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Opinión

  • | 2019/10/03 06:59

    Necesitamos un modelo para salir del subdesarrollo

    En lugar de evolucionar hacia etapas más generadoras de riqueza, suponemos que nuestra competitividad está en la extracción de recursos naturales.

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Pareciera una afirmación retórica, pero invita a reflexionar un poco. Primero definir qué es el subdesarrollo y si nosotros caemos en esa categoría.

Como su nombre lo indica es estar atrás del desarrollo, siendo por tanto un término comparativo en el cual la referencia serían los países que llamamos ‘desarrollados’.

Esto implica que se deben llenar o cumplir dos objetivos: uno el de alcanzar un nivel mínimo de crecimiento (y de madurez política, que aquí no lo trataremos) y otro el de avanzar a un ritmo más rápido que esos países, de tal forma que la brecha que nos separa se reduzca y podamos considerar que pertenecemos al mismo mundo (en el sentido de que se mencionaba subdesarrollo como sinónimo de ‘tercer mundo’ por contraste con el del capitalismo occidental y el de los países socialistas).

El mínimo sería cuando la economía produce los bienes y servicios básicos suficientes para abastecer a toda la población. Sin entrar a debatir sobre los problemas sociales, en simples términos económicos no se puede considerar ‘desarrollado’ un país donde parte de los habitantes están marginados y no se integran a la actividad del país.

En cuanto a ‘cerrar la brecha’ todo país crece, luego eso no significa que se esté progresando respecto a la distancia ante quienes lideran el desarrollo.

Evolución ha sido el paso de la simple actividad de extracción o recolección a la de la agricultura y domesticación de animales; después la del comercio, la primera industrialización, y la segunda con la consolidación del capitalismo financiero y la economía de los servicios; luego el internet y la digitalización; y ahora la robótica, la del conocimiento y la creatividad como puntas de lanza del desarrollo.

En Colombia, sin embargo, nuestros líderes nos tratan de convencer de que estamos ad portas de calificar como desarrollados y que el modelo bajo el cual operamos pronto nos dará esa satisfacción.

Con el argumento de que lograremos un promedio de cierta suma per cápita, comenzamos por desconocer que somos francamente subdesarrollados, como si lo inequitativo y la marginación de parte de nuestros conciudadanos no contara como condición para ser ‘desarrollados’.

Pero más grave aún es que seguimos en el esquema del neoliberalismo (que ni siquiera se puede llamar ‘modelo’) según el cual la intervención del Estado es perjudicial porque obstaculiza la liberación de las fuerzas del Mercado; según el cual la libre competencia es más productiva que la Planeación (se minimiza el hecho que produce ganadores y perdedores siendo inevitablemente los más poderosos los primeros); y se asume que por ‘percolación’ con el tiempo las bondades del crecimiento a la larga llegarán a todo el mundo.

Ni siquiera el fracaso ya reconocido de esas políticas los induce a pensar en abandonarlo. Por el contrario, se insiste en continuarlo y profundizarlo.

El resultado actual es que en vez de buscar evolucionar hacia etapas más generadoras de riqueza (agricultura, industria, conocimiento) suponemos que nuestra competitividad está en la extracción de recursos naturales y en la explotación del bajo costo de nuestra mano de obra (además exportándola para que afuera la reconozcan mejor y vivamos de las remesas de los expatriados).

De ahí la lógica de que nos presenten como salvación el seguir dependiendo del fracking en vez de reorientar nuestro modelo a intensificar drásticamente la mejora en la educación y la mayor generación y mejor calificación del empleo –aún a costa de eventuales desequilibrios transitorios macroeconómicos–. Es decir, aceptar que el desarrollo humano y la armonía social están a la base del desarrollo económico y no a la inversa; y reconsiderar por lo tanto que se progresa más corrigiendo primero los desórdenes sociales y atacando después los atrasos del mundo de la economía, que al contrario.

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