necesidades del hogar. Por ende, es un segmento que tiende a no disponer ni de tiempo, ni de buenos ingresos, ni de suficientes recursos en un aprovechamiento positivo del tiempo, dados los altos tiempos de desplazamiento, la necesidad de tener más de un trabajo, etc.

De acuerdo con una investigación publicada por el Dane recientemente, pero elaborada con datos de 2017, se dice que en Colombia el 18,5% de las personas no cuentan con el tiempo necesario para realizar siquiera labores domésticas. Esto tiene una mayor incidencia en personas entre los 30 y los 45 años.

Y como las mujeres son por variadas series de factores (machismo, falta de oportunidades laborales, cultura, tradición) el segmento que tiene una mayor participación en las labores domésticas, son ellas quienes registran una mayor línea de pobreza de tiempo. Mientras los hombres presentan un déficit de 15,4 horas semanales, las mujeres tienen una estimación negativa mayor con 20,4 horas a la semana. Por ende, la falta de tiempo afecta más a las mujeres.

Asimismo, por el lado de los hogares colombianos se pudo concluir que el 50,9% de estos, no cuentan con el tiempo suficiente para desarrollar labores del hogar básicas, consideradas mínimas para tener bienestar, como por ejemplo cocinar o limpiar su propia casa. Asimismo, tampoco encuentran el tiempo para ejercer tareas de cuidado como atender a los hijos o a los adultos mayores que hagan parte de la familia.

Según el Dane, esta precaria situación obedece a una correlación con lo que se llama la pobreza económica (o de ingresos) puesto que, si una persona no cuenta con el tiempo para hacer dicho tipo de labores, pero tampoco tiene el dinero suficiente para pagar para que alguien más las haga, estas personas entran dentro de una categoría en la que no solo padecen pobreza de ingresos, sino también de tiempo. Por ende, pueden estar por debajo del nivel de bienestar, considerado como mínimo dentro de la línea de pobreza.

Así, en concordancia con otras cifras calculadas por la entidad, la pobreza de tiempo e ingresos fue de 1,8 puntos porcentuales más alta que la pobreza monetaria entre el periodo 2016 y 2017. De acuerdo con esto, el Dane ha dado a conocer esta diferencia como “pobreza oculta”.

De este modo, la pobreza va más allá de criterios relacionados netamente al componente salarial. Actualmente, para garantizar la satisfacción de las necesidades de las personas, es fundamental disponer del tiempo suficiente para dedicar a requerimientos mínimos necesarios que tienen que ver, más que todo, con el trabajo doméstico y diversos trabajos de cuidado. Así, podemos hablar de personas con hijos que desean pasar más tiempo con ellos sin poder hacerlo, de personas que desearían dedicar tiempo a labores culinarias, a actividades deportivas, culturales, sociales, descanso, etc.

Así, podemos hablar de una pobreza medible en múltiples dimensiones. De hecho, muchos países en América Latina disponen también de un índice que mide la pobreza en diversas dimensiones vitales como la salud o la educación. Con respecto a ello, en 2018, el Dane calculó que nuestra pobreza multidimensional fue del 19,6%, con una alta concentración en la región Caribe.

Igualmente, según el más reciente informe del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), nuestro país ocupa el cuarto lugar en las estimaciones regionales sobre la pobreza multidimensional, después de Bolivia, Perú y México. De allí, pudo concluirse que dos tercios de las personas en situación de pobreza multidimensional (casi 886 millones) viven en países de renta media. Y es muy posible que las personas muy pobres de tiempo también lo hagan.

En Colombia se necesitan, aproximadamente, 11 generaciones para que una persona que nace pobre en el país llegue a la clase media. En comparación, Brasil necesita de 9 generaciones para conseguir el mismo objetivo, mientras que Chile y Argentina necesitan de 6. Por ende, el panorama no es alentador con una movilidad social tan estancada.

Muchos mantienen la idea de que tener con qué consumir es vivir bien, y que entre más se compre, mejor calidad de vida se tiene. Pero, día por día, son más las personas que sienten los impactos directos e indirectos derivados de escenarios difíciles para la salud mental y física como no tener suficiente tiempo para departir y disfrutar con sus allegados. Afecta no tener tiempo para compartir, para disfrutar, para descansar, para relajarse, para distraerse… la vida es mucho más que un sinfín de obligaciones y no tener tiempo para aprovecharla es realmente un desconsuelo.

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