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Opinión

  • | 2019/12/12 08:04

    Una lucha distributiva que ignora a los pobres

    Es tal el poder de las élites en Colombia, que somos uno de los países más desiguales y a la vez más estables del mundo.

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De nosotros los pobres nadie se acuerda”, le dice un lustrabotas a Ricardo Ávila en una entrevista sobre el paro (El Tiempo, noviembre 30). Y no puede ser más cierto: de los 13 puntos que exigen los líderes del paro al Gobierno, no hay uno solo que tenga por objetivo mejorar la situación económica o la seguridad social de los pobres. La mayoría de las demandas buscan proteger los privilegios de unas minorías, como son los asalariados, los estudiantes universitarios y los maestros sindicalizados. Los mismos de siempre, apoyados ocasional y espontáneamente por las amas de casa de las clases medias y altas. Como acertadamente lo ha dicho Marc Hosfteter en La Silla Vacía: la batalla es entre dos élites, la “élite original” de empresarios, gremios y sus contrapartes dentro del Estado, y esta “élite solapada” que dice representar a los trabajadores.

De esta batalla no va a salir nada que mejore las condiciones de los pobres, no solo porque los pobres no están en la mira de nadie, sino porque la élite solapada está interesada apenas en proteger sus privilegios y acaso conseguir alguna nueva prebenda. Poner en cintura el poder de la élite original requeriría una visión y una capacidad organizativa que no existen en Colombia. Hacia allá apunta Petro, pero con un enfoque anacrónico y personalista que divide en vez de aglutinar y que no genera confianza.

Es tan grande el poder de la élite original, que Colombia ha sido simultáneamente y por muchas décadas uno de los países del mundo con mayor estabilidad macroeconómica y mayor desigualdad social. Aquí no pasa nada. Chile es en comparación una olla a punto de ebullición. Las protestas que están ocurriendo allá desde octubre son de verdad una lucha distributiva, que posiblemente lleven a cambiar el régimen neoliberal por un estado social de derecho semejante al nuestro, pero seguramente más efectivo.

El poder de nuestra élite original se asienta en buena parte en una letanía de lugares comunes que poca gente cuestiona. Se cree que el problema de la desigualdad se resuelve “repartiendo mejor la torta”, como si la actividad productiva –el tamaño de la torta– fuera independiente de la distribución del poder. Qué tan productivos y cuánto ingreso reciben los trabajadores y las distintas formas de capital son cosas que en gran medida dependen de qué grupos tienen el poder y cómo lo manejan. Una de las razones de la bajísima productividad del trabajo y el capital en Colombia es el comportamiento rentista de las élites, especialmente en los sectores agropecuario y financiero.

Igual de lugar común es la idea de que la pobreza y la desigualdad se corrigen reduciéndole los impuestos a los ricos y a sus empresas para que tengan más incentivos para invertir. Y ni qué decir de la creencia entre los tecnócratas colombianos de que el “alto” salario mínimo es la principal causa de la informalidad.

Debido a la creciente concentración del ingreso en Estados Unidos, grupos cada vez más amplios de intelectuales y líderes de opinión están identificando los lugares comunes que han justificado popularmente la desigualdad e impedido al Congreso y a los organismos de control tomar medidas a favor de los pobres. El sueño americano de la alta movilidad social, la creencia de que los ultra-ricos son especialmente productivos y talentosos, la tesis de que toda reducción de impuestos se paga a sí misma con el mayor crecimiento que genera, la idea de que los aumentos de salarios destruyen empleos y la convicción de que los inmigrantes les quitan sus puestos de trabajo a los blancos. Estos son algunos de los muchos lugares comunes que, aunque falsos, constituyen la ideología del poder en Estados Unidos.

Los intelectuales colombianos deberíamos hacer un mayor esfuerzo en entender la ideología del poder. En la medida en que tengamos más claro cuáles son las bases ideológicas que sustentan a las élites en Colombia podremos entender mejor, no solo por qué aquí nadie se acuerda de los pobres, sino por qué ellos no protestan, como sí lo hace la élite solapada. Y quizás podamos incidir en que la próxima ronda de protestas sociales sea más incluyente y ayude a cambiar el país.

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