Opinión

  • | 2016/08/05 00:01

    ¿Ocupar o calentar la silla?

    “Esa delgada línea entre los que cumplen el horario junto con los objetivos (identificados como los que se les cae el lápiz de la mano a la hora en punto) y los que no tienen un mañana y no les importa lo que les espera fuera de los muros de su empresa.”

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Hace unos días me encontré con una infografía que explicaba que trabajar más horas disminuye la productividad y que “hora nalga no es hora de producción”, este era el contexto:

  • Las primeras 6 horas de trabajo son las más creativas y productivas
  • Después de las 6 horas se pierde de forma progresiva el interés y disminuye el ritmo de producción
  • Después de 9 horas el agotamiento es evidente, la calidad de trabajo prácticamente inexistente y la producción mínima
  • Después de 12 horas no hay ni producción, ni concentración, ni energía, ni alma…

Lo sabemos y somos conscientes de ello, pero por desgracia, en muchas organizaciones todavía se tiene en cuenta y/o se premia, que es mucho peor, a esos cuerpos presentes que se quedan después de finalizada la jornada laboral, pues erróneamente los consideran más comprometidos que los que se van cuando finaliza la jornada.

Sí señores, es un problema más vigente de lo que imaginamos, hay quienes continúan premiando el temido “presentismo”, convirtiéndolo en un valor y hasta esencia de la cultura de la empresa.

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“Sigue dando vueltas de manera reiterada en mi cabeza, en plena era digital, en una sociedad hiper-conectada, donde la optimización de procesos y la búsqueda de la efectividad son clara palanca de transformación, la idea de que aún exista un tipo gestión que premie esa ridícula y antigua conducta de que quien más horas pasa en el trabajo es mejor profesional y produce mucho más”.

Intentaré exponer dos perfiles que vienen a mi mente y que conozco por experiencia:

El primero es un jefe que premia el “presentismo”, que por supuesto fue y sigue siendo de los últimos de salir de la empresa:

  • Suelen ser jefes que hacen de su trabajo su vida y creen que lo que hacen es lo correcto porque sin ellos las cosas no avanzarán.
  • Premia al empleado que más horas pasa en la empresa porque lo homologa con compromiso.
  • Pasa horas entre pasillos vacíos, en lugar de estar disfrutando con su familia o dedicando tiempo a sus hobbies.
  • Posiblemente sus niveles de felicidad, creatividad e innovación se ven mermados, pues no tienen más que su vida laboral, el trabajo es para ellos un “modo de vida” y no un “medio de vida”.
  • Suelen ser personas sin vida personal que les llene lo suficiente como para priorizar las cosas realmente importantes.
  • Creen que de sus horas en el trabajo depende la supervivencia de la empresa, pero de ser así, la solución sería buscar el problema y cambiar las cosas transversalmente en la organización, sus procesos y los equipos ¿no?

El segundo perfil es un trabajador “presentista”, que, por pura necesidad, ya que las tareas y los objetivos son imposible realizarlos en el tiempo establecido, son víctimas de la falta de organización de su empresa:

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  • Ellos creen que el problema está en ellos al no poder cumplir en el tiempo establecido sus metas y esto dejará irreparables huellas en su autoestima, cosa que nunca deberíamos permitir.
  • No trabajan más por iniciativa, sino para calentar la silla y ser reconocidos por el jefe. Están pensando en no perder su trabajo, creyendo que al estar más horas allí, disminuyen las probabilidades de salir de la organización.
  • Hay quienes viven para agradar a sus jefes, sin aportar un valor real. Los hay más “astutos” y los hay con verdaderos problemas de autoestima; los primeros saben agradar y siempre pronuncian las palabras que el resto quiere oír; los segundos creen que así agradan y con ello conservan su puesto. Quien trabaja en busca de reconocimiento constante, no es un verdadero profesional.
  • Son personas con una clara tendencia a prolongar lo urgente, pues no tiene por qué solucionar rápido, total tiene doce horas por delante para hacerlo.
  • Es un trabajador que al repetir estas conductas acaricia la mediocridad todos y cada uno de sus días.

El verdadero profesional del siglo XXI es un colaborador que suma valor a la organización desde su “saber hacer” y desde “hacer lo que debe hacer”. Es una persona con unos objetivos claros, un foco determinado, un hábito que le permite hacer otras cosas para seguir avanzando y creciendo.

Trabajadores flexibles, comprometidos, innovadores y con una fuerte capacidad de adaptación al cambio. Capaces de trasformar y mantenerse en fase beta permanente, para así seguir en primera línea a través de su auto aprendizaje. Algo, que sin duda alguna, revierte en la empresa.

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