Opinión

  • | 2016/04/30 00:01

    Sacando la pata

    Evitamos en general cometer errores. A veces señalamos y jalamos orejas cuando se cometen y se nos pasa aprovechar las metidas de pata.

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Hacer las cosas bien trae muchos beneficios. Y cometer errores… pues a veces no tanto.

Cuando hacemos las cosas bien nos pueden premiar con más responsabilidades en el trabajo y un mejor sueldo. Cuando nuestras organizaciones lo hacen bien, tenemos clientes más contentos y fieles, mayores utilidades y accionistas rebosantes. Todos esos beneficios hacen que el éxito sea altamente valorado y que, por lo tanto, en ocasiones seamos muy duros con las faltas propias, con las de nuestros colegas y con las de “la empresa” en general.

Cometer errores implica tanto asumir responsabilidad (cuando uno es el que los comete) como asignarla a otros (p.e. a un miembro del equipo). Y si no se le asigna “la culpa” a alguien, ¿cómo vamos a hacer para aprender y, de ser posible, corregir el curso de las cosas?

El tema es que hay muchas razones por las que se cometen errores. Por ejemplo, puede que no haya suficiente información para entender de manera adecuada un problema y, en consecuencia, para tomar la decisión más acertada. O que la persona a la que le encargamos una tarea no tenga las habilidades para llevarla a cabo satisfactoriamente. O que, a pesar de tener la información y las habilidades, por un sesgo cognitivo termine tomando una decisión equivocada. Y también puede suceder que la persona no quiera hacer lo que se le encargó y decida, con “premeditación y alevosía”, embarrarla.

Excepto en el caso en que alguien elige poner como capitán de su barco a su diablillo interior, cometer errores no debería llevar a incómodos señalamientos. Sin embargo, en la práctica este no es el caso. De hecho, Amy Edmondson (Harvard) ha encontrado que, a pesar de que menos del 5% de los ejecutivos considera que los errores que se cometen ameritan un proceso de asignación de culpas, en el 70%-90% de los casos se termina señalando a alguien.  

No es raro entonces que en general haya algo (o mucho!) temor a admitir que se ha cometido un error. Y ese miedo lleva a que se pierdan lecciones valiosas y a que eventualmente surjan problemas más grandes. Por ejemplo, el temor a admitir que se cometió un error estimando los costos de poner en el mercado un producto, le genera a muchas empresas dificultades financieras. De otro lado, hay ocasiones en las que se continúan invirtiendo importantes sumas de dinero en proyectos en los que es altamente improbable que el flujo de caja libre llegue a ser positivo.

¿Qué hacer entonces?

Si bien, cada organización y cada situación son distintas, un buen primer paso es identificar que se ha cometido un error o que ha habido una falla. Porque “el que no sabe, es como el que no ve”. El segundo paso es invertir habilidades, capacidades y tiempo en entender el por qué, en lugar de preocuparse por esclarecer el quién. Teniendo claras las posibles explicaciones, el tercer paso es identificar los aprendizajes y diseñar e implementar las soluciones que se requieran.

Una metida de pata puede ser entonces el primer paso para un proceso (nada trivial) de aprender, mejorar y prevenir una embarrada futura. Como dijo Rafael Solís, “errar es humano; corregir, de sabios; reincidir, de asnos”. Y, ¡YALA!

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