Opinión

  • | 2009/08/03 00:00

    Caso omiso

    Son muchos los esfuerzos y recursos que organizaciones y sociedades desperdician, con frecuencia, en los procesos de definición e implementación de normas, estándares y, en general, de cualquier convención, por no asegurar una comunicación efectiva de éstos y una cultura que permita su apropiación.

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Durante uno de esos ratos de ocio cultural que la vida nos ofrece, supe que el semáforo fue inventado por el norteamericano Garret Morgan, en 1923, inspirado por el accidente en el que un automóvil y un carruaje chocaron, dejando a una niña seriamente herida.

 

Desde entonces y prácticamente con las mismas características de funcionalidad, el semáforo se ha constituido en una solución efectiva frente a un problema “social” de coordinación y organización en la calle. ¿Cree usted que es realmente el semáforo ¡por sí solo! el que ha garantizado la coordinación y organización entre aquellos que transitamos en las ciudades del mundo para evitar accidentes como el de 1923?

 

Para responderse le invito a seguir la siguiente secuencia. Imagínese uno de los cruces más transitados de su ciudad, sin semáforo. El resultado: ¡Caos! Seguramente el resultado no variaría si en ese cruce se instalara un semáforo, pero sin funcionar. O si se instalara y funcionara un semáforo allí, pero sin entendimiento del significado de sus colores por parte de quienes transitasen por allí.

 

El resultado sería igual ¡o incluso peor! porque podría convertirse en un distractor. Continuando con la secuencia, imagine que la gente sí entendiera el significado de los colores del semáforo pero, infortunadamente “no le diera la gana” de tenerlos en cuenta. El resultado de nuevo sería: ¡Caos! ¡Pero ojo! con el agravante de que la situación se mantendría a pesar de la gran cantidad de recursos y esfuerzos invertidos para eliminarla.

Pues bien, dada la secuencia descrita, el semáforo como ejemplo de cualquier norma o estándar del ingenio humano, creado con la intención de ofrecer soluciones a problemáticas particulares, organizacionales y sociales, sólo es y será de real utilidad si cumple, al menos, cada una de las siguientes características:

· Que se diseñe e implemente de acuerdo con la necesidad.
· Que sea práctico y se mantenga actualizado.
· Que existan los recursos para aplicarlo.
· Que sea conocido y entendido.
· Que exista la cultura de seguirlo y cumplirlo.

Con esta analogía le invito a evitar la creencia, como se puede observar en muchos casos organizacionales y sociales, que para que una norma o convención sea exitosa en su aplicación, es suficiente con diseñarla, implementarla y “simplemente” difundirla, obviando por lo general los dos últimos requisitos: que se comunique apropiadamente para su entendimiento y que se trabaje en la transformación cultural para su aplicación. Recuerde, ¡Nadie aplicará algo que no conoce, no entiende o en lo cual no cree!

El autor es socio fundador de Aljure y Ocampo Comunicación Corporativa. andres@aljureyocampo.com

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