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Opinión

  • | 2019/01/20 00:01

    Dolor de corazón

    Fue como un flashback… años 90, sensación de pánico al simplemente ir a cine. Capacidad baja de sorpresa al pensar que en un país con todas las bendiciones juntas esté presente la capacidad de hacer el mal exacerbadamente.

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Me escribieron para preguntarme cómo estaba. Estaba fuera del país y estaba desconectada de las redes. ¿Estás bien? ¿Todo bien en Bogotá?. ¿De qué hablas?, le dije. Hubo un atentado terrorista en la Escuela de Policía General Santander, respondió la otra voz. La cara me cambió.

Vinieron a mi cabeza varias imágenes. Primero pensé en mis hijos, luego en tanta gente llorando, también en aquellos años de desastre nacional y obviamente en el dolor de las familias de la gente inocente que cae en un atentado de este nivel.

Tiendo a ser muy pacifista. Me gusta confiar en los demás y creo firmemente en la justicia, por eso sufro de ver que la mayoría de actos humanos son injustos. Corrí a ver las redes sociales, encontré que en mis grupos de Whatsapp nadie hablaba del tema. Había chistes, invitaciones a fiestas, comentarios sueltos de una tarea pendiente de algo que estoy estudiando y fotos de un nuevo sitio turístico.

¿Qué pasa? Pensé. Creo que perdimos la capacidad de sorprendernos. Parece que de alguna manera se vuelve “normal” que haya gente capaz de asesinar un día cualquiera de la semana. No sé si a nadie le importa, supongo que sí pero es más fácil entender que eso es culpa del nuevo Gobierno, del viejo Gobierno, de la maldad de un vecino, de los demás que son tan malos y al final: pues si fue lejos de mi espacio, “ojalá sirva de algo”.

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No tengo idea qué nos pasa para tener semejante nivel tan bajo de empatía. Hasta publican fotos amarillistas sin pensar en el dolor de las madres y los seres queridos. Se debate quién se enteró primero del atentado y hasta se habla de lo “útil” que esto puede ser para que Duque se deje ver y haga algo. 

En el fondo ¿a alguién le preocupa que mueran más de 20 personas?, ¿Alguién se tomó un minuto del afán del día para pensar en eso? ¿Para ver cómo nos matamos y no importa?,¿ Y qué pasa si esto volviera a ocurrir? No puede haber duelo selectivo, cada vida que se pierde de manera arbitraria en manos de la violencia tiene que hacer que duela el corazón.

Si de alguna forma nuestra capacidad de sentir empatía ni siquiera se moviliza ante semejante tragedia, en esta oportunidad ¿Qué podemos esperar que ocurra en el mundo laboral, en el competido y humano mundo corporativo donde lo que prima es el ego?

Si las organizaciones son el reflejo de lo que fundamenta una sociedad, de las creencias culturales, es normal que encontremos tanto lo mejor, como lo peor de estos mundos en las oficinas. Cómo podríamos esperar que una sociedad respete una fila, no le tire el carro al vecino o cruce un puente peatonal si la barbarie le parece una noticia más del día.

Es muy grave lo que sucedió el pasado jueves. Es muy grave que nos pase algo que hace años no vivíamos. Es muy triste que no nos duelan las muertes de seres humanos que estaban empezando el año seguros de que iban a cumplir sus propósitos en el 2019 y de repente ven cegadas sus vidas.

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Pero también es muy duro pensar que nuevamente nos acostumbremos a vivir con la muerte de los demás. Líderes sociales, policías, gente en zonas rurales sigue muriendo y parece que viviéramos en otro país.

Vuelve el flashback. Muchos tuvimos que vivir con el terror de los secuestros y la guerrilla. Los que sabemos cómo suena un petardo o una explosión sabemos el pánico que se siente. Los que hemos tenido gente que muere por culpa de una violencia inaceptable y de una guerra que ni se entiende, sabemos la ansiedad y el dolor en el pecho que esto genera.

Si bien la solución no está en manos de un ciudadano promedio, al menos está en tener un sentimiento, en sorprendernos, en conectarnos con el dolor de país cuando ocurren esta clase de tragedias.  

Solo un minuto para repensar el país y cómo desde nuestro espacio y capacidad básica de generar valor estamos aportando algo al cambio que necesitan nuestros hijos.

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