Opinión

  • | 2018/07/22 00:01

    Mas allá del instinto

    Es bueno saber que hay una tendencia grande por entender que no vinimos al mundo solo para producir dinero y gastarlo en bienes materiales. Es bueno saber que hay mucha más gente cada vez más preocupada por conocer más la conexión universal.

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La mayoría de los problemas organizacionales (como de los grandes logros) son realizados por su gente, por seres humanos con las limitaciones que tenemos todos como seres imperfectos. Muchos buenos productos y servicios pueden dañar su crecimiento y/o su reputación porque no tienen los talentos adecuados a cargo. Es muy poco probable que un producto sea exitoso si el personal que lo vende no se asegura de unir los puntos para que todas las variables de acceso, interés, distribución, conocimiento, entre otros, estén garantizados.

Es decir, suena obvio, pero a veces lo más primario lo pasamos de largo. Las organizaciones están hechas por gente y para gente, por tanto, si no tenemos a las personas adecuadas, conforme con las necesidades de la función y de la participación en el equipo, las probabilidades de que las cosas funcionen bien son bajas.

Ahora bien, para estar en armonía con los demás es muy importante estar bien consigo mismo. Para lograr entender esta conexión natural con el universo y el resto de los humanos hay que encontrar al menos algo de paz interior. Creo que eso no le importa mucho al mundo corporativo, pero encuentro que estos vacíos hacen que la gente se desmotive, pierda el foco y muchas veces se concentre en los demás y no en sí mismo.

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Por eso, hoy ya no solo es vital entender el concepto de inteligencia emocional. Creo que estamos migrando (no excluyendo) y llegando a un punto donde aparece la inteligencia espiritual. Según Robert Emmons, aquellos que tienen inteligencia espiritual poseen ciertas capacidades, como la capacidad de trascendencia, la capacidad de experimentar estados elevados de conciencia, de encontrar el sentido de lo sagrado en las actividades diarias.

La inteligencia espiritual data de hace 2.500 años cuando Buda lo llama Visión Cabal, una capacidad de visión penetrativa para comprender la realidad profunda de los fenómenos.

Con este concepto podemos hablar de un modelo de tres niveles de inteligencia, donde la espiritual se ocupa del sentido de la trascendencia. El primer nivel es el básico y lo compartimos con los animales, se mueve en el mundo de instintos, impulsos, sensaciones.

El segundo nivel está soportado por todas las inteligencias múltiples basadas en la mente, capacidad de razonamiento, pensamiento lógico y cognitivo. 

El tercer nivel es exclusivamente humano y está basado en la sabiduría, en nuestra capacidad de ver el bosque y entender realidades más profundas, completas, no pedazos ni interpretaciones del mundo. Se sitúa más allá del ego narcisista, observa la forma de relacionarnos de manera armónica con el todo, la capacidad de ser felices a pesar de las circunstancias.

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Solo en la autorreflexión se logran entender los propósitos más sublimes, para lo que vinimos al mundo.  El universo nos envía mensajes y nos negamos a escucharlos porque el ego nos cierra esa posibilidad.

Busquemos más adentro que afuera. La felicidad y la paz interior no las logran las cosas creadas por el hombre, la plata, el puesto exitoso. Qué buenos la ambición y el resultado constructivo de las empresas, qué bueno empoderarse por los logros y las metas, pero no olvidemos que la única manera de tener paz, vencer la ansiedad, dejar el sobrepensamiento improductivo es a través de una mirada profunda del alma. Me gusta este concepto de inteligencia espiritual… a ver si salimos del nivel uno…

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