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Opinión

  • | 2019/01/25 00:01

    Año nuevo, ¿precios nuevos? el drama de subir los precios para los emprendedores

    "No todos los emprendedores tienen la capacidad ni la valentía de subir sus precios iniciando año, de hecho, pueden pasar todo el año sin tocarlos".

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Subir los precios iniciando año parece ser algo obvio. Van por un café y ya vale más; pagan un peaje, y vale más; sacan su pasaporte, y vale más. Entonces, el entendimiento macro de la economía nos arroja en una falsa obviedad del comportamiento: “todos suben los precios” y hasta podríamos engañarnos pensando que es un precio justo, honrando la lógica de Santo Tomás. Sucede que la realidad es algo distinta, sobre todo para los emprendedores. Su peor quimera, la iliquidez, ataca por estas épocas.

No todos los emprendedores tienen la capacidad ni la valentía de subir sus precios iniciando año, de hecho, pueden pasar todo el año sin tocarlos. No es que no lo hagan por gloriosos márgenes del pasado, sino por la naturaleza del poder de mercado que carecen. Subir un precio puede significar perder clientes y ser microempresario significa no tener poder de negociación en numerosos casos. Además, asumir pérdidas es normal en el camino al punto de equilibrio. Pero el tema es preocupante, porque esto puede arruinar proyectos de maravilloso potencial.

Este tema no es culpa del Estado; es una contradicción, un oxímoron que podríamos llamar accidentalidad esperada en la economía. Más allá de numerosas conversaciones con emprendedores, quise tener una idea numérica del problema. Con ayuda de Sergio Zuluaga, director de ASEC, se preguntó a emprendedores de diferentes regiones si suben precios iniciando año. El 41% dijo que no los sube. Según Sergio, los “costos ocultos y distorsiones como éstas dificultan mucho los procesos de crecimiento empresarial”.

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Como muchos se enteraron, la inflación del 2018 alcanzó el 3,18% y esta referencia se usa en algunas partes para subir los precios del 2019, sin que los costos necesariamente lo requieran. Aquí nos devolvemos a la famosa cost-push inflation (CPI), un objeto de debate entre el pensamiento Keynesiano y el de Friedman. La CPI se puede resumir en un aumento de precios inducidos por el crecimiento de los costos. Por ejemplo, una fruta puede encarecerse por los efectos del paro camionero en los fletes de los pocos camiones dispuestos a transportar frutas. Pero puede que los aumentos no siempre estén siendo inducidos por los costos, sino por un componente psicológico, por expectativas, emociones y más. Como la inflación es x, subamos los precios en x más lo que yo considere necesario. Y ahí está el reto y el drama para los emprendedores: esta privilegiada lógica no está disponible para todos gracias a asimetrías del poder de mercado.

Recordemos que los precios tienen varias connotaciones y funciones. Aristóteles veía justicia en un precio que garantizara la equivalencia y Santo Tomás, en su justum pretium diría que representaba lo útil que podía ser un objeto, teniendo en cuenta fluctuaciones de mercado, i.a. No soy un fiel seguidor del monetarismo de Friedman, pero su comprensión sobre la inflación y la función de los precios es enriquecedora. Entre varias funciones que tienen los precios, una consiste en transmitir información sobre preferencias y determinar cuánto dinero le corresponde a quién (aka. Distribución del ingreso). Por eso el tema de los precios y los emprendedores debe tener visibilidad. No tener capacidad para subir precios significa no tocar la distribución del ingreso entre clientes grandes y proveedores pequeños. De ahí que sea importante innovar, tener productos de calidad que no se pueden reemplazar fácilmente, y, por otro lado, tener estrategia de negociación.

Pensemos en otra solución constructiva. No, no es la clásica y barata respuesta de capacitaciones sobre lo que se puede encontrar en Wikipedia desde el sector público y tampoco las exenciones puras y duras, a menos que estas alivien la liquidez. A una emprendedora le preocupa más la liquidez que el impuesto a la renta en sus primeros años. Sin duda es maravilloso que haya exenciones como aquellas de la Ley 1429, que destruyeron, sin embargo, en la reforma tributaria del 2016. Pero hay que mirar más allá, así como lo hace China sin pregonar en todo el mundo que les gusta el emprendimiento. Allá, como en Europa, se ponen edificios a disposición de emprendedores, subsidiándoles los servicios públicos y parte de los arriendos para que se concentren en lo que mejor saben hacer. Sé que en Colombia nos desvivimos por hacer foros, y estos ayudan a visibilizar y tematizar prioridades, pero no son el impulso certero a la empresa nueva.

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No soy amigo de inventarse leyes por todo, porque en Legalland lo hacemos siempre en nuestra cultura más jurídica que pragmática, pero la iniciativa del pago a 30 días es un muy buen camino. Como lo sugerí en otra columna, los ‘mala-paga’ son una amenaza para el emprendimiento. Inventan todo tipo de excusas y pagan a 120, 180 días, et ultra. En Europa le pusieron freno a esta situación hace mucho tiempo, empezando con el Reino Unido. La nueva iniciativa promovida por el representante Mauricio Toro en la Comisión Tercera es un paso fundamental que alivia la liquidez ante retos como la falta de capacidad para subir precios. Como lo dijo el representante, “lo único que se necesita (…) es voluntad política”.

Para un debate serio y enriquecedor sobre el emprendimiento, tengamos en cuenta las diversas situaciones que golpean la liquidez para así orientar los cursos, las capacitaciones realmente útiles, los incentivos y las soluciones a la realidad, no a la teoría que nos desborda.

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