Opinión

  • | 2017/05/24 00:01

    Ética: ¿la palabra omitida en los valores de Odebrecht?

    El fundador de Odebrecht escribió profusamente sobre la importancia de una cultura agresiva orientada a la eficacia y la eficiencia, la cual transmitió a sus sucesores a partir de su experiencia en el mundo real de la empresa.

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“Demasiado grande para dejarla caer”: con ese lema se defendió a los bancos responsables por la crisis subprime en Estados Unidos, debido a que dejarlos hundir suponía la pérdida del dinero de miles de ahorradores, grandes y pequeños. Asimismo, al gobierno de Brasil le preocupa la pérdida de casi 200 mil empleos y de cientos o miles de empresas que dependen de Odebrecht para su supervivencia.

Según un reciente artículo de BBC Mundo, su fundador, Norberto Odebrecht, fue un descendiente de alemanes que vio prosperar su negocio de construcción durante setenta años (hasta su fallecimiento en julio de 2014), gracias al boom inicial de la compañía durante el gobierno militar de los años 60, cuando se le encargó construir grandes obras públicas. La empresa creció, con ayuda de préstamos constantes del gobierno de Brasil, hasta convertirse en un gigante presente en sesenta países y con negocios en energía, biocombustibles, defensa y petroquímica, además de ser la constructora más grande de Latinoamérica y una de las mayores del mundo.

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Once meses después de la muerte de don Norberto, su nieto y CEO de la compañía, Marcelo Odebrecht, fue arrestado por las pruebas recaudadas por el escándalo de corrupción que sacude a numerosos presidentes y políticos latinoamericanos. Cuando en 2016 fue condenado a poco menos de veinte años de prisión por pagar sobornos a funcionarios estatales a cambio de contratos, el escritor uruguayo Raúl Zibechi, quien ha estudiado el ascenso de las multinacionales brasileñas, afirmó a BBC Brasil que la compañía "revolucionó la industria de la construcción en el país con un método de funcionamiento muy agresivo y eficiente, gestado por el fundador, Norberto, y transmitido a sucesivas generaciones de la familia”.

Efectivamente, esta agresiva visión de la eficacia y la eficiencia se ve en los escritos de don Norberto sobre su cultura empresarial, registrados en libros que –según decía varias veces en el libro- debían ser obligatoriamente aprendidos por sus empleados, reforzados en todos sus programas de capacitación, y entregados a clientes y proveedores en el momento mismo de firmar los contratos. En “Educación por el trabajo” (el último libro que escribió antes de dejar el cargo de CEO en 1991) afirmaba que esto era vital también en la formación de sus propios sucesores (que en la época incluían a su hijo y su nieto), pues las tres generaciones debían transmitirse sus convicciones y experiencias.

A lo largo de 610 páginas “sintetizaba” las bases de lo que curiosamente denominaban “Tecnología Empresarial Odebrecht”, que orientaba los valores organizacionales que el fundador venía desarrollando desde hacía más de veinte años, pues el “conocimiento puramente teórico, académico o libresco, sin compromiso con lo real y concreto de la vida productiva, es nocivo para la vida de las organizaciones: por lo tanto, no nos interesa”. Si bien no es claro a lo que se refiere, sí lo es al decir que (siendo una recopilación de su experiencia empresarial) “si la práctica es el criterio de la verdad, los principios y conceptos mencionados son verdaderos”.

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El libro es bastante repetitivo con el fin manifiesto de “forjar un lenguaje único”, dando a términos comunes “un significado distinto” para alinearlos con sus concepciones filosóficas y con los objetivos fundamentales de la empresa: “sobrevivir, crecer y perpetuar”. Para ello, todo líder, decía, debía gestionar de manera descentralizada y operar su negocio como un centro de resultados “con énfasis en la imagen, la productividad y la liquidez” y orientarse totalmente en tomar decisiones “correctas” en eficacia (identificar la necesidad real del cliente) y eficiencia (ejecutar el servicio adecuado para satisfacerlo). Por supuesto, al ser sus clientes los gobiernos y funcionarios públicos, esta definición, sin mayores limitantes ni aclaraciones, terminó siendo problemática.

Pero es más compleja su convicción de que “la parte más noble de la tarea empresarial es el rastreo sistemático y permanente del desempeño de los seres humanos” (como “seres inacabados pero capaces de desarrollarse permanentemente”) lo cual supone hacerles seguimiento, evaluarlos y juzgarlos permanentemente por sus resultados, para “asumir nuevas y crecientes responsabilidades” de cara a “ser los mejores en cualquier campo que escojan”. Esto no es necesariamente problemático, excepto cuando habla de los jóvenes más agresivos, pues “los líderes auténticos” debían orientar “esta característica natural y saludable para ser usada de manera correcta, o sea, orientada hacia la obtención de imagen, productividad y liquidez crecientes en el negocio”; y su acción debe estar “comprometida con la creación de riquezas para el cliente y la obtención de resultados para la organización”.

A pesar de lo anterior, el señor Odebrecht no mencionó la palabra “ética”, ni siquiera en las casi cincuenta páginas del glosario. Y los “valores morales” que cita sólo parecen designar a lo que la misma organización convirtió en tradiciones. Incluso, al final del libro, sintetizó los veintiséis principales conceptos para generar una organización verdaderamente globalizada y volcada sobre la obtención de resultados para sus accionistas y en unos colaboradores que debían “dedicar la mayor parte de su tiempo a dialogar y negociar con sus clientes, entendiéndoles cada vez mejor para darse cuenta de lo que para el cliente tiene valor y marca la diferencia” (pero parece que seguir esto al pie de la letra tiene a su nieto en la cárcel).

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Esta visión de la vida empresarial nos recuerda el denominado “pragmatismo vulgar” del siglo XIX, según el cual “los resultados son la verdad” (casi al punto de considerar que todas las buenas consecuencias de las acciones justifican los medios utilizados), en contra de lo que el mismo Charles S. Pierce, el fundador de esta corriente, señaló: que la realidad se conoce a través de sus efectos, pero no se reduce a ellos. Desafortunadamente, para empresarios como Marcelo Odebrecht se constata una vez más que la bondad de las decisiones no se reduce simplemente a lo que inicialmente parece eficaz y eficiente (en el corto o mediano plazo).

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