Opinión

  • | 2007/07/19 00:00

    Alfonso López y la tecnocracia colombiana

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Ya sea que ello se considere un paso a la modernidad o un retroceso, la consolidación de la tecnocracia como parte del ordenamiento institucional colombiano constituye un legado indiscutible del gobierno del Mandato Claro. Tuve alguna participación en ese proceso, y en reclutar lo que denominé el equipo económico. Espero contribuir a desvirtuar ciertos mitos.

Mi relación con López tuvo un origen literario. Recién egresado de MIT, fui a saludar a un escritor cuya novela, Los Elegidos, me había gustado. Así ingresé a una tertulia político-literaria alrededor del Semanario La Calle. Esa relación se hizo aun más estrecha al llegar López a la Cancillería y descubrir que yo me ocupaba de asuntos internacionales desde la Secretaría Económica de la Presidencia, habida cuenta de las deficiencias de nuestro servicio exterior.

Nuestras conversaciones tomaron un giro económico a partir de 1971. Solicitaba mis sugerencias sobre políticas públicas y las enfrentaba a sus propios conceptos. Me consideraba su ‘sparring partner’ intelectual. Talvez induje algunos ajustes a sus concepciones originales. Hasta allí llegaba mi influencia. Lo que sí es cierto, es que gozaba de su entera confianza y sabía hasta donde estaba dispuesto a llegar en materia de reformas.

Suponer que López autorizó el ingreso de un contingente de técnicos a su gobierno para que le formularan las políticas públicas sería subestimar su perspicacia. Los técnicos ejecutaron unas políticas cuyas directrices estratégicas estaban trazadas de antemano. Como afirma Henry Kissinger, uno no adquiere capital intelectual en el gobierno; gasta el que trajo. En otras palabras, al gobierno es necesario llegar con las ideas pensadas.

La reforma tributaria, la reforma energética y la reforma financiera se basaron en estudios previos. Es incorrecto asignarle el mérito por las mismas a determinado funcionario. Ellas fueron resultado de un trabajo en equipo al cual contribuyeron académicos y asesores externos. Quien pretenda haber sido el ideólogo de la Administración López está exaltando su propio ego. López era su propio ideólogo.

Dos anécdotas ilustran su forma de concebir la política, y su comprensión de la naturaleza humana. Algunos dirigentes liberales fueron a visitar al expresidente López Pumarejo para solicitar su opinión acerca de un documento partidista. Quedaron desconcertados cuando el ‘Viejo López’ les dijo que según su hijo Alfonso, el documento no se podía traducir al griego.

‘Presidente, el documento está dirigido a los liberales de Cundinamarca. ¿Qué necesidad hay de traducirlo al griego?’ ‘Es que Alfonso sostiene que uno no puede traducir al griego textos que no contengan ideas.’ Para López, la actividad política implicaba la confrontación de ideas. ‘La pelea es pensando.’

Poco después de su triunfo electoral, me pidió que lo acompañara a una exposición canina. En el evento participaba un grupo social que no se caracterizaba por su progresismo. No obstante, la llegada del Presidente-electo fue recibida con entusiasmo. A la salida me comentó sonriéndose: ‘Si yo hubiera sabido que era tan popular, me habría postulado como candidato presidencial hace tiempos.’

López le asignaba un valor especial a las amistades que se remontaban a los inicios del Semanario ‘La Calle.’ Indalecio Liévano y yo pertenecíamos a ese grupo selecto. A veces nos convocaba a reuniones del ‘Inner Circle’ para hablar sobre los componentes clásicos del poder: política interna, relaciones internacionales y seguridad nacional.

Su concepción de la economía era más de inspiración francesa que anglosajona. A su entender la economía jugaba un papel secundario, como accesorio útil a objetivos políticos prioritarios. En la versión del General de Gaulle, ‘L’intendance suivra.’

Fui a saludarlo el 6 de junio y le llevé un ejemplar del informe de la Comisión de Gasto. No quería discutir temas de actualidad, ni hacer el acostumbrado ‘tour de l’horizon’. Prefería evocar el recuerdo del trayecto gubernamental que recorrimos juntos. Como en una novela centro-europea, había esperado ese momento para hacer explícito el aprecio que me tenía.

Me acompañó con dificultad al ascensor de su apartamento y me dijo que teníamos que volver a reunirnos. Ambos intuíamos que esa sería la despedida definitiva. Nunca hubiéramos podido imaginar, cincuenta años atrás, las implicaciones que tendría un encuentro para hablar sobre literatura. A partir de entonces he sido su amigo, su interlocutor intelectual, su confidente, y su compañero de batallas, unas ganadas, otras perdidas.

En unas cosas estuvimos de acuerdo; en otras no. El afecto que nos unía se sobreponía a nuestras diferencias. Al rendir un emocionado tributo a su memoria, soy consciente de que nunca volveré a tener una relación tan intensa, tan estimulante y tan compleja como la que tuve con Alfonso López Michelsen.




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