Opinión

  • | 2016/07/04 00:01

    ¡I am Venezuela!

    El papel de Colombia en la superación de la ruina económica y social de Venezuela.

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La historia reciente de las relaciones entre Colombia y Venezuela se ha caracterizado por los personalismos y la falta de identidad en los propósitos de largo plazo de ambas naciones.

Sin embargo, el desastre económico y social causado por la corrupción y las políticas populistas del régimen chavista, que ha llevado a la salida masiva de miles de sus más preparados ciudadanos, ha sido paradójicamente una causa para que los dos pueblos se redescubran, por fuera de los prejuicios que durante décadas distinguían a los Venecos y Colombiches como antagonistas.

El proceso ha sido interesante y no termina. La primera oleada, durante los primeros diez años del chavismo, colocó a Colombia como destino de inversión en Venezuela pues coincidió con la pacificación del país y un ciclo económico favorable para los países productores de commodities.

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Dicho período supuso que emprendedores con conocimiento técnico especializado en el sector de hidrocarburos e inversionistas con capitales importantes, iniciaran nuevas empresas petroleras, de alimentos, retail y construcción, mostrando un estilo empresarial reflejo del de los inmigrantes europeos que impulsaron el crecimiento del vecino país.

La segunda oleada, caracterizada por inversionistas que llegaron a crear pequeña y mediana industria, y profesionales vinculados a empresas multinacionales que se trasladaban a Colombia, permitió un mayor acercamiento entre las clases medias de los dos países y desmitificar el prototipo acá del venezolano chabacano y despilfarrador, para encontrar personas de gran cultura y mundo que comparten el calor humado y ánimo festivo del colombiano.

Para los venezolanos, por su lado, demostró que no todo colombiano obedecía al generalmente bajo perfil del inmigrante ilegal que desbordó las fronteras buscando la fortaleza del Bolívar desde los años setenta.

La última ola, lamentablemente empezando su curso, corresponde a los refugiados sin acceso a alimentos y medicinas en Venezuela, sin recursos para emigrar pero el deseo de sobrevivir, que empiezan a llegar a la frontera de Colombia. Se trata de una naciente tragedia humanitaria, sobre la cual nuestros medios de comunicación poco dicen pero que impactará próximamente con gran fuerza la capacidad institucional de Colombia para brindar ayuda.

Y es que el hambre empieza a desbordarse en Venezuela. Cada vez más comunes son las historias de las familias que con sus salarios en Bolívares no pueden acceder a alimentos ofrecidos sólo en el mercado negro, a precios dolarizados, que los hacen alcanzables solo para quienes reciben recursos desde el exterior, o para los funcionarios del gobierno con acceso a dólares a tasa preferencial, o producto de sus negociados o el narcotráfico. Como en todo régimen dictatorial, el alto gobierno no pasa hambre, es ajeno totalmente a dicha realidad, y puede comprar lo que quiera en el exterior.

De otro lado, la carencia de medicinas a todo nivel ha exigido a las autoridades venezolanas de frontera permitir el paso para la compra de medicinas en Colombia, paso lamentablemente restringido a su capricho y que ha tomado recientemente la vida de decenas de personas fruto de la delincuencia o las crecientes de los ríos.

Esta situación, sumada a la intención clara del régimen chavista de perpetuarse en el poder y aplacar finalmente a la oposición y las garantías democráticas, permite prever que más tarde que temprano la violencia pueda tomarse las calles, fruto de la natural desesperación de sus ciudadanos. Y es previsible también que dicha violencia generará una reacción oficial que llevará a una mayor crisis económica y escases, y a muchos a buscar salir del país hacia la frontera de Colombia, buscando al menos dónde alimentarse.

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Colombia enfrentará una prueba difícil de vecindad y solidaridad que servirá para medir su real compromiso con un pueblo que es el mismo pueblo, su compromiso con la democracia y, finalmente, con el futuro económico de los dos países, en la medida que abramos las puertas para participar en la reconstrucción de una economía cuya riqueza no desaparecerá aún a pesar de los mejores esfuerzos del chavismo.

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