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Opinión

  • | 2020/09/15 00:01

    La conspiración de la “izquierda internacional”

    Les cuesta trabajo a algunos entender que detrás de las manifestaciones existe una genuina indignación con el actuar de la Policía, en repetidas ocasiones, contra la ciudadanía. Aunque a estas voces se suman múltiples causas, las protestas no son un plan para tomarse el poder.

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Hay rabia, indignación y dolor en Colombia. La muerte de Javier Ordóñez no tuvo por qué haber sucedido de la forma en que sucedió. Lo mismo debemos decir por muchos otros quienes han perecido a manos de la Policía Nacional, algunos en su custodia, otros durante una agresiva acción policial. Algunos de los muertos estaban expresando su derecho a la protesta, otros estaban saliendo de su casa sin tapabocas y uno estaba entregando un domicilio. No tenían por qué morir, más bien: no tenían por qué ser asesinados.

Todos vimos las imágenes en redes sociales de lo que hace la Policía de Bogotá. No es algo nuevo. Pero es algo que tocó una delicada fibra social. En medio de una pandemia, con cifras de desempleo astronómicas, frente a unas quejas sociales válidas que han sido ampliamente discutidas, pero no resueltas, la gente tiene todo el derecho a estar furiosa.

Las protestas no eran algo difícil de prever. Nosotros en Colombia Risk Analysis lo pronosticamos en nuestro informe sobre los próximos dos años del Gobierno de Iván Duque.

Dijimos entonces: “los problemas que fueron centrales en las protestas de noviembre pasado no han desaparecido. Por el contrario, se han pronunciado. Si bien las personas seguramente se reunirán para protestar cuando sea seguro hacerlo, es probable que lo hagan antes si algún evento atrae la atención nacional. De igual forma, la crisis económica facilita que Duque rechace de plano las propuestas de reforma. Esta insistencia creará oportunidades para los candidatos moderados e izquierdistas en las próximas elecciones, que deseen disputarse los votos de expartidarios de Duque. Es probable que el descontento social crezca y se intensifique cuando a las personas se les permita protestar, muy posiblemente para fines de 2020; sumado a esto, a medida que se desarrollen los esfuerzos de recuperación de la covid-19 por parte del Gobierno, los opositores probablemente utilizarán protestas adicionales para obtener ganancias políticas”.

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El Gobierno y el partido Centro Democrático lo saben: de otra manera no hubieran salido inmediatamente a esparcir teorías de conspiración sobre el origen de las protestas. Tras leer los trinos de algunos representantes del Gobierno y su partido para justificar la protesta, quedaría uno convencido de que detrás de las protestas hay miembros de las milicias urbanas ELN, de las disidencias de las FARC, de la Juco, agentes infiltrados de Cuba y Venezuela, e incluso el expresidente Juan Manuel Santos.

Es muy caradura de parte de los líderes del país ser tan apresurados en ver conspiraciones por todos lados, cuando les queda muy fácil apreciar la injusticia que ocurre en Venezuela. La gran diferencia es que en Venezuela la injusticia no es propiciada por los efectivos que ellos comandan, sino por un dictador que ellos han trabajado para tumbar infructuosamente.

Gustavo Petro sí está aprovechando el momento de las protestas, como lo menciona el informe de Colombia Risk Analysis, para argumentar cómo sus propuestas políticas brindarían soluciones a las demandas sociales que han provocado la protesta. Pero para decir que este es su artífice, hay que hilar muy delgado. Cuba y Venezuela, alentados por Rusia, también están aprovechando el momento para sembrar desinformación por medio de las redes sociales, pero tampoco están activamente organizando ni brindando asistencia logística a quienes se manifiestan; la Policía lo hace por ellos llevando la violencia a domicilio, literalmente.

Y ese es el punto: hay muy poca introspección y conciencia del Gobierno y de sus principales funcionarios, sobre cómo algunos de estos problemas, directamente ligados a las políticas estatales y arraigados en las instituciones, están llegando a un punto de ebullición. Pero siempre será más fácil ver la paja en ojo ajeno que la viga en el propio.

Más que un "momento George Floyd", para los colombianos esto se trata de la incapacidad del Gobierno para comprender el dolor y la ardiente indignación de los ciudadanos, tanto urbanos como rurales. Todavía hay tiempo para que Duque corrija el rumbo y lidere la salida de la crisis, pero no será fácil y no será tranquilo. ¿Escuchará el presidente el clamor genuino de los manifestantes en las calles u optará este por escuchar a su círculo interno y sus conspiraciones?

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