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Opinión

  • | 2019/02/01 00:01

    Perder el tiempo gracias al Estado colombiano: ¿Somos capaces de cambiar esto?

    "Debemos ser mucho más ambiciosos con el tiempo de nuestros ciudadanos, y los grandes pasos se han dado por pequeños grupos de personas innovadoras".

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Es normal que en trámites el Estado colombiano y algunas empresas nos hagan perder el tiempo, pero, ¿por qué tenemos que aceptar esa extraña normalidad? Es hora de incluir el tiempo de los ciudadanos, incluyendo el de los mismos funcionarios, en las decisiones que se toman.

Sin prisa y con pausa, pareciera que esta deformación del lema de Tosta‘o es el mantra que pregona en silencio el Estado colombiano. Sabemos que clásicamente la protección de los ciudadanos no ha sido una prioridad y menos su tiempo. Hay avances, claro, pero no son estructurales y la filosofía de algunas empresas y el Estado es un fiel reflejo de lo poco que importa nuestro tiempo.

Las eternas filas, las demoras en procesos, llamadas, procedimientos, resoluciones, etc. son algo normal. Hay trámites que siguen siendo un drama. Si un motociclista de Rappi que va a altas velocidades mirando su celular golpea su vehículo, señor lector, disponga de días enteros, de preocupaciones y de energía para sentirse como un inocente culpable al que el Estado le dice: “así funcionan las cosas”, no ‘big‘, sino ‘Stupid Brother is watching you‘. Será usted parte también de los procesos al mejor estilo de Kafka, en una lúgubre amalgama de inventos jurídicos que están ahí para que no pensemos distinto, para que aceptemos la perversa normalidad y rindamos pleitesías a las deidades de la paciencia.

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El dicho de la abuela versa así: "mijo/mija (mije para los que sienten frustración con la dicotomía, en fin), sea paciente". Sin duda, la paciencia es una virtud personal de sosiego y calma, pero no puede ser una excusa para la mediocridad con la que hemos diseñado y transformado el Estado colombiano. Como el IDU hizo una extraña muela en la autonorte en Bogotá hace unos años, es normal, aguántese el trancón. Rara vez se preocupa el Estado por no jugar con nuestro tiempo. Rara vez llegan funcionarios técnicos (no politizados) a cambiar las cosas. Por eso es imperativo que, en las políticas públicas del siglo XXI en Colombia, nuestro tiempo sea una prioridad para el Estado.

Ha habido buenos avances: las apostillas en Cancillería, los impuestos en la Secretaría de Hacienda, los pagos online de multas de tránsito, el RUT digital, las planillas, y las iniciativas del gobierno actual en simplificación avanzan, pero sigue habiendo casos absurdos: el catastro, las rectificaciones de área, los embargos y desembargos, la salud, las nefastas autorizaciones de las EPS, sin hablar de los engorrosos trámites en pequeños municipios, los líos de tener accidentes de tránsito en otras ciudades, las filas para los pensionados. Tome su turno para luego tomar su turno, señor o señora. Diríjase personalmente a la sede, notifíquese de nuestra perversa burocracia, haga fila y sea paciente que eso le hace bien. Si tiene que trabajar o en general, tiene vida, no es mi problema, siéntese ahí.

Debemos ser mucho más ambiciosos con el tiempo de nuestros ciudadanos, y los grandes pasos se han dado por pequeños grupos de personas innovadoras que el Estado hoy está espantando con miedos burocráticos y controles excesivos. Es contradictorio, pero las cargas de trabajo para responder y responder requerimientos a entes de control territoriales están bloqueando la gestión pública creativa, dándole paso a soluciones suaves, al “pasar de agache burocrático” que celebran aquellos que prefirieron no entender lo difícil sino abrazar las mieles de lo superficial.

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No queremos ser como Venezuela, con absurdas filas para marcarnos como ganado por un producto que escasea, pero eso no ha servido para tener la ambición de distanciarnos en nuestra filosofía del Estado ineficiente. He percibido como el “deje así”, “así funciona”, “ese es el sistema, qué vamos a hacer”, son férreos principios filosóficos que abundan y frenan al Estado.

En la formulación de planes de desarrollo debemos tener el tiempo del ciudadano como un mantra incuestionable, así como lo pensó Estonia al lanzar e-Residency en 2014. Allí, todo se vuelve un mundo digital, como en la antropología de Sherry Turkle, un segundo individuo digital, pero esta vez aplicado a la realidad. De eso se trata cuando queremos cambiar una sociedad, y aquí es necesario que usted, señor lector, se pregunte cómo va a impulsar este cambio.

Ojo, he visto que muchos pregonan cambios, se quejan por problemas típicos de nuestro devenir histórico (bajo desarrollo, inseguridad, etc.), pero no se preocupan por resolver lo específico y ni siquiera por ponerlo en evidencia. No es bueno dejarse convencer de los que pregonan cambios porque sí, o cambios porque son jóvenes, o cambios porque tienen experiencia; analicemos cómo van a hacer cambios reales, y ojalá que eso incluya soluciones para que el Estado colombiano deje de jugar con el tiempo de sus ciudadanos.

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