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Opinión

  • | 2018/11/01 00:01

    Progresofobia

    “Muchas personas son demasiado educadas como para hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía” – Orson Welles

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Hace exactamente ochenta años, Orson Welles y el teatro Mercury adaptaron la novela La Guerra de los Dos Mundos de H.G.Wells a un guión de radio en el que alternaron música de tango con boletines sobre una teórica invasión marciana en donde terribles alienígenas llegaban a la población de Grover´s Mill en New Jersey.

Si bien durante mucho tiempo el mito urbano señalaba que la noticia había causado pánico colectivo, la realidad no fue tal, aunque hay evidencia de llamadas histéricas a la emisora para comprobar el hecho.

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Fue, tal vez sin proponérselo (era la noche anterior a Halloween), el precursor de las Noticias Falsas que hoy pululan en las redes y que alteran la siquis de miles de personas, que asumiendo como verdaderas afirmaciones, a veces guiones Orsolianos salidos de contexto o lejanos a la realidad, terminan no solo generando tendencia que podría ser simplemente anecdótico, sino construyendo en la mente del público verdades irrefutables que llevan a actos demenciales.

La semana pasada para no ir más lejos, una cadena de WhatsApp sobre el supuesto rapto de menores en Bogotá, llevó a una turba en el barrio Acapulco en el sur de Bogotá al linchamiento de un ciudadano que estaba siendo requisado por la policía. Justicia por propia mano de más de 150 personas que asumieron una noticia como verdad irrefutable y decidieron no solo asesinar al presunto raptor sino de paso además herir a cuatro policías.

La ignorancia es atrevida y el conocimiento reservado, decía Tucídides, y pareciera ser que por circunstancias que suenan absurdas en pleno siglo XXI, hemos educado a un ciudadano que no busca el conocimiento sino que sigue tendencias; prefiere la información a la verdad y le endosó la formación del criterio propio a las vedettes de las redes o líderes mediáticos que se han constituido en oráculos del saber y profetas de un futuro, las más de las veces, caótico al que se anclan para mantener su relevancia y su poder.

Lo afirmo porque es este el discurso de parte de los líderes que hoy gobiernan el mundo. El mapa global lo han ido coloreando liderazgos de posiciones extremas que se alejan cada vez más de las conquistas humanistas, democráticas y liberales del siglo pasado y que han encontrado en el discurso mesiánico y dogmático la salvación de un ciudadano global que hoy cree más en el caos, la inseguridad, la pobreza y la falta de oportunidades cuando las cifras, por el contrario, son esperanzadoras para la humanidad.

En este escenario cala más el discurso xenófobo, racista, nacionalista, y aislacionista que no es muy diferente en los extremos de izquierda y de derecha, que se nutre de un mensaje fatalista que no admite contradicción y que, por lo tanto, va poco a poco limitando los derechos humanos y democráticos conquistados los dos últimos siglos. Los Trump, los Bolsonaro, los Maduro y los Ortega se parecen más de lo que se distancian en su estrategia populista y fatalista.

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Tendencia similar migra hacia los consejos directivos y los equipos de gerencia, que temerosos de un futuro en donde sus estrategias ya no tengan validez, se aferran al poder, el autoritarismo y el miedo como herramienta de cohesión organizacional matoneando a un ciudadano laboral que hoy teme por su viabilidad futura.

Hoy el ciudadano de a pie pasa de largo las noticias que hablan sobre la llegada del hombre a marte, el auto autónomo, la biotecnología, la Inteligencia Artificial y las conquistas de equidad laboral, aferrándose al miedo que baja en cascada desde la oficina esquinera y que atemoriza con despidos inminentes ante la llegada de un futuro en donde seremos gobernados por algoritmos que someterán al ser humano.

La ignorancia decía el filósofo Karl Popper no es la ausencia de conocimiento sino la negativa a adquirirlo. Conlleva abrazar ideas preconcebidas que no pasan por el filtro de la duda bajo esquemas de rigidez intelectual y de falta de curiosidad que dada la relativa facilidad con que hoy a través de las redes se “compra la verdad” nos vuelve intolerantes que podría convertirse en una nueva pandemia que en vez de liberarnos nos afilia a tribus que todavía reverencian a su chamán.

Esta falta de curiosidad por la búsqueda de la verdad, va de la mano de la ignorancia emocional que nos vuelve jueces y que utiliza la crítica generalmente de aquellos a quienes “más queremos” sin ponernos en sus zapatos con una visión generalmente parcial de la realidad.

Ante esta realidad, el mundo organizacional tiene una obligación evidente: la construcción de culturas internas que busquen, como parte de su visión de negocio, la verdad y que se nutran de la inclusión y el respeto por las ideas ajenas como mecanismo para construir productos y soluciones que alienten la esperanza y el optimismo de un mejor planeta.

No puede ser que observemos impávidos cómo nuestros políticos se aferran a un discurso aterrador y construyen facciones agresivas y ejércitos de incautos, y nosotros desde la empresa privada nos sentamos en la platea como si este caos no hiciera parte de nuestro futuro. Llegó la hora de darle un chance al progreso. Las cifras alientan la esperanza, pero el presente está lleno de nubes negras que nos comprometen como sociedad civil y que nos obligan como empresa privada.

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