Opinión

  • | 2017/07/27 00:01

    Lidere desde la prudencia y no desde la dominación

    Entre más estudio el fenómeno del liderazgo, más me acerco a una conclusión: todo buen liderazgo debe ser generoso.

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El poder y el liderazgo

Toda relación de liderazgo está basada en el poder. Detrás de cada líder hay un seguidor y su característica es la subordinación frente a él y lo que varía en esta relación son los motivos de esa dependencia que pueden ser interés, temor, confianza y respeto o convicción. De igual modo, toda relación de liderazgo tiene una finalidad o un objetivo común que persiguen tanto el líder como el seguidor. Es decir, el liderazgo posee dos elementos indiscutibles que son el poder y los fines compartidos.

Esta reflexión nos conduce, en efecto, a una cruda realidad que consiste en entender la relación del liderazgo (palabra sofisticada y amable) con la subordinación y la dominación (palabras políticamente incorrectas). Sin embargo, más allá de la retórica, el liderazgo es una actividad en la que el poder, o sea la capacidad de influir en los comportamientos de los demás, se convierte en su elemento más claro y decisivo.

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Por consiguiente, esta definición tan ruda nos lleva a una realidad de la persona humana, en este caso del seguidor, y es que no nos gusta que nos manden o, por lo menos, la sensación de sentirnos mandados no es placentera o satisfactoria. Esto nos indica que el liderazgo ejercido desde el poder puede llegar a ser ineficaz o temporal. Por este hecho, la clave del ejercicio del liderazgo consiste en que el poder (que es su materia prima) sea innecesario en la consecución de un resultado u objetivo. Es decir, que el logro de estos resultados sea posible sin la necesidad de usar el poder (J.A Pérez-López, 1991).

 La tarea de dirigir

Dirigir una organización y liderar son lo mismo. En ambos tenemos los dos elementos a los que nos referimos: el poder y los objetivos. La dificultad que encontramos cuando dirigimos radica en que dirigir no es una ciencia exacta y por este hecho las leyes de la dirección son contingentes, es decir, pueden ser o no. Esto no sucede con la ingeniería, la física o la matemática.

En las ciencias físicas, la ley de la gravedad es indiscutible. Sin embargo, en el campo de la dirección tanto la incertidumbre como el libre albedrío de las personas que dirigimos cambian la naturaleza de nuestro quehacer. Por ejemplo, como directivo yo puedo dar la orden de entregar un pedido, pero no cuento con los imprevistos propios de la vida humana, lo cual convierte la tarea de la dirección en algo circunstancial y variable.

El dirigir está mediado por la voluntad de a quien dirigimos; por su libre albedrío y por más poder que tengamos, no podemos hacer que la persona quiera lo que yo quiero. Si lo hacemos desde el poder (formal) basado en la coacción, la imposición o la amenaza, seguramente esa relación se deteriorará y, en algún momento, acabará.

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Veamos un ejemplo: si tu jefe deja de serlo y usó su poder formal contigo, en el futuro no contará con tu subordinación. Si, por el contrario, tu jefe fue una persona a la que le debes gratitud por su calidad de liderazgo, acatarás más dócilmente sus recomendaciones o consejos. En resumen, la calidad de liderazgo es proporcional al menor uso directo del poder que despleguemos sobre las personas.

 ¿Cómo dirigir sin el uso del poder?

Lo lograremos mediante un liderazgo prudente y no impositivo. Este se basa en la virtud de la prudencia y tiene un significado amplio: por un lado, es el estilo del líder que escucha el consejo de otros, especialmente, de aquellos que tienen experiencia. Por otro lado, es el liderazgo de aquel que delibera, pondera y conversa con otros antes de tomar una decisión, es decir, está basado en la humildad. Quien, por el contrario, opta por un estilo impositivo, buscará recordar todo el tiempo quién es el que manda y se ufana de ello. Le gusta hablar, llama la atención y, sobre todo, quiere ser el centro de todas las miradas. En vez de ser un líder sereno y reflexivo es una persona precipitada y emotiva a la hora de tomar decisiones.

 Conclusión

Entre más estudio el fenómeno del liderazgo, más me acerco a una conclusión: todo buen liderazgo debe ser generoso. Un liderazgo prudente genera el mayor logro de un líder que es ganarse la autoridad, la cual conduce a la confianza y al respeto de los demás. Esto explica por qué la palabra autoridad proviene de la voz latina augere que significa hacer crecer. En síntesis, un liderazgo prudente está cimentado en desarrollar y hacer crecer a nuestros colaboradores.

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