Opinión

  • | 2018/01/29 00:01

    Elecciones: educación y política

    En Colombia no hemos sido capaces de formar una sociedad donde los derechos y los deberes sean la esencia que regula el acceso y los beneficios de las personas a las políticas de Estado y a los programas de gobierno.

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En los próximos días los candidatos presidenciales y cientos de candidatos a Cámara y Senado estarán visitando a las familias, veredas, barrios y municipios promocionando toda clase de ofertas políticas, sociales, económicas y hasta culturales. También lo harán a través de los medios de comunicación y las redes sociales.

Pregunto: ¿Cuántas de esas ofertas de los candidatos serán producto del engaño? Ofertas de gobierno o de norma que de manera sencilla se podrá demostrar que no se pueden cumplir; ¿cuántas propuestas estarán asociadas a temas clientelares, contratos futuros con el Estado y en general a corrupción? ¿A cuántos de los sufragantes se les hará votar porque el candidato es el empresario o el familiar del dueño de la empresa, o porque es cercano al gobernador o el alcalde?  ¿A cuántos colombianos se les propondrá que la guerra y el autoritarismo es el mejor escenario? ¿A cuántos creyentes, desde los púlpitos, se les dirá que determinado candidato es más cercano a Dios y que por él se debe votar? ¿Acaso Dios discrimina?

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La política no la hacen ángeles ni hombres impolutos, acepto que los intereses motivan al ser humano, pero no al extremo de contar, a la fija, con auditorios donde no importa qué se proponga, a donde antemano se va a la reunión política y se saldrá convencido que es por ese candidato por quien hay que votar; donde no interesa el país, ni la región, ni la ideología, menos el desarrollo social o económico de todos. Auditorios donde prima la política como pacto funesto. Qué ofrece el candidato a mi interés personal y qué le puedo sacar.

La deshonestidad desde la propuesta política ya de por sí, es grave, pero más grave es contar con un auditorio, que cree al político o acepta su indecencia, que no debate y que menos cuestiona su rol como elector en el sistema democrático. El interés de quien elige no es lograr que sus voceros sean los mejores, que lo escuche y lo represente, que tenga algún sentido moral en su accionar político y de respeto por la vida humana en lo ético. Acá en este auditorio, donde se desarrolla la política en Colombia, en la mayoría de los casos, no existe ciudadanía, se pacta el voto sin remordimiento alguno. En este auditorio como diría Antanas Mockus, de manera critica, “todo vale y nadie está dispuesto a hacer sentir que se viola la norma”.

También, me pregunto, sobre el rol de la educación con respecto a la formación ciudadana y las costumbres políticas, sin dejar de mencionar las mediciones de calidad. Basta hacer una búsqueda sencilla para encontrar que todas las declaraciones de los ministros de educación, de este siglo, después de conocer los resultados de las pruebas SABER o de PISA nos han anunciado que la calidad de la educación continua su proceso de mejora. ¿Podemos seguir afirmando que la calidad de la educación mejora, sin avanzar en una mejor ciudadanía?

Entre otras cosas no se puede olvidar que el Estado tiene la obligación de formar y ayudar a construir ciudadanía y quien gobierna o legisla a dar ejemplo. En Colombia, nunca habíamos tenido tanta población alfabetizada (más del 95%), casi universalizamos la educación primaria, más del 60% de la población entre 18 y 25 años ha concluido la educación media y las coberturas en educación superior pasan del 50%. Aclaro, no hay relación directa entre número de años en educación, con la calidad de la educación.

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Si es por cantidad de educación podemos reconocer que hemos avanzado en educación, si es por la práctica política y las acciones de gobierno, debemos reconocer que avanzamos poco en ciudadanía. Para la mayoría de la población cuando se ejercen los deberes democráticos, siguen prevaleciendo las formas tradicionales de hacer política a punta de favores clientelares.

Como ciudadanos debemos ser capaces de reconocer y aceptar que el principal problema de la sociedad es el clientelismo, la corrupción y, en general, el sistema de favores en que convertimos el escenario electoral y político de la sociedad colombiana.

La escuela y sus maestros no puede pasar de agache frente a este gravísimo problema, se requiere mejorar la educación en ciudadanía y lograr buenos seres humanos.  Insisto, la escuela y los maestros deben formar y educar con respecto a los problemas de hoy de la sociedad, del país y del entorno donde viven los estudiantes. Como lo sostuve en otro artículo de la Revista Dinero, “la escuela a través del conocimiento y la búsqueda de la verdad debe enseñar a sus estudiantes a criticar y a valorar lo positivo de la vida humana, igual a estudiar, analizar y criticar lo que atenta contra el desarrollo pleno de la persona” y de la sociedad para poder cambiar y progresar. La calidad de la educación debe conllevar mejor ciudadanía y mejor política, algo estamos midiendo mal.

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