Opinión

  • | 2011/11/01 19:00

    Las bases históricas y éticas del sistema de mercado capitalista

    ¿Por qué las sociedades aceptaron el capitalismo? ¿Su adopción fue una decisión ética, sobre quienes piensan que el gobierno debe regularlo todo? La opinión de Anne Marie Zwerg-Villegas, profesora del departamento de Negocios Internacionales, Universidad Eafit.

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La crisis actual económica originada en Estados Unidos, extendida a Europa y que amenaza a los demás países del mundo, tiene un aspecto ético. El entendido común es que las prácticas poco éticas fueron las que iniciaron la bola de fuego. Esta, como cada una de las crisis anteriores, pone en entredicho el valor ético del sistema de mercado capitalista y la falta de participación y regulación política. Por eso, cabe recordar los principios históricos del sistema capitalista y sus bases éticas.

Desde Aristóteles hay intentos por definir lo económico y establecer el objeto de estudio de la economía, pero fue Adam Smith quién la definió y estableció su identidad como la imposición “racional” a las reglas económicas feudales del antiguo régimen. En su inicio, se caracterizó por su “cientificidad” para hacer progresar la producción y el comercio. “Era necesario cambiar o destruir el viejo edificio económico “irracional” para poner el mundo de acuerdo con los principios de la razón natural”, dice Godelier.

Como puntos claves en las definiciones principales de la economía están los conceptos de mercado y de precios variables. La economía científica parece ser netamente un constructo del sistema occidental, capitalista predominante. Con sus múltiples detractores, conviene entonces observar la legitimidad del sistema capitalista y sus fundamentos éticos, pues según Boulding, la economía es “una ciencia moral desde su origen, si no hubiera otra razón”.

A pesar de las críticas del sistema capitalista y la profundidad de su penetración en la cultura occidental, se debe reconocer que tal sistema es la norma que legítimamente rige la sociedad y a la cual la población se acoge voluntariamente. Renaut manifiesta que, “la noción de autonomía admite perfectamente la idea de una sumisión de una ley o a una norma en tanto que es libremente aceptada (el esquema contractualista expresa precisamente esta sumisión a una ley que uno mismo se ha dado)”. En su opinión, la libre sumisión a una norma auto-establecida es indicador del ser como sujeto y de la “afirmación humanista de un valor propio del hombre, la determinación de este valor como capacidad prometeica de ser el sujeto de su ser”. Continúa Renaut, que la sumisión de su subjetividad de su autonomía a las normas comúnmente establecidas es un indicador de la modernidad y la ruptura frente a “la antigua representación del cosmos”.

En el periodo histórico en el cual se estableció el sistema de mercado, las sociedades y sus integrantes se sometieron libremente a esta norma auto-establecida y auto-reguladora con más confianza de la que hubieran tenido en un sistema económico regulado por el Estado. Conviene resaltar que los países primeros en adoptar el sistema de mercado capitalista fueron aquellos en los cuales las poblaciones menos privilegiadas en las jerarquías tradicionales habían ganado recientemente su libertad y auto-determinación. “En una época en que las libertades individuales estaban siendo conquistadas, la promoción del interés apareció como el antídoto ideal al despotismo”, dicen Perret y Roustang. No es coincidencia que se sometieran libremente al esquema regulado fuera del contexto estatal-gubernamental. Como dicen Ormerod y Perret y Roustang, “…es un artículo de fe que el librecambio…es algo absolutamente deseable” y que está “indisociablemente ligada a los valores fundamentales del individualismo y de la democracia”.

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