Opinión

  • | 2009/03/17 00:00

    Necesitamos una élite distinta

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Tengo 30 años y todavía no logro acostumbrarme a algo en Colombia. Ese sentimiento de grandeza, como si fueran una raza aparte, de las personas que tienen la fortuna de tener mejores ingresos en este país. Me causa especial curiosidad porque usualmente las personas que se comportan así han tenido la oportunidad de una buena educación y valores en sus familias. Por ejemplo, en las universidades más prestantes es muy frecuente encontrar profesores que exhiben una arrogancia sin límites. Una familia promedio colombiana hace lo imposible para lograr que sus hijos puedan sacar adelante una carrera, y estos se encuentran muchas veces con profesores que los hacen sentir inferiores, difícilmente les dedican tiempo, o les agenden una cita. En mi opinión gran parte de nuestros problemas nacen desde acá. Los profesores universitarios son expertos en plantear y replantear los problemas del país, pero con su actitud olvidan enseñar las bases desde donde se construye equidad y desarrollo. No es posible enseñar a ser sencillo, siendo arrogante. Y la sencillez, particularmente de las personas que han tenido la fortuna de tener mejores oportunidades en este mundo, es de donde nace la posibilidad de cambiar a Colombia.

Soy testigo de que las universidades no hacen nada para contrarrestar este arribismo que se impregna fácilmente a los estudiante, muchos de ellos, los que vienen de colegios de "élite" son los que más encienden este fuego de diferenciación. Jóvenes economistas escriben, hablan y discuten sobre problemas sociales, trabajan sin descanso para ser mejores profesionales, pero a la vuelta de la esquina no son capaces ni siquiera de tratar a sus compañeros menos favorecidos con respeto. Hablan de equidad, y luego en la noche se pueden gastar en una sola rumba lo que la inmensa mayoría de los trabajadores se ganan en un mes entero. Hablan de igualdad, pero en el fondo tienen un convencimiento de que son de otra clase, y marginan a los que no son de su mismo núcleo social. Todavía hay mucha hipocresía en cuestiones de choques sociales y diferenciación de clases, y a muy pocos parece importarles. Desde niño siempre me ha causado curiosidad la forma en que se desenvuelven las personas con mayores ingresos en los espacios públicos. Yo creo que la sociedad se construye en pequeños detalles, pensamientos y actitudes. Las personas con mejores ingresos buscan incansablemente formas de ratificar socialmente su bienestar económico. Muchas veces en detrimento de su estabilidad financiera siempre están mostrando el nuevo apartamento, el carro último modelo o la ropa que llevan puesta. Todo el mundo habla de lo polarizado que vive el país, pero nadie hace nada para cambiar sus actitudes diarias. Nos quejamos de toda la cultura mafiosa en que vivimos, de los que poco tienen y hacen lo que sea para salir adelante, pero hasta en un supermercado miramos por encima del hombro al que consideramos no está a nuestro nivel.

Seguramente esta no es una problemática colombiana, sino de alguna forma es inherente al ser humano. Pero es evidente como sociedades más desarrolladas, como es el caso algunos países en Europa han logrado acercar las brechas sociales. Personalmente, y pido perdón por ser tan repetitivo, pero el caso del conocimiento me resulta particularmente intrigante. ¿Por qué tomar las bendiciones de la educación con arrogancia? Entre más oportunidades tienen los profesores más prepotentes se convierten. Para un PhD, las personas con maestría están incompletas, y que decir los estudiantes de pregrado. Para ellos están sordos, porque lo que pueda salir de su mente que apenas comienza a descubrir el mundo mágico de la universidad y su corta experiencia, no aporta en nada a su ya abultada, y estructurada visión de la vida. En muchos casos los PhDs en Colombia parecen grupos de autistas: solo hablan y se escuchan ellos mismos. Puede que estás cosas sean normales en universidades de élite en el exterior, entre tantos doctores. Pero no debería serlo en Colombia. No con tantos problemas que tenemos por solucionar, y encrucijadas por resolver.

Realmente necesitamos con urgencia una élite distinta. Una élite sin apellidos. Personas jóvenes y adultas que realmente sientan lo que dicen. La actitud de servicio no debería quedarse solo en las palabras y las letras, sino también en las manos y en el corazón. Al final del camino todos vamos para el mismo cajón. Para muchos puede ser un descanso quitarse el peso de las presiones sociales. Levantarse en la mañana y ese día ver a los demás como son: otros seres humanos. En las empresas, en la universidad, en la familia y en donde quiera que nos encontremos con otros colombianos en nuestras conversaciones y actitudes estamos construyendo un país. La integridad de una persona sale a flote en todo su esplendor en la forma en que trata a la gente menos favorecida. Porque es muy fácil tratar bien al jefe, pero no todos se sientan algún día en la mañana a charlar con la señora de los tintos, a descubrir un poco sobre su vida, sus temores, problemas y sus mayores anéelos. Vale la pena tratar de contrarrestar tanta arrogancia que nos golpea desde distintos frentes, como los medios, especialmente la televisión y las revistas. Vale la pena decir de tanto en tanto !Por Dios pero que jarta es la gente prepotente en Colombia! Los profesores universitarios tienen la inmensa responsabilidad de formar profesionales competentes. Pero más que esto, buenos seres humanos con una propuesta de servicio. Una élite distinta que pueda a cambia al país. El conocimiento es un privilegio, que debemos entregar a otros. De eso se trata la vida. De ser más humanos.

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