Opinión

  • | 2018/06/08 00:01

    El cuento de la transformación digital

    ¿Para qué meterse en el complejo reto de transformar digitalmente las organizaciones si no se tiene interés en sacar provecho de la economía digital?

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Recientemente iniciamos una nueva cohorte del Diplomado en Transformación Digital de la Universidad de La Sabana y una de las preguntas más sensatas que he recibido sobre el tema vino de un estudiante: “Y si la organización en la que trabajo no está interesada en nada digital, vende un producto tangible y tiene un mercado cautivo, casi garantizado, ¿para qué ponerlos en el problema de transformarse digitalmente?”.

La respuesta es simple: no lo haga. Ahora bien, lo superficial de la respuesta solo depende de aquel ‘casi’ que está en medio. Si el ‘casi’ es de posibilidades abiertas, perfecto, esa empresa se ganó la lotería de los clientes y ofrece un producto tan exclusivo como indispensable. Si ésta es la situación, los clientes seguirán llegando a borbotones por teléfono o fax, harán sus pedidos, la producción será artesanal o apenas industrializada y los despachos serán controlados entre punto y punto de avance en las carreteras. O incluso, podría ser que los procesos estén completamente digitalizados pero la toma de decisiones se siga haciendo ‘a la antigua’ y los accionistas no tengan de qué preocuparse.

Pero si, al contrario, ese ‘casi’ abre la posibilidad de que llegue un competidor, existente que se transforma o nuevo que rompe el mercado, y lo acapare ‘casi’ por completo, entonces sí es momento de pensar en la transformación.

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Transformar digitalmente una organización es mucho más que digitalizarla. La transformación digital es el resultado del cambio organizacional donde las personas, los procesos y el modelo de negocio, entienden a la tecnología como una herramienta para generar valor entre sus consumidores y colaboradores.

Pero como estamos hablando de un cambio organizacional, eso se traduce en cambiar la forma en que se toman las decisiones, fluye la información, se comparte el conocimiento y, en últimas, se piensa como parte de una compañía, tarea nada fácil de conseguir.

Existen cientos de modelos de transformación digital, cada uno de ellos con más puntos por abordar y más consideraciones por hacer, pero lo cierto es que al final se trata de las personas y no de la tecnología – y por eso es tan complejo el proceso –.

La pregunta que debería estar detrás de cualquier proceso organizacional debería ser el para qué. ¿Qué gana una empresa que adopta modelos ágiles o que desarrolla las competencias digitales de sus colaboradores?, ¿qué significa tener el nivel de madurez digital más alto?, ¿para qué transformarse digitalmente?

La respuesta viene en dos vías con múltiples aristas. Desde lo económico, las proyecciones del Banco Mundial, el Foro Económico, el BID y hasta la ONU hablan del rol fundamental que tendrá la economía digital en el futuro material del mundo. Nada despreciable un escenario con U$1.386 billones en oportunidades para todos los que sepan aprovecharlas.

Por el otro lado, los nuevos mercados son volubles y altamente inciertos. Los consumidores cambiamos a la velocidad con que surgen propuestas disruptivas para satisfacer nuestras necesidades, así que salvo en el caso de mercados cautivos – que difícilmente se encuentran en un mundo verdaderamente globalizado como en el que vivimos –, las empresas deben estar preparadas, en procesos y en modelos mentales, para dar respuesta efectiva a esos cambios.

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También resulta que el cambio que trae consigo la cuarta revolución industrial es de las personas y las máquinas – sin estar seguros en qué orden –; todos los que vivimos en el mundo conectado desarrollamos unas nuevas expectativas frente a lo que consumimos y también a lo que producimos. Queremos ser productivos pero a la vez no queremos salir de casa; queremos ser sostenibles pero nos olvidamos de reciclar; queremos crecer profesionalmente pero todavía nos cuesta aprender de los errores.

Lo cierto es que una de las grandes brechas entre las organizaciones preparadas para aprovechar la economía digital y las que no, está en el talento humano. Personas dispuestas a trabajar hay muchas, pero que tengan las capacidades necesarias para liderar en digital no son tantas. Lo que sí hay de sobra son quienes, ejecutando bien su trabajo, tienden a irse a otras empresas tras oportunidades bañadas de flexibilidad laboral, escritorios virtuales y posibilidades de teletrabajo. Estos son componentes atados a la transformación digital y a la nueva visión de los negocios.

El camino es escarpado, las voluntades se quebrantan al primer giro de tuerca y no siempre lo que en el modelo funciona puede hacerse aterrizar. La transformación digital no es sencilla simplemente porque cambiar a las personas no lo es; sin embargo, si se espera hacer parte del futuro de un mundo donde gran parte del PIB vendrá de la economía digital, no hay otro camino más que el del cambio.

Preparados o no, el mundo sigue avanzando, los mercados siguen la dicotomía de ampliarse y concentrarse al mismo tiempo, y será nuestra decisión dar el salto hacia lo incómodo desconocido o quedarnos en la orilla para ser otros más de los tantos rezagados.

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