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Opinión

  • | 2020/09/21 09:52

    La triste situación de los adolescentes durante la pandemia

    Como resultado de la pandemia de la covid-19, en Colombia ocho millones de adolescentes, entre 10 y 19 años, se ven obligados a estar confinados en sus casas, con el consecuente cierre de los colegios y la detención del proceso integral de formación.

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En condiciones normales, para este grupo poblacional, se empieza a desarrollar fuera de la casa, con menor protagonismo de la familia y del entorno donde se criaron.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adolescencia como el periodo de crecimiento y desarrollo humano que se produce después de la niñez y antes de la edad adulta. También, según aquella, la adolescencia es una de las etapas de transición de los seres humanos más importantes en el crecimiento, cambios y consolidación de la personalidad para vivir de mejor manera la edad adulta, es un momento vital de la vida solo superado por la etapa de la lactancia. 

La sociedad, el Gobierno, los padres de familia y los profesores deben aceptar que para la vida de los adolescentes este es un momento trascendental en el desarrollo de una persona, razón por la que el encierro, los problemas de cada familia o del entorno en que ellos viven, más la falta de los colegios, producirán, en la mayoría, daños irreparables.

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Los invito a reflexionar sobre el impacto que tendrá para el desarrollo de la vida de los adolescentes un año o más de confinamiento. Para empezar, recordemos que la adolescencia es la etapa en la que el niño o la niña empieza a salir del seno de la familia y del entorno social con el que ha vivido sus primeros 10 o 12 años; a partir de este momento, los valores, principios, creencias, conductas y visiones de la vida que los adolescentes han construido empiezan a ser contrastados con la forma de pensar, de actuar y de ser de otros seres humanos. No hay un mejor lugar para que este proceso de interacción ocurra que un buen colegio. Emile Durkheim, desde el siglo pasado, sostuvo que la escuela es un hecho social, que permite a la humanidad un método privilegiado de integración, de socialización y de aprendizaje.

El pedagogo Alejandro Álvarez tiene razón cuando sostiene que con la pandemia se detuvo el proceso educativo y de formación integral de los estudiantes. La educación en casa, la virtualidad, las TIC y otras formas de educar jamás remplazarán a la escuela. El confinamiento impide a los adolescentes los encuentros, las interacciones sociales y la expresión de las emociones con los compañeros de estudio (pares) y con los docentes.

Es en el colegio, a partir de las verdades de unos y de otros, donde los adolescentes tienen la oportunidad de originar nuevas preguntas o reafirmaciones con respecto a la vida personal, familiar y social; acá se empiezan a consolidar los ideales de vida buena, justicia, equidad, libertad y las conductas que atienden los deseos y la felicidad de los adolescentes: ¿qué les gusta y qué no? En la escuela se pueden hacer las preguntas impertinentes, las que nunca se harán a los padres de familia. Ahí están los compañeros y, seguramente, buenos profesores, esos que enamoran y se ganan la confianza de los alumnos. También en la adolescencia se empieza a comprender, a discutir y a decidir sobre lo que conviene a la persona y a la sociedad.

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Lo duro de este proceso es que ya se empieza a conocer lo que está pasando con los adolescentes y los niños durante la pandemia; según una encuesta del Dane, las personas que ejercen la jefatura de los hogares en Colombia manifestaron que el 12,1% de los niños no continuaron con las actividades educativas desde que cerraron los colegios; el 5,2% de los estudiantes ya desertó, y el 6,8% de estos dejaron de hacer actividades educativas o de aprendizaje, perdieron el contacto con sus profesores y colegios. Ojo con este dato: el 31,8% de los que desertaron sostuvieron que no podían pagar la pensión por la reducción de ingresos familiares por efecto de la covid-19.

Sobre cómo están pasando los adolescentes y en general los niños y niñas en sus casas durante la pandemia, en la revista de Fecode (Educación y Cultura, número 137, página 14) se menciona que, en una encuesta a 1856 estudiantes de un colegio oficial de Bogotá, “el 15% manifestó que en su casa no hay televisor, el 35% reconoció que algún miembro de su familia había perdido el empleo y que les faltaban alimentos, el 41% aceptó que no tenían recursos para pagar los servicios públicos domiciliarios y el 35% de los estudiantes informó que se sentían tristes e impotentes ante la pandemia”.

También, en otro colegio público de Bogotá, en una encuesta que respondieron 198 familias, se encontró que “el 42% de los alumnos afirmó que en su casa viven entre 4 y 6 personas; el 19% habita con 7 a 9 personas, mientras que el 16% dice vivir con más de 9 personas”. Estos datos son similares, como ya lo he señalado, a los de Chile (encuesta del programa 2020), donde el 80% de los estudiantes manifestaron no tener un sitio en sus casas para concentrarse y poder estudiar. También son similares los datos de la encuesta de Education Endowment Foundation (2020) a 4.000 padres de familia en Inglaterra, donde el 58% de los estudiantes de primaria, más pobres, no tienen acceso a su propio espacio de estudio en sus casas.

Una situación aún más grave y triste: Medicina Legal sostiene que, en el país, entre enero y mayo de 2020, se suicidaron 88 adolescentes (12 a 17 años) y 180 fueron asesinados.

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Por último, si no sucede nada extraordinario, el año terminará con colegios cerrados. Los bachilleres, adolescentes entre 16 y 17 años, no podrán asistir a su ceremonia de graduación. Me imagino que pasaremos al programa “grados en casa”, sin poder encontrarse y despedirse de sus compañeros, de los docentes y de los directivos de los colegios; muchos de ellos jamás se volverán a encontrar. Duro, ¿verdad? 

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