| 11/7/2008 12:00:00 AM

Crisis externa: temores de deflación

La intervención de los gobiernos y los bancos centrales devolvió la calma a los mercados. Ahora, los temores se centran en la recesión y la deflación.

Desde el recrudecimiento de la crisis financiera, a mediados de septiembre, cuando se produjo el colapso de Lehman Brothers, ninguna semana había sido tan dramática como la última de octubre. En esta, las bolsas de valores del mundo se desplomaron y perdieron en muchos casos más del 20% de su valor. Con la excepción del yen japonés, las monedas se devaluaron frente al dólar.

Para evitar lo que se veía como la desvalorización total de los mercados, los bancos centrales redujeron sus tasas de interés de intervención, el Fondo Monetario Internacional puso a disposición de los países emergentes recursos por encima de los US$200.000 millones y la Reserva Federal estableció una línea de crédito especial para países que, como Brasil, México, Singapur y Corea, por su tamaño, van a requerir más recursos de los que el FMI puede prestarles. Adicionalmente, el gobierno japonés, con el apoyo de los países del G7, estuvo dispuesto a intervenir en el mercado para evitar que el yen se siguiera revaluando. En esta misma semana, el yen llegó a su máximo valor frente al dólar y el euro, en la medida que los inversionistas se están saliendo de los países emergentes y de las avanzadas de alto rendimiento como Australia.

Hasta el momento, las medidas han tenido un impacto positivo, las bolsas de valores se han recuperado y las monedas tienden a estabilizarse.

Qué viene

Con los mercados en aparente calma, los temores se han extendido de la crisis financiera a la crisis económica. La discusión no es acerca de si la economía global está o no en recesión, sino sobre la profundidad y magnitud de la misma. Adicionalmente, con el desplome del consumo en Estados Unidos, se ha empezado a hablar de la posibilidad de una deflación, consistente en la caída recurrente del nivel general de precios.

Cuando la crisis empezó, en agosto de 2007, se pensaba que su impacto estaría limitado al mercado de la vivienda en Estados Unidos y, en el peor de los casos, a la economía de ese país. Pero en la medida que la crisis se extendió al resto del mundo, por la vía del sistema financiero, quedó claro que habría también un impacto sobre el resto de países desarrollados.

Más recientemente, el deterioro de los indicadores económicos en estos países, así como la velocidad con la que se han venido presentando los hechos, han demostrado que, en las condiciones actuales, no hay ningún país que pueda quedar al margen de la crisis. Las consecuencias de la crisis financiera se van a sentir también en los países emergentes.

La salida de capitales de estos países está presionando sus monedas y muchos ya están en serios problemas. Esta es la razón por la cual el Fondo Monetario Internacional ha sacado toda su batería para ayudar a estos países que, por cuenta del cierre de los mercados financieros, se han quedado sin los recursos de financiación necesarios para hacer el roll-over de sus deudas.

También, a raíz de la crisis, las preocupaciones de los banqueros centrales pasaron en muy pocos meses del control de la inflación a la prevención del colapso económico y ahora de la deflación. El ejemplo más claro es del Banco Central Europeo que, después de insistir durante meses en que su más alta prioridad era la inflación, redujo su tasa de interés de intervención en 50 puntos básicos el 8 de octubre y anunció su disposición de seguirla reduciendo.

Una de las primeras señales de la magnitud de la recesión que se viene está en los datos de consumo en Estados Unidos recientemente publicados. En el tercer trimestre del año, el consumo real en este país se redujo en un 3,1% anual, mientras que el de consumo de bienes durables cayó 14%.

Lo grave es que esta caída del consumo, que ya de por sí es grande, se produjo en julio, agosto y septiembre, y no refleja aún la pérdida de confianza que produjo el colapso de Lehmnan Brothers, ni la caída, en octubre, del índice Dow Jones por debajo de 10.000 en octubre, como tampoco la restricción de crédito.

Aquí surge el gran temor por la deflación. Cuando el consumo cae, los bancos centrales actúan de inmediato, reduciendo los intereses para evitar una recesión. Sin embargo, en esta oportunidad, la tasa de intervención de la Reserva Federal ya está en 1%, lo que significa que reducciones adicionales o incluso una tasa de cero, no tendrían ningún impacto sobre el consumo. La reducción del consumo trae a su vez la caída de los precios.

Desde la perspectiva de los países emergentes, y en particular de Latinoamérica, las consecuencias de la crisis financiera han ido aumentando. En un comienzo la crisis se veía lejana y por tanto se pensaba que su impacto sería leve. Sin embargo, los hechos recientes -y sobretodo la quiebra de países como Islandia y Ucrania- han demostrado que ningún país es ajeno a la crisis.

En el caso particular de América Latina, el impacto, sobretodo en los mercados financieros, se ha visto exacerbado por el anuncio del gobierno argentino de su intención de nacionalizar los fondos de pensiones privados. Los spreads de la deuda soberana de los países de la región, que miden el nivel de riesgo de la misma, subieron aceleradamente, con lo cual el acceso a la financiación externa se dificulta y encarece el acceso.

El impacto sobre Colombia depende de la profundidad de la recesión. Si la caída del consumo en Estados Unidos y en los países desarrollados cae mucho más, como los datos recientes anticipan, las consecuencias pueden ser severas. No hay que olvidar la gran dependencia de nuestras exportaciones del mercado de Estados Unidos.

De otro lado, la reducción del consumo afecta la demanda por commodities y reduce sus precios, lo cual impacta la balanza comercial y los ingresos del gobierno.

Hasta ahora, el impacto de la crisis sobre la economía colombiana ha sido leve. Pero no se puede cantar victoria. Hay que esperar la evolución de los indicadores económicos en Estados Unidos y Venezuela, que son los principales socios comerciales, de los precios de los commodities, y el comportamiento de los mercados de capitales.

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