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Opinión

  • | 2019/11/24 00:01

    La Iglesia se une a marchar y condena los pecados ecológicos

    A pesar de que la noción de pecado ecológico no es necesariamente nueva, la implementación de medidas que impacten la práctica de la Iglesia Católica si lo es.

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 El 15 de noviembre de 2019, en una audiencia a los participantes del XX Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Derecho Penal (AIDP) dedicada a la “Justicia criminal y los negocios corporativos”, el Papa Francisco anunció que el “pecado ecológico” podría ser incluido en el Catecismo de la Iglesia Católica.  En su intervención el Papa señaló que “un sentido elemental de la justicia requeriría que ciertas conductas, de las que las empresas suelen ser responsables, no queden impunes”. El Sumo Pontífice hizo explícito que se refería a “todas aquellas que pueden ser consideradas como ‘ecocidio’: la contaminación masiva del aire, de los recursos de la tierra y del agua, la destrucción a gran escala de flora y fauna, y cualquier acción capaz de producir un desastre ecológico o destruir un ecosistema”.

La relación entre la teología cristiana y la ecología ha existido siempre, pero ha venido robusteciéndose. El teólogo ecologista brasilero Leonardo Boff, ha venido analizando las raíces de la crisis ecológica, encontrando que de ellas la causa más profunda es “lruptura permanente de la re-ligación básica, que el ser humano ha introducido, alimentado y perpetuado con el conjunto del universo y con su Creador” (Boff, 2014).  

De hecho, el mismo Papa Francisco, en la encíclica Laudato Si’ expone la importancia del cuidado de la Casa Común, e invita a un cambio en las formas de producción y consumo: “La conciencia de la gravedad de la crisis cultural y ecológica necesita traducirse en nuevos hábitos. Muchos saben que el progreso actual y la mera sumatoria de objetos o placeres no bastan para darle sentido y gozo al corazón humano, pero no se sienten capaces de renunciar a lo que el mercado les ofrece” (párrafo 209). 

Entre el 6 y el 27 de octubre de 2019 se llevó a cabo en Roma la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica con la participación de obispos pastores, misioneros y misioneras, laicos y laicas, y representantes de los pueblos indígenas de la Amazonía con el objetivo de definir la posición de la Iglesia Católica en los nueve países que hacen parte de la región del Amazonas.  

Al finalizar este Sínodo se emitió el documento “Amazonía: Nuevos caminos para la iglesia y para una ecología integral”, el cual está dividido en cinco capítulos: (i) Amazonía: de la escucha a la conversión integral; (ii) nuevos caminos de conversión pastoral; (iii) nuevos caminos de conversión cultural; (iv) nuevos caminos de conversión ecológica, y (v) nuevos caminos de conversión sinodal. 

Entre las recomendaciones que causaron más algarabía internacional se encuentra la que sugiere que algunos diáconos casados de “viri probati” (probada virtud) pudieran ser ordenados como sacerdotes, para atender así las necesidades religiosas de quienes se encuentran apartados en los lugares más remotos y distantes de la región. Lo sobresaliente de esta recomendación es que reta uno de los principios milenarios básicos de la tradición católica como lo es el celibato en los sacerdotes.  Otra de las recomendaciones más progresistas es permitir a las mujeres igualdad para llevar a cabo algunos de los ritos eclesiásticos, señalando que “para la Iglesia amazónica es urgente que se promuevan y se confieran ministerios para hombres y mujeres de forma equitativa” (párrafo 95).

El documento sinodal deja también plasmada de manera explícita la definición de pecado ecológico como “ una acción u omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el ambiente. Es un pecado contra las futuras generaciones y se manifiesta en actos y hábitos de contaminación y destrucción de la armonía del ambiente, transgresiones contra los principios de interdependencia y la ruptura de las redes de solidaridad entre las criaturas y contra la virtud de la justicia” (párrafo 82). Asimismo, “proponemos crear ministerios especiales para el cuidado de la “casa común” y la promoción de la ecología integral a nivel parroquial y en cada jurisdicción eclesiástica, que tengan como funciones, entre otras, el cuidado del territorio y de las aguas, así como la promoción de la Encíclica Laudato si’.”.

Además de la definición, y de las provisiones ministeriales, el Sínodo Amazónico recomienda la creación de un fondo financiero mundial para reparar la deuda ecológica que tienen los países con la Amazonía, y que permita a las comunidades de la región promover un desarrollo autosostenible e integral, y al mismo tiempo “protegerlas del ansia depredadora de querer extraer sus recursos naturales por parte de las empresas nacionales y multinacionales” (párrafo 83).

Para promover la ecología integral, el documento destaca de manera categórica la necesidad de “adoptar hábitos responsables que respeten y valoren a los pueblos del Amazonas, sus tradiciones y sabiduría, protegiendo la tierra y cambiando nuestra cultura de consumo excesivo, la producción de residuos sólidos, estimulando el reúso y el reciclaje. Debemos reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles y el uso de plásticos, cambiando nuestros hábitos alimenticios (exceso de consumo de carne y peces/mariscos) con estilos de vida más sobrios. Comprometerse activamente en la siembra de árboles buscando alternativas sostenibles en agricultura, energía y movilidad que respeten los derechos de la naturaleza y el pueblo. Promover la educación en ecología integral en todos los niveles, promover nuevos modelos económicos e iniciativas que promuevan una calidad de vida sostenible” (párrafo 84).

El Sínodo Amazónico ratifica así el liderazgo de la Iglesia Católica en la promoción de los cambios profundos que requiere la humanidad para avanzar en la restauración del equilibrio ecológico de la región Amazónica y del mundo entero, promulgando tanto la urgencia de la transformación de los hábitos individuales, como la necesidad de evolucionar en la apertura de su propia doctrina “hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conecten con la esencia de lo humano” (párrafo 11).

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