Opinión

  • | 2019/06/13 00:01

    ¿Hasta dónde la autonomía del Banrepública es ideal?

    Desde el punto de vista del manejo económico vale la pregunta de si no es un error renunciar a la intervención del Gobierno en campos como el de las tasas de interés o la tasa de cambio.

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Dentro del modelo neoliberal una especie de columna vertebral es la autonomía e independencia del Banco Central.

Su única función parece ser buscar la estabilidad macroeconómica para que el mercado sea quien determine el funcionamiento de la economía –y de paso el único ordenador de la sociedad–.

Desde ese enfoque parece lógico que así sea. Pero aún desde el punto de vista del manejo económico vale la pregunta de si no es un error renunciar a la intervención del Gobierno en campos como el de las tasas de interés o la tasa de cambio.

No se trata de negar las bondades de la estabilidad macroeconómica, ni la de los resultados que esta produce.

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Pero lo vivido con el reciente aumento del valor del dólar y lo que podría ser su efecto de continuarse o mantenerse –o en todo caso de manejarse– puso a pensar en si no hay un exceso de fundamentalismo en la rigidez e importancia que se le da a esa estabilidad macroeconómica y si no debería existir un margen de maniobra en las medidas que se toman para imponerla.

Por ejemplo, el uso de la tasa de cambio podría sustituir en alguna forma o responder a la demanda de ayudas a los principales sectores agropecuarios.

El alza de la carga de café, el mayor valor por el reintegro de las exportaciones de flores, o el impedir la importación de leche y derivados, se produce automáticamente con una devaluación del peso, sin necesidad de acudir a subsidios como los supuestos cien mil millones a los cafeteros –que parece que poco se ha cumplido–; o la salida de la inmensa mayoría de pequeñas y medianas empresas de flores que no tienen complemento de comercialización en el exterior; o sin tener que acudir a altos aranceles o cierres de importaciones de leche en polvo o derivados lácteos.

Se podría pensar en la conveniencia de otorgar ciertas atribuciones o formas de injerencia al Gobierno para usar la tasa de cambio como herramienta en sus políticas económicas, y que el Banco Central más que gobernarla fuera un control para establecerle ciertos límites.

Algo parecido ha sucedido con la posibilidad de acudir al relajamiento de la regla fiscal y su incidencia en la inflación, como el impuesto más regresivo, ya que la obsesión por contenerla puede llevar a una recesión que afecta a todos sin que necesariamente elimine los efectos de una distribución injusta.

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Sí hay un peligro –y ya se ha vivido– con el abuso de la devaluación (al igual que con el de los déficits fiscales) para sortear problemas coyunturales de gobierno. Pero puede ser mejor solución el enmarcarlos dentro de ciertos límites que el de eliminar la posibilidad de su uso. ‘Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre’.

Por lo demás, tuvimos en Colombia, antes de la entrada del neoliberalismo, el caso exitoso –aceptado así por casi todos los analistas– del famoso 444 (o devaluación gota a gota) del doctor Carlos Lleras.

En manos del Banco de la República está el instrumento para mover la tasa de cambio mediante la venta o compra de dólares. La duda es si esa intervención debe ser solo para defender los objetivos que se fija como meta macroeconómica, o si podría haber un margen para que cumpla también funciones de interés de la rama ejecutiva ya que esta es responsable del manejo de la economía en general, y, aunque el modelo no lo contempla, también del bienestar del conjunto de la población.

Sí se rompería una vértebra del modelo del ‘Consenso de Washington’, pero sería un buen punto para comenzar a debatir y corregir los frustrantes resultados que ha mostrado.

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