Opinión

  • | 2016/09/04 00:01

    Llegando rápido al punto

    Usando algunas palabras para el “hasta pronto”.

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Palabras, palabras y más palabras. Las usamos generosamente porque disfrutamos compartir y ser escuchados. También porque nos produce placer escucharnos: se ha descubierto que hablar de nosotros mismos aumenta la producción de dopamina, la hormona del placer. Y conversamos además porque está en nuestra naturaleza querer ayudar a otros.

Pero a veces se nos va la manita e inundamos los segundos con nuestras palabras.

El otro día de hecho me pasó eso. Estaba en una reunión que tenía unos objetivos bien ambiciosos y, por lo tanto, una agenda larga. Después de un rato, la persona con la que estaba hablando empezó a mirar para los lados y a escribir de vez en cuando en un cuadernito. ¡Alarma! Lo había perdido. Pudo haber sido porque estaba cansado después de un largo día de trabajo. O simplemente porque lo aburrí por no haber ido más rápido al punto.

¿Cómo saber si uno está aburriendo al otro? Pues uno puede tratar de interpretar lo que está haciendo con sus ojos, sus brazos, sus manos y sus dedos de los pies. Pero si uno no tiene tanto conocimiento de lectura de lenguaje no verbal, puede tratar de enfocarse en lo que uno mismo está haciendo.

Para lograrlo hay una técnica divertida que se llama “la técnica del semáforo” (Martin Nemko). Consiste en recordar que los primeros 30 segundos de una conversación uno tiene una oportunidad de oro porque hay una alta probabilidad de que el otro le esté poniendo atención. El semáforo se encuentra entonces en verde. En los siguientes 30 segundos de charla el riesgo de que la atención empiece a bajar incrementa, de tal forma que el semáforo se pone en amarillo. Pasado el minuto, uno se adentra en el territorio de la luz roja, es decir, hay una alta probabilidad de que esté aburriendo al otro. 

Bueno, y ¿cómo mantener las interacciones tan cortas cuando hay tanto que decir?

Lo primero es preguntarse si otros pueden necesitar saber toda la información que uno está planeando compartir (o está compartiendo) para entender lo que uno quiere transmitir. Para definir qué decir puede servir preguntarse y responderse qué es lo que quiere decir y por qué lo que quiere decir.

Vale también la pena hacer pausas mientras uno está hablado. Esas pausas pueden consistir en silencios o en preguntas que involucren a los demás. Por ejemplo, en la reunión de la que hablé al principio, cuando vi que mi semáforo se estaba poniendo rojo le pregunté al otro que si lo que estaba diciendo le estaba haciendo sentido. El me contó su punto de vista y regresamos juntos a la conversación.

Y si a uno le cuesta trabajo ser consciente del tiempo, puede usar un reloj o el teléfono para recordarse cuánto lleva hablando.    

Bueno, y como es posible que el semáforo se me esté empezando a poner en rojo, quisiera aprovechar este último párrafo para decirle “hasta pronto” a los que me leen.

Quiero agradecerles desde el fondo de mi corazón todos sus increíbles comentarios al igual que sus generosos “me gusta”, comparticiones, tweets y retweets. Este ejercicio quincenal que duró un año me permitió combinar la economía, el management y la psicología social para hablar de temas que nos suceden en el trabajo con frecuencia.

Gracias a Dinero por permitirme divertirme tantísimo, aprender y compartir a través de 700 palabras.

Y, como siempre, ¡YALA!

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