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Opinión

  • | 2019/11/24 00:01

    Decide por ti

    Camila llego a contarme sobre sus sueños con la firme esperanza de encontrar una solución a un tema que no la dejaba dormir.

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“Realmente no se que hacer ni como salir de este problema. Mi jefe no quiere ayudarme a tener esta promoción que yo necesito y que me merezco por lo mucho que he trabajado. Soy muy pila y le he dedicado muchos años de trabajo a esta empresa, no entiendo por qué no lo valoran”.

Después de escucharla un rato me di cuenta de que Camila todo el tiempo hablaba de lo que los demás no habían hecho por ella, pero no la escuchaba decir que hacía ella.

 “Mi colega se gana más que yo, mi esposo no tiene trabajo, mi hijo va a entrar al colegio grande” de nuevo ponía en manos del destino su propio desarrollo. Al final era culpa del jefe, de una empresa que según ella misma no la valoraba, de su esposo sin trabajo.

Mire un momento mi celular mientras ella se paro a recoger su chai. En las redes había tremendo ruido con una marcha que muchos asumieron con el deseo de un cambio y de alzar una voz donde se veía que el miedo se estaba escondiendo para dar paso a pedir de frente algo que hace falta socialmente.

Pensé por un momento que, si bien todo está desordenado y la anarquía de violentar no debe ser validada, tal vez es la primera vez que mucha gente se está despertando por que los problemas son comunes. Pero de nuevo la culpa tiene que tener cara, el presidente, los políticos, la mala suerte, los ricos, los corruptos. Me emocioné de ver que en las marchas del siglo pasado los estudiantes no tenían tanto peso en su queja y ahora si. Tal vez está vez si pasé algo, pensé con esta cabeza optimista que me la juega a veces.

Camila volvió con un brownie que me compartió. Le pregunté que pensaba de las marchas. Me dijo “me parece que es culpa de Uribe, de Duque, de los políticos “ y me hablo de los vándalos que querían acabar con el patrimonio. Por qué no marchaste le dije, me respondió que ni lo había pensado por que básicamente tenía que trabajar mucho para lo de su promoción. 

Entendí que es obvio que dentro de una narrativa donde la culpa la tiene un político que es presidente y por el que ella voto, su mala suerte por que su jefe no la quiere, su auto-victimización deduciendo que no la valoran, entre otros puntos de su propia reflexión, hace que sea muy complejo que ella entienda que en todo lo que le pasa siempre hay una corresponsabilidad.

Cuando conversamos más entendí que Camila nunca había hablado con su jefe de manera frontal. Llevaba varios años trabajando con él y siempre había permitido que él definiera sus metas. Le costaba decidir así que era él quien siempre le daba el norte de cómo moverse, en momentos importantes donde pudo mostrarse Camila se callaba y prefería tener un bajo perfil. Era evidente que la consecuencia era predecible. Camila era una gran trabajadora que según la Organización estaba feliz donde estaba.

Camila no puso límites. No es que el destino confabulara en su contra, es que las consecuencias se estaban viendo. Su manera de pedir ahora también era muy poco asertiva. Decía con desesperación que debía tener la promoción, pero sus razones eran flojas. Si su familia necesitaba más dinero, lo cual es válido, no implicaba que la promoción que buscara fuera “justa”. Tampoco que la empresa no se diera cuenta de su existencia, de hecho, siempre le pago de manera adecuada por tanto las razones se quedaban sin peso cuando entrabamos a hacerlas valer.

Camila empezó a entender que cada quien es dueño de su destino. No es un tema de suerte. No es un tema de maldiciones personales. No es que te odien, es que eres el propio productor de tus éxitos y fracasos, el propio artesano de tu existencia. Así que, con un poquito de humildad, Camila miro hacia adentro y empezó a construir su propio futuro. Y es que está claro que si no decides , la vida decide por ti.

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