Opinión

  • | 2017/08/10 00:01

    ¡El que diga Uribe, estúpido!

    Ya tenemos edad democrática para pensar. No podemos permitir que nuestro destino sea liderado por los intereses caudillistas de los que se creen imprescindibles.

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La campaña por la presidencia de los Estados Unidos de 1992 estaba, de acuerdo con los más respetados analistas, decidida. George Bush tenía para entonces una popularidad de casi el 90% gracias a los éxitos de su política exterior que tenían en la Guerra del Golfo Pérsico y el fin de la Guerra Fría a sus triunfos más sonoros. La caída del muro de Berlín fue utilizada una y otra vez como imagen que resumía los triunfos de su mandatario, base  sobre la que los republicanos estaban apalancando su reelección dejando las huestes demócratas con poco espacio de maniobra para posicionar al joven Clinton.

Bajo esas circunstancias, James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, señaló que éste debía enfocarse sobre cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más apremiantes. Carville pegó un cartel en las oficinas centrales demócratas con tres puntos:

  1. Cambio vs. más de lo mismo.
  2. La economía, estúpido.
  3. No olvidar el sistema de salud.

Aunque las frases eran solo un recordatorio interno, la segunda se convirtió en el eslogan no oficial de la campaña de Clinton, que resultó decisivo para modificar la relación de fuerzas y derrotar a Bush, algo imposible meses antes.

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Algo similar sucedió recientemente en la campaña de Trump. La señora Clinton y sus asesores subestimaron la situación económica de los ciudadanos, sobre todo de aquellos del medio oeste, que distaba mucho de cómo se veían desde la administración Obama. Los mensajes de Trump calaron a fondo en Iowa en donde las subvenciones agrícolas decidieron el voto o en estados como Ohio, Wisconsin y Michigan que se terciaron al final por los mensajes proteccionistas republicanos. Ni qué decir de Florida, en donde los descendientes de inmigrantes decidieron atajar a los nuevos viajeros que amenazaban su cómodo alcanzado “statu quo”.

Encontrar  ese elemento unificador de los sentires generales del pueblo es a lo que en últimas se dedican costosísimos consultores de mercadeo político. En desentrañar los dolores de un pueblo, convertirlos en eslogan de campaña, y repetirlos con vehemencia (así se olviden rápido), radica la ciencia electoral: lo demás pareciera ser maquillaje y una bonita mirada hacia el horizonte o de francotirador de acuerdo al momento.

La simpleza del mensaje es otra de las grandes claves. Samper usó: “ Es el tiempo de la gente” (sin especificar de cuál) aunque se le conozca más por “Aquí estoy y aquí me quedo”; Pastrana, por “El cambio es Andrés” que no le alcanzó en primera vuelta; Uribe se la jugó con “Mano firme, corazón grande” que pudo simplemente ser más corto y dejar solo la primera parte y, Santos “Con paz haremos más” y “Hemos hecho mucho, falta mucho por hacer” del que  podría colgarse  el próximo candidato porque, desafortunadamente, sigue habiendo mucho por hacer, después del desorden en que nos dejan esto.

Los mensajes complejos por supuesto no entran en juego. A los publicistas les gusta algo corto, sonoro y rítmico. Algo así como “De retro con Petro” o “El man es Germán” mezclado con alguna de esas palabras claves: “Cambio, firmeza, paz y gente” y ...voila, habemus eslogan: martíllelo sin pudor en todos los medios, repítalo una y otra vez y cada vez que le pregunten cualquier cosa, cualquiera, vuelva sobre el mismo para ratificarle a su electorado lo sincero de su prédica.

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Es verdad que ante la falta de credibilidad de nuestros gobernantes, pareciera que nuestro voto valiera simplemente un tamal o una camiseta pagada por Odebrecht de esas que uno encuentra años después en el carro y que sirven de bayetilla. Es cierto que es difícil encontrar, como sucede en democracias más desarrolladas, partidos políticos que representen nuestro sentir. En Colombia los dos partidos tradicionales suman poco y no ponen presidente, la U es un engendro lleno de tránsfugas (van a ver como salen corriendo para Cambio Radical), la izquierda ha ido desapareciendo y Centro Democrático se parece más a una empresa familiar del siglo pasado con un PaterFamilias al que se le hace venia.

Pero la realidad es que empezamos a ver movimientos masivos de inconformes que se nutren de las redes, que se informan a diario pero sobre todo que viven una realidad de país en donde la corrupción, la falta de liderazgo, la ausencia de valores y la falta de oportunidades se mezclan con los dolores diarios de desempleo, falta de educación y equidad social que no caben en un eslogan de dos palabras mucho menos cuando este es “El que diga Uribe” que podría aterrizar con simpleza la radiografía de nuestro país.

“El que diga Uribe” podría tener dos explicaciones a mi modo de ver: La primera es que ante la falta de credibilidad de nuestro estamento político la verdad, es que nos vale madre y que nos pongan a cualquiera que ya, la verdad,  da igual; o de otra parte somos un país de idiotas, sin capacidad alguna de reflexión, sin energía para pelear por nuestros ideales, y entregados a la marrulla de turno financiada una vez más por intereses oscuros.

Quiero pensar que no, así se me tache de ingenuo o de optimista. Creo que el colombiano, que ha empezado a cosechar niveles de educación más altos, a pesar de que se le trate como estúpido una y otra vez, empieza a tener  sentido democrático, patriótico si se quiere, que implica no comer entero, analizar a fondo las propuestas, recorrer el pasado de los candidatos y sus movimientos, esculcar los valores que representa, y alzarse con dignidad votando no por el que nos diga Uribe, ni Santos, ni la coalición de turno, sino eligiendo alguien que represente los valores no de la Colombia que hemos sido, sino de la que queremos ser.

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Ya tenemos edad democrática para pensar. No podemos permitir que nuestro destino sea liderado por los intereses caudillistas de los que se creen imprescindibles; ni por aquellos que representan los más turbio del estamento político; ni por aquellos  que se nutren de la trasnochada  lucha de clases. Es tiempo de que empezamos nuestra reflexión partiendo de algo que en Colombia quedó en el olvido: Nuestros líderes tienen que representar lo que aspiramos ser, lo mejor de nosotros mismos, y para esto el primer requisito es el de ser un buen ser humano. Haga la tarea y verá que... ¡se le reduce a muy pocos la baraja de opciones!

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