| 5/23/2012 6:00:00 PM

La reelección de Obama

Un cierto despegue de la economía, los anuncios de los retiros de tropas y la pésima campaña republicana lo volvieron a mostrar como seguro ganador.

A diferencia de sus antecesores, la posible reelección de Obama no ha tenido una curva continua ni su resultado ha sido asegurado a lo largo del periodo. Su favorabilidad muestra más el perfil de una montaña rusa que el de una meseta tranquila.

Las promesas con las que subió al poder –probablemente aún más el optimismo que produjo la idea de cambiar de las políticas de George W. Bush– y, por supuesto, el ser ya elegido, le permitió tener un alto respaldo, pero más de la opinión pública que de las Cámaras del Congreso.

Esa situación llevó a una contradicción entre las expectativas creadas y la capacidad de adelantarlas, lo que a su turno implicó un manejo ambiguo por parte del gobierno: en algunos temas se puede decir que ‘se la jugó’ –en especial en el tema de la salud– y en otras aceptó la incapacidad de cumplir –por ejemplo, respecto a los prisioneros en la base de Guantánamo, o incluso al manejo de las guerras en Irak y Afganistán– , siendo eso hasta cierto punto un intento de conciliar o de evitar un enfrentamiento total en una situación en la cual no tenía las cartas suficientes para sacar adelante lo que había prometido.

Las encuestas mostraron una caída consecuente de la imagen del Presidente y llovieron las críticas y los cuestionamientos. Ni en lo que buscó concretar ni en lo que renunció a adelantar logró resultados positivos o completos, lo cual dejó insatisfechos a quienes creyeron en él, pero sin lograr ‘voltear’ a otros y adquirir nuevas simpatías. Fue el momento en que prácticamente se dio por descontado que perdía la posibilidad de la reelección.

Dos telones de fondo siempre estarán presentes sin que dependan mucho del manejo oficial: por un lado, el sociológico, que hace que un presidente negro –y más si apoya a los LGBT– siempre tenga un veto de los sectores extremistas pero también un malestar en el conjunto de la nación; malestar más por el cambio que implica que por el contenido del mismo, pero que está latente y puede contar para un lado o para el otro, pesando siempre en cualquier elección para echar para adelante en un proceso o reversarlo.


Por otro lado, a pesar de depender de muchísimos factores ajenos a la administración misma, la situación económica siempre se identifica con el gobernante del momento; el descontento o la aprobación dependen sobre todo de este aspecto, y la población no entra en consideraciones de si se debe al mandatario de turno, ni si las medidas son buenas o malas, ni si los resultados que se esperan se deben producir después de un tiempo.

Asumida la frustración del inicio del gobierno pasaron a ser esos ‘telones de fondo’ los que pueden definir el proceso. En ese sentido, el repunte parece explicarse y ser bastante claro: la oposición –es decir los republicanos– no buscaron limitarse a capitalizar sobre las fallas o el inconformismo que ellas produjeron y se dedicaron a reafirmar sus propias posiciones, en especial las que se podrían llamar antiprogresistas –el tema del aborto, de los derechos de los homosexuales, de los inmigrantes, de la desregulación de los mercados, etc.–.

Como era lógico, no podían atacar los incumplimientos puesto que en ellos había prevalecido su posición –por ejemplo, y en especial, en materia de política exterior– de tal manera que dejaron ese campo para la campaña de Obama. Así se dio una derechización o una competencia entre sus precandidatos por ver quién se apersonaba de la derecha dejando en un vacío al electorado de centro, no solo del país sino de su propio partido.

Un cierto despegue de la economía –con mejoras, sobre todo en el empleo-– los anuncios (otra vez) de los futuros retiros de tropas en los frentes de guerra y los éxitos obtenidos en ellas –muerte de Bin Laden, salida por lo menos formal de Irak–, y la pésima campaña republicana lo volvieron a mostrar como seguro ganador.

Dentro de este marco general, pareciera que el resto depende ya propiamente de lo que se haga en la campaña; principalmente de los recursos donde la competencia es tan fuerte –uno teniendo el poder y los mecanismos populares que ya utilizó para ganar la primera elección, y el otro contando con la chequera bastante inagotable de las grandes empresas y de la derecha– que se prevé que excederá por mucho, muchísimo, lo de cualquier campaña previa (probablemente contra Obama juega la nueva ley que permite que las corporaciones o empresas puedan hacer aportes sin límite a las candidaturas).

Lo paradójico e interesante es que si Obama llega a perder –y en el supuesto de que sea por un margen muy pequeño– parecería que la culpa se le puede atribuir a su viaje a la Cumbre de las Américas en Cartagena.

Y no por el escándalo de las ‘damas de compañía’ y los Servicios Secretos que puede contar pero muy poco. El fracaso de ese evento al no producir un comunicado final no se le puede achacar a Obama, ni es probable que a los americanos eso les importe o lo culpen. Pero en lo que puede afectar es que se protocolizó un distanciamiento ya no solo con los países poco amigos –Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua–, sino con lo que podría ser el conjunto o bloque del resto de las Américas.

En vez de un acercamiento con América Latina –y con el electorado latino de Estados Unidos que es lo que buscaba– fue más lo que se vio de consensos sin los Estados Unidos que con ellos, con ejemplos como la posición respecto a las Malvinas, a la política respecto a las drogas, a la presencia o ausencia de Cuba, o incluso al tema de nuevos organismos como Unasur (por algo se decía que se pasó del Consenso de Washington al ‘Consenso sin Washington’).

Pero más puede afectar el favor hecho al presidente Santos al firmar el TLC para que le quedara algo reivindicable ante el esfuerzo incurrido.Esto implicó desatender la posición del Grupo de Monitoreo de la Cámara de Representantes del Congreso Americano para seguir la implementación de los compromisos suscritos por Colombia en el Plan de Acción Laboral para que fuera aprobado el TLC por ese órgano legislativo en abril de 2001.

En carta del 10 de abril a nuestro Ministro del Trabajo, enviada por esos legisladores hacen una enumeración de 7 temas inmediatos en que piden ‘respuestas a incidentes específicos reportados a nosotros’; (v. gr. Trabajadores del puerto de Turbo, de Pacific Rubiales, Cooperativas de Trabajo Asociado; nombramiento de inspectores de trabajo, etc.), con especial énfasis en ‘cuestiones de impunidad’, pidiendo consulta a la Fiscalía para preguntas como: ¿cuántas condenas por homicidio de líderes sindicales ha habido desde hace un año? ¿Cuántos autores intelectuales han sido condenados en el último año? Y similares.

Esto, adicionado a lo que electoralmente puede significar más, al no atender la solicitud directa de no firmar el Tratado por parte de la AFL-CIO (donde, además de la misma falta de cumplimiento de lo acordado, enumeraban el incremento de homicidios y violaciones al derecho de asociación libre y negociación colectiva desde la fecha en que fue firmado el mismo Plan).

Desentenderse de las preocupaciones de su partido e ir en contra de la petición del Sindicato que compone el núcleo duro del partido puede acabar costándole algo o mucho. Sorprendente, pero Colombia puede acabar pesando tanto en el mundo… (o pesar tan poco que la relación con nosotros ni siquiera en eso incide allá).
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