Opinión

  • | 2017/09/26 00:01

    El seductor reto de las regiones de Colombia

    Llevar inversión responsable a todas las zonas del país es el cometido del postconflicto. Comunidades, empresarios y mandatarios locales se deben sumar.

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Gratas son las sorpresas del contenido de Netflix. Una de esas viene por cuenta de “La gran seducción”, entretenida película sobre las ocurrencias de los pobladores del puerto canadiense de Tickle Head, quienes “seducen" a un médico para que se quede a vivir allí. El galeno es el requisito para la llegada de una fábrica, la cual evitará que los 125 habitantes esperen mensualmente el cheque de subsidio de desempleo del Gobierno, superando así el abyecto entorno de la ausencia de trabajo.

Todo el pueblo hace esfuerzos para que el médico se enamore del lugar, garantizando una fuente de empleo que les dé dignidad. Ellos comprenden el rol de la inversión privada en la generación de oportunidades.

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Así como en Tickle Head, en las regiones de Colombia existe consenso en que el dinamismo privado haría del posconflicto un campo minado de oportunidades para sectores como el minero-energético, el turismo, la agricultura y la agroindustria. Zonas dedicadas a la producción de cultivos ilícitos o de acceso restringido, tendrían la ocasión de cambiar su destino.

Para explorar los ambientes regionales del postconflicto, el Centro Internacional para la Empresa Privada (CIPE), en asocio con el Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga, Confecámaras y Jaime Arteaga & Asociados, promueven el diálogo de empresarios representativos de varias zonas del país. Las conclusiones del ejercicio, hasta ahora: aunque en algunos casos se siente desconfianza por un eventual desplazamiento de la mano de obra local, por la exclusión de proveedores locales y por posibles impactos ambientales, “seducir” inversionistas es el camino.

Eso opinan empresarios de los santanderes, el Pacífico, el Caribe y los Llanos Orientales, regiones que, en distinta magnitud, viven la ingrata experiencia del fin del auge minero-energético, en una economía poco diversificada. Líderes como Elsy Machacado, de la Fundación para el Desarrollo del Magdalena Medio; Bismarck Preciado, de la Corporación para el Desarrollo Agroempresarial de Tumaco; y Neila Madero, de Guajira Tours; comparten la visión de que la promoción de la inversión resulta indispensable. Además, afirman ellos, quienes lleguen deben hacer equipo con empresarios y comunidades locales.

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Un caso exitoso

A Mapiripán (Meta), municipio que ha vivido las inclemencias del conflicto armado, llegó en 2008 la multinacional Poligrow, firma italiana que ya superó un largo proceso jurídico y que le ha cambiado la cara a la zona. Hoy son culpables de generar el 80% de la economía municipal, proveer empleo formal y, desde 2012, de que Mapiripán tenga energía eléctrica las 24 horas del día. Eso sin contar la apuesta en investigación y desarrollo y el impacto de la operación en la recuperación de los ecosistemas nativos, evidentes en la presencia de especies de flora y fauna que habían desaparecido.

Ni los habitantes del municipio ni las autoridades locales ni expertos del Gobierno, desde una oficina en Bogotá, habrían podido montar y sostener, en el largo plazo, esa infraestructura.

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En el horizonte cercano

Aunque es innegable el potencial de las regiones, es un hecho que somos una sociedad cerrada, víctima de las bonanzas (algunas ilegales), con rezagos en educación e infraestructura, que se siente cómoda con los subsidios y con tareas pendientes en lo institucional. No se puede bajar la guardia en estos frentes.

Entretanto, al igual que en Tickle Head, seducir a la inversión debe ser propósito de comunidades, empresarios y mandatarios locales. Esa es la vía del desarrollo sostenible.

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