Opinión

  • | 2018/10/11 19:30

    Ego presupuestal: unos se quejan por presupuesto y otros no saben qué hacer con él

    “Tenemos muy poco presupuesto” es una de las típicas quejas que emanan de entidades públicas de este país. En algunos casos, como en la educación y la ciencia, efectivamente hay muy poco, pero en otras áreas, ese no es el verdadero problema. Nos preocupamos por lo innecesario mientras olvidamos lo fundamental. No se trata de tener más o menos presupuesto, sino de ser eficiente con lo que se tiene y ahí sí lograr tener más para usarlo bien.

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Pareciera un cliché más: “debemos ser eficientes” y suena como un cliché precisamente porque se repite por doquier como un eco de un mensaje cifrado: todos lo escuchan, pero el mensaje real no llega. En la planeación presupuestal del sector público, lo que prima en la práctica es cuánto presupuesto se asigna; no tanto porque se piense que por cada peso se trabajará con más eficiencia, sino porque el monto absoluto del presupuesto simboliza importancias políticas, visibilidad y capacidad para tener personal contratado.

Cuando se definen presupuestos, parece ser un pulso de poder, pero en esto debería primar la verdad que escribió Erich M. Remarque: el cielo no tiene preferencias. En la política sí. Tener bajo presupuesto no tiene por qué significar que un área es menos importante; esa no es la discusión que debería sobresalir. Lo fundamental es hacer algo valioso con el presupuesto que se tenga. Así, eventualmente, sí se logran aumentos para cosas concretas y necesarias.

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El ego presupuestal está atado a la visibilidad personal. Pensemos que algunos cargos públicos en Colombia no son fines en sí mismos, sino medios para llegar a otro cargo, y así sucesivamente hasta que el acervo de cargos se traduce en algún tipo de satisfacción adornada con el servicio al país. Algunas entidades ni tienen claro qué hacer realmente con el presupuesto y el principio de la eficiencia se vuelve como los consejos de la abuela: ahí quedaron y los ignoramos. Excepciones existen, sin duda, pues hay funcionarias y funcionarios que se esmeran por tener un cargo público para aportarte a la sociedad, pero no metería las manos al fuego por todos. Entonces, cuanto más presupuesto tenga una entidad territorial o nacional, probablemente mayor visibilidad tendrán la entidad y sus directivos. Pero ¿tendrán más eficiencia?

Ahora, el ego presupuestal aterriza en la práctica de buscar mayores fondos sin necesariamente pensar en trabajarlos con más eficiencia, porque ella funge como principio teórico en el sector público colombiano. Es algo que no se premia si se logra, pero se ultraja como un argumento vacío transformado en eufemismo cuando se aprovecha para atacar a algunas personas. “Faltó eficiencia en la gestión” pregonan algunos, pero ¿se ha trabajado la mentalidad de la eficiencia en este país? Es como enseñar a las personas qué es una manzana y luego preguntarles por una zanahoria en un examen. Nos preocupamos más por el tenor de unos artículos y parágrafos que por principios fundamentales en la práctica.

No deberían entonces las entidades obsesionarse con maximizar el presupuesto ni con tener que ejecutar todo en un 100% anualmente, sino con trabajarlo de manera eficiente, partir del verdadero conocimiento y ejecutar lo que realmente tenga sentido. Veamos una pequeña historia del reino de las tortugas.

En tierras lejanas, una familia de tortugas vivía felizmente. Los hijos ya estaban listos para emprender nuevas vidas. Su padre, preocupado por las finanzas, reunió al hijo mayor y al hijo menor para hablar del futuro. Quería que sus tortugas le contaran qué iban a hacer con sus vidas y con una bolsa de monedas de oro que les ayudaría a empezar cualquiera que fuera su sueño. “Espero que ganen muchas monedas así”, les dijo. La tortuga mayor, motivada y feliz, habló a su padre: “¡acumularé más monedas, las conseguiré en tierras lejanas, ¡tendré más y más!”. “Y tú, tortuga pequeña, ¿qué harás?”. “Yo, estudiaré, guardaré una parte de las monedas y abriré una librería para vender libros y café”.

Al cabo de varios años, la tortuga mayor había amasado una gran cantidad de monedas. Había decidido pedir prestadas monedas en todas partes. Compró bienes e invirtió para darse a conocer como la tortuga de las monedas y así complacer a su padre. Lo importante al fin y al cabo era tener más, sin importar qué se hiciera con esas monedas. La deuda era un problema de otro momento; así sería el orgullo de la familia. Mientras tanto, la otra tortuga seguía vendiendo libros y café.

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Logró abrir nuevas librerías e invirtió su tiempo educándose para abrir espacios de enseñanza a las tortugas que no podían pagar sus estudios. Logró abrir centros de estudio, pero no lograba acumular tantas monedas de oro para satisfacer a su padre. Al reunirse con él unos años después, la tortuga mayor abrió una bolsa gigante de monedas para su padre, quien preguntó a la otra tortuga: “Ves esto, es el verdadero éxito; y tú, ¿qué has traído?”. La tortuga pequeña, con algo de nostalgia, le entregó un libro. “Es un libro de uno de mis estudiantes. Tiene instrucciones exactas de excavación innovadora, inventada por nosotros gracias a lo que hemos estudiado, con los mapas de zonas en donde se encuentra todo el oro que pareciera hacerte falta”.

El presupuesto de una entidad se convirtió en un eufemismo. En esta analogía, el padre puede ser la misma sociedad, el hijo mayor las personas que harían todo por figurar y el hijo menor, las personas que enriquecen a la sociedad con eficiencia y conocimiento. Si formamos a los funcionarios del mañana bajo el principio de la eficiencia y los educamos con suficiente ciencia y amor por la innovación, su preocupación principal será lograr forjar cambios desde la escasez, no cosechar triunfos personales desde la abundancia artificial que desembocará, al final, en escasez para todos.

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