Opinión

  • | 2017/12/08 00:01

    La diferencia entre saber y tener cómo demostrarlo

    ¿Va a tomar ese curso en línea para actualizarse?, ¿ya pensó cómo hacer que su jefe se lo valore para aquel ascenso que tanto espera?

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Si es de los que se pregunta si debería tomar aquel programa de formación virtual para mantenerse actualizado, o si no sabe cómo valorar las certificaciones en línea que traen sus empleados, tranquilo, es uno más de tantos que aterrizan en el prolífico campo de la educción virtual y que no tiene ni idea sobre si ese ‘cartón’ sirve tanto como el estampillado por una universidad.

¿Para qué pagar por un curso de música si las mismas habilidades se pueden desarrollar con videotutoriales de YouTube?, ¿para qué inscribirse a seminarios de actualización si al final van a ser transmitidos vía streaming abierto?, ¿para qué ir a la universidad si las certificaciones por competencias validadas en línea cobran cada vez mayor relevancia?

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Directivos y docentes de instituciones educativas de todos los niveles pueden quedarse cortos en argumentos al intentar responder estas preguntas, y, en los peores casos, se amparan bajo el prestigio de su institución como factor diferencial para justificar una matrícula. Lo cierto es que el prestigio sí es un factor, mucho más en una sociedad como la nuestra donde todavía no se tiene plena confianza en la formación en línea y mucho menos en el autoaprendizaje, pero eso no quiere decir que éste sea un argumento de fondo; en últimas, ante una prueba de aplicación de los conocimientos en áreas específicas, podría resultar ganador el candidato que aprendió en Coursera o en NextU frente a quien pasó cinco años en una universidad.

En paralelo, los empleadores no se ponen de acuerdo en si valorar en igualdad de condiciones un proceso de formación virtual a uno presencial (aunque destacable ya es que piensen en valorarlo). Es innegable que la formación de ‘garaje’ también saltó a digital empaquetada como atractivos e-learnings y cada vez es más difícil saber qué academia imparte los mejores conocimientos.

En este sentido, es fundamental entender que la educación global, incluida la colombiana, se está reenfocando hacia el desarrollo de competencias transversales o propias de un área, esto lo demuestra el reciente Marco Nacional de Cualificación, garantizando a través del cruce de estándares nacionales e internacionales en distintos ámbitos, y de pruebas de certificación, no solo que las personas saben del tema, sino que saben hacer cosas con ese conocimiento y finalmente aplicarlo en la toma de decisiones.

El dominio de las tecnologías se entiende hoy como una habilidad transversal. Incluir en la hoja de vida que se manejan procesadores de texto u hojas de cálculo ya parece sobra porque se asume que es un ‘deber ser’ del nuevo trabajador. Estudios señalan que un empleado que no cuente con las habilidades digitales básicas puede perder y hacer perder a sus compañeros hasta dos horas de productividad diaria por estar preguntándose cómo avanzar en un proceso en apariencia sencillo. Esas horas restan en los balances y reducen el rendimiento de los equipos de trabajo cortesía de un miembro poco preparado, o peor aún, demasiado preparado en el papel pero poco habilidoso en la práctica.

Sobre competencias digitales, vale reconocer el esfuerzo del Ministerio TIC por desarrollar las habilidades de los colombianos y certificarlas a través de su iniciativa Ciudadanía Digital, que a partir de una prueba gratuita, en línea y de 20 minutos, permite que las personas demuestren lo que saben en 9 ejes temáticos relacionados con el uso de la tecnología, para así obtener una certificación que puede ser incluida en su hoja de vida, de modo que el mercado laboral pueda tener la certeza no solo de que la persona sabe usar los dispositivos sino también de que conoce los principios de temáticas como comercio electrónico, seguridad en línea, etiqueta, comunicación, legislación o derechos y responsabilidades en escenarios digitales.

Ahora bien, asumamos que ya contamos con una certificación de las competencias que sabemos que necesita el mercado laboral, ¿cómo hacemos para que los empleadores las valoren por su verdadero peso? El tipo de programa, la duración, las habilidades desarrolladas, y, ahora sí, el prestigio de quien titula, siempre ayudan en esta valoración, pero en ocasiones los mismos exalumnos de programas virtuales son quienes tienen dudas sobre cómo enaltecer sus títulos.

Aquí consideraremos una cifra: 90% es la tasa de deserción en MOOCs (cursos en línea, masivos y gratuitos), según la EUDE.

¡El simple hecho de contar con una certificación ya debería ser valorado! Quien la posee hace parte de ese 10% del promedio mundial que goza de cualidades tan relevantes para las posiciones hoy en día como las mismas habilidades técnicas: constancia, autodeterminación, motivación y compromiso. Además, concluir exitosamente un programa en línea refleja también la capacidad de las personas de asumir nuevos retos, de mostrar lo que saben a través de las pruebas y de mantenerse actualizado en su campo.

Colombia es el segundo país de América Latina en crecimiento del mercado de e-learnings y, salvo por el tamaño de Brasil, se proyecta como primero de los latinos en este campo; sin embargo, la corriente internacional demuestra que todavía no estamos preparados para el fenómeno de la educación en línea.

Expandir las oportunidades de formación usando la tecnología es bueno, pero lo magnífico sería poder ampliar las oportunidades de empleabilidad en la misma proporción y ese sigue siendo nuestro talón.

El desempleo ya es un dilema nacional, por ahora nos centramos en cómo lograr que los mercados laborales reconozcan la importancia de los títulos en línea, los valoren y los conviertan en factores diferenciales al momento de elegir a un candidato. Ese es un tema cultural, como tantos otros que inician como un asunto de software, pero en respuesta a las insistentes peticiones de las industrias al sector académico sobre cómo lograr que los graduados tengan las habilidades que demandan las organizaciones, la respuesta llega en forma de certificaciones, pero no precisamente de papel.

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