Opinión

  • | 2018/09/13 00:01

    Sostenibilidad: ¿Por qué invertimos tan poco en el medio ambiente?

    El dinero que se le confiere al sector ambiental desde las fuentes públicas o privadas es poco, muy poco. De hecho, es insuficiente para generar cambios sustanciales en la conservación, la calidad del medio ambiente y en la salud pública.

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No me refiero aquí únicamente al presupuesto de la nación (al que le recortan siempre cuando hay un desajuste fiscal y el cual es en promedio de un 0,22% del presupuesto total de los últimos 7 años), sino que también me refiero a la inversión del sector privado, la cual en muchos casos se limita a las inversiones obligatorias para responder a las normas, pero que no van más allá.

No tengo el dato exacto de lo que invierte el sector privado, pero puedo hacer hipótesis cuyas respuestas ya me imagino que usted como lectora o lector puede intuir.

¿Por qué invertimos tan poco en el medio ambiente? A continuación algunas razones:

  1. Porque desconocemos el valor monetario del medio ambiente.
  2. Porque lo que es de todos es responsabilidad de nadie.
  3. Porque tenemos un pensamiento cortoplacista en donde lo que interesa es demostrar resultados ya.
  4. Porque hemos sido incapaces de comunicar su importancia de manera emotiva.

No sabemos cuánto vale el medio ambiente. Ese es el primer argumento.

Durante años me resistí a creer que el ser humano es materialista. Lentamente pierdo esa batalla mental y decido aceptarlo: Sí, lo que importa es el billete.  

Y como es esto lo que importa, es necesario que los académicos, los técnicos y aquellas entidades que tienen los pocos recursos (recuerden 0,22%), inviertan más en valorar económicamente los ecosistemas, los servicios que estos ofrecen a la sociedad y al desarrollo económico.

Pero también es necesario comunicarlo, hacer bulla (porque lamentablemente colegas, ustedes hacen un gran trabajo de investigación pero olvidan contarlo y algo que he aprendido es que “lo que se hace y no se cuenta, sencillamente no nace”).

En otras palabras, y poniendo un ejemplo extremista,  es hora de que la sociedad, los políticos y empresarios comprendan que un árbol vale más por su riqueza genética, el carbono que captura, el oxígeno que produce, la regulación climática que provee, que por los muebles o resmas de papel que de éste salen. Para ello necesitamos más investigación, evidencia y comunicación.

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El segundo argumento no amerita gran explicación puesto que es evidente, lo vemos en la calle todos los días y más grave aún, lo vemos, lo toleramos y girar la cara es la excusa perfecta para justificar la indiferencia y no asumir alguna responsabilidad.

Si hay alguien que debería ser exaltado como el filósofo más grande de la humanidad (por encima de muchos) es William Foster, quien en 1833 expuso “La Tragedia de los Comunes”.

Se trata de una parábola que los invito a googlear y que explica lo complejo que es el pensamiento humano en el momento de conciliar el interés individual con el colectivo. ¡Búsquenla, léanla y analícenla!

Pero para no desviarme en el argumento y resumir, los bienes públicos, en donde se encuentran los ecosistemas y sus servicios, parecieran no tener un doliente.

Pese a que todos nos beneficiamos de ellos, siempre hay alguien más quién debe asumir la responsabilidad, siempre es el gobierno el de la responsabilidad, pero nunca soy yo.

Cómo me gustaría conocer a sicólogos, antropólogos o sociólogos ambientalistas que me ayudaran a comprender mejor esta tragedia social y más importante aún a encontrar mejores argumentos para proveer soluciones.

En tercer lugar, está el mayor enemigo del medio ambiente: el pensamiento cortoplacista.

Esto se refleja de dos maneras. Por una parte, está la euforia de vivir el hoy a toda máquina para aquellos que tienen dinero, o de vivir para sobrevivir para el caso de aquellos que tienen poco dinero y lo cual en últimas se rotula en un “gasto hoy porque yo no se mañana”.

Ambas maneras de pensar tienen su impacto ambiental porque van acompañadas de conductas de sobreconsumismo o codicia por generar riqueza económica de manera acelerada.

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Por otro lado, cuando se piensa en los procesos de inversión y planificación territorial, las empresas y los tomadores de decisión tienen la gran necesidad de exponer logros inmediatos que puedan ser reconocidos por parte de la opinión pública.

Es por ello que es más popular y conveniente invertir en un puente que en educación ambiental; es más conveniente medir el impacto por medio del número de asistentes a una charla (eso se evidencia con una lista de asistencia), que por el proceso de transformación de paradigmas y conductas que un proceso de capacitación en habilidades para la conservación (eso toma mucho más tiempo en evidenciar).

En resumen, no tenemos paciencia, perdemos la constancia y todo aquello que genere un impacto más allá del primer año pasa al cajón de los proyectos descartados y directo al archivo.

Finalmente, y aquí un meaculpa para los ambientalistas: No sabemos comunicar la importancia del medio ambiente como sustento del desarrollo económico sostenible.

Seguimos comunicando (si es que siquiera comunicamos como lo expuse anteriormente) de una manera mamerta, poco emocional y muy técnica.

En mi próximo artículo que llamaré: “¿Por qué ha fracasado la educación ambiental?: Hacia la educación para el desarrollo económico sostenible”, ampliaré este argumento.

En conclusión, urge aumentar la inversión en el sector ambiental. Es triste ver que nuestro territorio siga estando tan desatendido y con tanta riqueza natural que tenemos.

Lectores, hombres y mujeres, tomadoras y tomadores de decisión, no sigamos cayendo en el emporio de la tragedia de los comunes. ¡Es momento de meterse la mano al drill y actuar! Es momento de enrutarnos en un verdadero desarrollo económico sostenible.

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