Opinión

  • | 2018/04/03 00:01

    La democracia de la manipulación y el capitalismo de la vigilancia

    ¿Se imaginan que una persona como Mark Zuckerberg, con acceso ilimitado al comportamiento de millones de personas, sea presidente de EE.UU.? ¿Sería el fin de la democracia?

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El pasado 30 de marzo, Steven Pinker, profesor de sicología de la Universidad de Harvard, y Robert Muggah, cofundador instituto Igarapé, escribieron una columna en Project Syndicate acerca de las amenazas que está sufriendo la democracia actual.

Para ambos la principal amenaza es la aparición del populismo y de líderes autoritarios que buscan la concentración del poder recurriendo a principios superiores de la sociedad como la seguridad nacional, el crecimiento económico, el derecho a la determinación y la política migratoria.

La propagación de liderazgos con carácter autocrático en Turquía, Hungría, República Checa, Austria, Polonia, Filipinas, China, Arabia Saudita, Irán y, por supuesto, EE.UU, genera grandes temores sobre la supervivencia de la democracia.

Sin embargo, considero que el problema no es que la democracia falle, sino que se está reinventando.

Si bien es innegable que la democracia beneficia de manera singular a los individuos, la estructura democrática del mundo globalizado nunca representó los intereses de una estructura multipolar, sino la de unos pocos grupos de interés.

Para los globalistas el control de las expectativas era la clave de todo y las estructuras supranacionales tendrían mayor poder en el nuevo contrato social de la globalización. Por lo tanto, organizaciones como la Comisión Europea, las grandes compañías multinacionales y los bancos centrales más importantes del mundo basaron su modelo de control en la capacidad de generar confianza y garantizar estabilidad geopolítica.

En el caso de la política exterior, el objetivo de los gobiernos se centró en impulsar cambios de régimen dictatoriales a democracias a través de guerras relámpagos o financiando revoluciones, como en Afganistán, Irak y la Primavera Árabe. El objetivo era controlar las expectativas de estabilidad regional en el corto plazo.

Sin embargo, los globalistas olvidaron que la ausencia de conflicto no es sinónimo de paz. Esta estrategia produjo la fragmentación de las estructuras de poder regional e impulsó la creación de la mayor amenaza al modelo globalista: el terrorismo.

Lea: Una conversación para entender lo que vendrá para las acciones de EE.UU

La democracia de la manipulación

Con la gran crisis del 2008, el rol de los bancos centrales del mundo se centró en crear un estímulo monetario coordinado y a gran escala. Esto fortalecería las expectativas de crecimiento, inversión y consumo, alejando a la economía mundial de la senda de la deflación.

El experimento monetario funcionó y los países que adoptaron esta medida han disfrutado de un mercado al alza de casi una década de duración, los niveles de desempleo están en su mínimo y el mercado de acciones ya tocó máximos históricos. Además, estos buenos tiempos fueron acompañados de una baja volatilidad.

Así como en la geopolítica la ausencia de conflicto no implica paz. En el mercado financiero, la ausencia de volatilidad no implica bajo riesgo. En general, los períodos de mínima volatilidad son seguidos de hipervolatilidad.  

El capitalismo de la vigilancia

En la búsqueda del control de las expectativas aparecen nuevos actores tal vez más poderosos que los gobiernos, entidades supranacionales y bancos centrales: los titanes de internet.

Compañías como Google, Facebook, Apple, Amazon, Microsoft, Twitter, LinkedIn y Palantir tienen un acceso privilegiado a nuestra interacción social tanto afuera como en Internet. Ellos usan sistemas de análisis para entender esta data, predecir nuestro comportamiento y luego, a través de mecanismos de interacción con el usuario, influenciar nuestra toma de decisiones.

El escándalo de Cambridge Analytics es tan solo la punta de este iceberg conformado por más de 4.000 compañías en EE.UU, que capturan, analizan y comercializan nuestro comportamiento en Internet. A diferencia del Gran Hermano de George Orwell, los grandes titanes de internet no reprimen, sino que manipulan las expectativas de millones de personas para lograr maximizar su objetivo.

Existen avances muy positivos para la sociedad cuando se tiene recolectada la data de millones de personas. Por ejemplo, se podría solucionar el tráfico en horas pico en las ciudades o hacer más eficientes los sistemas de salud. No hay duda de que este volumen de información puede ser usado para un bien común. Sin embargo, ¿cuál es el objetivo que persiguen los titanes de Internet? La respuesta es que ellos solo buscan maximizar su beneficio económico.

Entonces, ¿es correcto que el Estado tenga control de la data de millones de personas, como sucede en China? No, esto sería darle la herramienta perfecta a un gobierno represor para que persiga a sus opositores.

Visite: Los titanes tecnológicos de China desafían a la industria de EE.UU

Ahora imagine que una persona con acceso ilimitado al comportamiento de millones de personas, como Mark Zuckerberg, llegue a ser presidente de EE.UU.

El capitalismo de la vigilancia necesita una nueva representación de la propiedad de los datos, estructuras legales y una definición de los contratos sociales de nuestra actividad social en Internet.

Un primer paso en esa dirección lo han dado el bitcóin y el Ethereum. Ambas criptomonedas tratan de resolver el problema de los derechos de propiedad en un sistema descentralizado, creando consenso sin dejar que ninguna de las partes tenga total dominio sobre el resto de la red.

A pesar de que en este momento el bitcóin y el Ethereum son una burbuja desinflándose, su gran valor es que es una tecnología resiliente al capitalismo de la vigilancia. La virtud de las criptomonedas no es solo su función como moneda, sino que son un vehículo para defender la democracia.

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