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Opinión

  • | 2019/11/03 00:01

    Me declaro rara

    En los últimos años he tomado la precaución de fijarme mejor en las palabras que uso y en las que usan conmigo. Se ha vuelto un tema, algo natural para mí estar leyendo las narrativas ocultas de los diálogos permanentes que mantengo no solo en mi vida profesional sino personal.

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A veces es útil y hasta simpático entender que la gente generalmente no dice lo que piensa. El temor al conflicto, a quedar mal, incluso a perder puntos corporativos hace que el mundo funcione en frecuencias diferentes que cuando aprendes a leer pueden ser de gran impacto.

El micro management, por ejemplo, me parece una forma insistente de controlar y de mostrar poder. Si bien la sabiduría popular es correcta cuando asegura que “el diablo está en los detalles” también es cierto que el exceso de detalle hace perder la visión estratégica totalmente.

Pero en medio de todos los devenires organizacionales y lucrativos existe una vida llamemos real. La que tenemos que afrontar con la familia, amigos, pareja, conocidos y desconocidos. Una vida que nos lleva a actuar de acuerdo con lo que creemos correcto o incorrecto.

Las creencias generan prejuicios y modos cortos de ver la vida. Modos incompletos. No quiero hablar de política, pero sí de cómo vi actitudes agresivas e individualistas en las pasadas elecciones. Debo reconocer que tuve una gran sonrisa con lo que pasó en las alcaldías de Bogotá y Medellín, aunque no vote por Claudia, me hacia muy feliz pensar en que alguien que piense diferente llegara con inteligencia a manejar una ciudad tan emproblemada desde hace años. Respetando al saliente Peñalosa.

En realidad, lo que quise fue analizar conductualmente la intolerancia y los prejuicios de algunos personajes de la vida cotidiana. Hablar mal de Claudia con groserías e improperios me parece absolutamente innecesario. Yo puedo no estar de acuerdo con alguien, pero por que se tiene que recurrir a la ofensa, a hablar mal de su historia sin conocimiento, a decir cosas incluso de su pareja solo por la gran ofensa de haber perdido en la votación que alguien consideraba“correcta”.

He estado observando cómo en nuestra sociedad estamos normalizando la agresividad, la violencia, los esquemas mentales de maltrato. Normalizamos hablar mal de los demás y maldecir de la vida de los otros, pero vamos a grupos de oración múltiple y salimos de misa redimidos. 

Creo en Dios. Creo en una fuerza que nos enseña y nos da un propósito adicional a hacer plata y procrear. Creo que los dones hay que usarlos y creo en una vida donde hacer el bien debería prevalecer. Esto lo digo por que no quiero perder lectores que piensen que porque tengo tatuajes soy drogadicta o por que soy divorciada soy mal ejemplo para mis hijos.

Deberíamos dejar tanta doble moral insulsa. Andar viendo la paja en el ojo ajeno es una práctica diaria que nos está acabando como sociedad. Hace poco en un foro escuché a uno de estos grandes economistas decir que más del 80% de los colombianos piensa que el país va mal, que estamos fritos. Pero a la vez cada individuo es optimista respecto a su propio desarrollo como individuo. ¿Qué clase de sociedad tenemos donde nos gusta sobresalir más como seres particulares? El egoísmo nos mata, la desigualdad se ve en todas partes y parece que importa un bledo.

Me gusta escuchar la connotación que tiene la palabra “raro”. Es bastante usada por los millenials. Ser raro podría implicar ser diferente a lo habitual, no estar con lo que se considera normal. Pero si lo normal depende de las creencias, muchas veces erradas, de lo que es estándar, personalmente muero de la felicidad de ser rara.

Aprendamos a respetar la diferencia porque cada uno tiene su propio mundo. A la basura esta doble moral de andar diciendo que los demás son los malos, impropios, degenerados cuando seguramente después de rezar se empata.

Si ser raro implica salir de esta normalización de la discriminación y el mal trato por no pensar igual o no tener la misma plata que el otro…me declaro rara y qué ganas tengo de seguir siéndolo.

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