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Opinión

  • | 2019/11/10 00:01

    El poder blando y el arte de influenciar en un desestabilizado orden internacional

    Entre los años 2018 y el 2019 el centro del debate sobre política exterior ha mutado de las ansiedades relacionadas a un posible colapso del orden internacional basado en reglas, al debate de sobre cómo los gobiernos deben responder a medida que avanza este colapso, según analiza la agencia de comunicaciones Portland.

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Es por esto que el soft power (o poder blando como se traduce con bastante frecuencia al español), continúa siendo un valioso instrumento de política exterior.  

La noción de poder blando en las relaciones internacionales refleja la capacidad de un país para afirmar su influencia e incidir en el escenario global sin ejercer coerción (como en el caso del hard power, o poder duro que se radica en medios económicos y militares).

Joseph S. Nye Jr., científico político estadounidense, profesor de la Universidad de Harvard que presidió el Concejo Nacional de Inteligencia en la administración de Bill Clinton, es autor del libro “Power and Interdependence” -publicado en 1977 en coautoría con Robert O- Keohane- en el que se desarrollan los conceptos de interdependencia asimétrica y compleja. El autor, a quien se le considera el pionero en la teoría de soft power, publicó en 1990 un famoso artículo en la revista Foreign Policy en donde explica la diferencia entre el hard power y el soft power.

En un artículo en el Wall Street Journal en el año 2012, Nye Jr., refiriéndose a la estrategia de China, explica que con el poder blando “la mejor propaganda es no hacer propaganda”, ya que en la era de la información la credibilidad es el más escaso de los recursos. 

Medir el poder blando sigue siendo un desafío formidable a pesar de la proliferación de literatura académica y política publicada en las últimas tres décadas.  En octubre de 2019, el Centro Nanyang para Mercados Emergentes (CEM) en Singapur, dirigido por el profesor Seung Ho "Sam" Park, presentó el ranking 2019 sobre poder blando. Este reporte se basa en un marco conceptual que combina 21 variables que capturan cuatro características de poder blando de un país: (a) imagen y marca; (b) atracción e influencia; (c) diplomacia y alcance; y (d) integridad y sistema de valores. 

El análisis de los resultados de la clasificación por parte del CEM revela que “los países de economías emergentes que han conseguido un rápido crecimiento económico han dedicado atención significativa a desarrollar sus capacidades de poder blando y están rápidamente alcanzando a las economías avanzadas”.  

En el ranking sobre poder blando de CEM del año 2019, y teniendo en cuenta sus indicadores, entre los países emergentes se ubican en la clasificación: China (puesto 8), Brasil (puesto 9), México (posición 10), Argentina (puesto 12), Perú (puesto 13), Costa Rica (puesto 15), Rusia (posición 14), Rumania (puesto 16), Turquía (puesto 17), y Bulgaria (puesto 18). En este ranking, las primeras posiciones son ocupadas por: Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá  y Japón. 

Desde el año 2015 Portland viene publicando anualmente el reporte Soft Power 30, en donde se identifican los 30 países con mayor poder blando, y se mide la importancia del poder blando como una herramienta de política exterior.   

En el índice de Soft Power 30 para el año 2019, los países que lideran la clasificación son: Francia, Reino Unido, Alemania, Suecia, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia y Holanda.  Los países de economías emergentes que figuran en la clasificación son Corea del Sur (posición 19), Singapur (posición 21), República Checa (posición 24), Grecia (posición 25), Brasil (posición 26), China (posición 27), Hungría (puesto 28), Turquía (puesto 29) y Rusia (puesto 30). 

Joseph S. Nye Jr., quien escribió el prólogo del reporte Soft Power 30 del año 2015, explica que el poder global está cambiando y las certezas, lo que hasta ahora conocemos, están rápidamente desapareciendo. En 2019 nos encontramos aún en trayectoria hacia un mundo multipolar e interdependiente (asociado a las fuerzas de la globalización,  la revolución digital y al cambio climático), y por ende el poder se ha vuelto más difuso, y no solamente implica un cambio del poder de los países tradicionalmente desarrollados (o llamados de Occidente) hacia los países emergentes, también una transición del poder internacional centrado en los roles de los gobiernos, a un momento en donde los actores no-estales juegan papeles más grandes en el liderazgo de asuntos globales. 

Estos cambios en las dinámicas internacionales de poder están poniendo a prueba las estructuras de gobernanza que tradicionalmente han facilitado la cooperación y el manejo de conflictos.  En el reporte Soft Power 30 del 2019 se identifican tres factores que están incitando que los asuntos globales dejen de estar centrados en la diplomacia multilateral y jerarquías, hacia un mundo más complejo de redes: (i) la rápida difusión del poder entre Estados; (ii) la erosión de las jerarquías tradicionales de poder; y (iii) la transformación asociada a la urbanización masiva de la población mundial, lo cual implica cambios en la manera como la información, ideas, tecnología y movimientos políticos son generados, desarrollados y compartidos.  

Aunque Colombia no aparece visible en ninguna de estas dos clasificaciones de poder blando, si podemos tomar enseñanzas de los hallazgos que nos indican que para los países, organizaciones, empresas o individuos que tengan como objetivo contribuir e influir positivamente a las dinámicas del (desestabilizado) orden mundial, el poder blando -reflejado por ejemplo en mantener unos altos niveles de integridad, y salvaguardo un liderazgo comprometido a las agendas comunes como el cambio climático, el cuidado con el medio ambiente y a la adherencia con una responsable coherencia hacia valores universales- puede ser la decisión política adecuada.

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