Opinión

  • | 2017/11/10 00:01

    Subsidiando a los ricos

    Es muy complicado el manejo eficiente de los subsidios. Los gobiernos deben siempre estar mirando como volverlos eficientes, no generar arbitrajes, ni terminar haciendo dumping en el comercio exterior.

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Cada vez que hablamos y comentamos sobre la palabra subsidio, a muchos se nos paran los pelos de punta. Esto ocurre, básicamente, porque son difícilmente administrables y a menudo terminan llegando a las manos de los que menos lo necesitan. Adicionalmente, dependiendo de la corriente ideológica estos se convierten en herramientas poderosas que, después de entregarlos, es prácticamente imposible quitarlos. Los subsidios en la mayoría de los casos generan arbitrajes complicados de manejar en la economía.

Para entender el concepto de subsidio, el mejor ejemplo es el de la gasolina en Venezuela ya que cumple con todas las características anteriormente expuestas. Como primera medida, debemos entender que la gasolina es un derivado del petróleo, un commodity líquido que se transa en bolsas mundialmente reconocidas y, por lo tanto, tiene un precio de referencia claro que varía diariamente. Sus derivados reflejan ese precio por añadidura, cualquier disminución entre el precio del mercado y su precio de venta implica un subsidio que alguien, generalmente el Estado, debe pagar. La economía venezolana vivió con este subsidio mucho tiempo y le generó arbitrajes que en algunos casos favorecían los mercados y en otros los perjudicaban. Por ejemplo, la compra masiva de carros que terminó generando caos de tráfico y vehicular, pero el bajo costo del transporte terminó disminuyendo el precio de determinados productos.  

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Para los vecinos como Colombia, terminó siendo un problema ya que la diferencia de precio de la gasolina en la frontera golpeaba fuertemente a comerciantes, transportadores y al mismo gobierno que tuvo en ocasiones que manejar diferentes precios de gasolina a costa del erario. Este es un subsidio que lo recibían todas las clases sociales por igual, inclusive los colombianos.

Existen otra clase se subsidios, los que se dan directamente. Para eso son especialistas los gobiernos de corte populista donde se terminan entregando recursos tipo limosna a cambio de nada para luego utilizar a los ciudadanos en temas electorales. En el caso colombiano lo vimos en el gobierno de Petro en Bogotá, donde dejó para la posteridad un caudal electoral por cuenta de los regalos. Para el gobierno siguiente, la cancelación de estos genera la animadversión del nuevo gobernante.

Hay otros que no son tan directos, que no funcionan como subsidio propiamente, pero termina generando lo mismo. Temas como el impuesto predial o de servicios públicos más baratos para estratos bajos -que en caso colombiano tiene el inconveniente de la mala estratificación- terminan generando que muchas viviendas de estratos altos quedan pagando valores no lógicos con su situación económica.

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Otro caso que creo debe ser fundamental trabajar en Colombia es el no cobro del IVA a determinados productos como los de la canasta familiar. Por cuenta de este no cobro tenemos para el resto de bienes un IVA del 19%, uno de los más altos del mundo. Cuando no se le cobra IVA a la carne, por ejemplo, se dice que es para proteger a los pobres. Realmente este subsidio termina beneficiando a los ricos que consumen mucha más carne que los que se quieren subsidiar. Pienso que para no generar este despropósito se debería tener un IVA general para todos los bienes y dar una cuota de subsidio a los estratos bajos a través de las cajas de compensación o del salario que corresponda al mayor pago de estos bienes por el impuesto. Esto ayudaría a bajar el porcentaje del IVA y a no generarle subsidio a los que no lo necesitan.

Como se pudo ver en estos ejemplos, es muy complicado el manejo eficiente de los subsidios. Los gobiernos deben siempre estar mirando como volverlos eficientes, no generar arbitrajes, ni terminar haciendo dumping en el comercio exterior porque esto puede terminar generando más problemas que beneficios. Como dice el adagio popular: “la calentura no está en las sabanas”.

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