| 2/1/2006 12:00:00 AM

Dos gigantes con hambre

India y China serán los grandes protagonistas del próximo Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos. ¿Cómo han conseguido este vertiginoso ascenso?

El Foro Económico Mundial (FEM), que se celebrará del viernes 25 al 29 en la ciudad alpina suiza de Davos, centrará su agenda en China y la India, dos de las mayores economías emergentes. Rivales y vecinas, China y la India se han transformado en las últimas dos décadas en un gigantesco imán. Inversores extranjeros y empresas multinacionales han caído cautivas ante los atractivos de este nuevo eje de crecimiento económico. Su voracidad amenaza con estrujar a las antiguas potencias y su ambición es entrar en la jerarquía de las economías más potentes del planeta.

A mediados de los ochenta las economías de los dos países sufrían, encorsetadas por telarañas de burocracia y Gobiernos que intentaban timonear los detalles de su comercio interno y con el extranjero. Las relaciones comerciales con Occidente eran casi irrelevantes. Ahora han abierto una nueva ruta de la seda, un vínculo directo con los mercados del resto del planeta.

Alrededor de 1985, la revolución de mercado en la China comunista apenas comenzaba a gatear mientras India debatía reformas para quitarse de encima 40 años, desde que obtuvo la independencia de Gran Bretaña, de un modelo económico centralizado y dirigido por un Gobierno incapaz de sacar de la miseria al 60% de su población. Veinte años después, el resultado ha sido desigual: China ha abandonado una economía planificada de inspiración soviética para abrazar una versión que Pekín denomina Economía de mercado socialista con características chinas. India, por su parte, todavía no encuentra un título para su nuevo modelo.

Se ha convertido en nido de empresas tecnológicas de primera fila y en refugio de firmas occidentales buscando bajos costes laborales -culpable de la fuga de empresas que azota en los últimos años a Europa y Estados Unidos- sin conseguir una velocidad de crecimiento tan alta como la de su rival. A pesar del régimen comunista, las reformas y la apertura al exterior han sido más profundas en China que en la India.

Ambos países, sin embargo, han cambiado la geografía del poder económico mundial. Goldman Sachs, el banco de inversión, avisó este mismo año que para 2025 la India y China se situarán en la lista de las economías más grandes del mundo. Su volumen sólo será menor al de Estados Unidos. La rivalidad entre los dos países, sin embargo, persiste. India vigila con envidia la inversión extranjera que se dirige a China, mientras Pekín mira de reojo la cantidad de empresas extranjeras que escogen situarse en alguno de los asentamientos tecnológicos de su vecino del sur. A pesar de que India se ha plantado como destino predilecto de grandes compañías tecnológicas, China multiplica por 23 sus cifras de inversión extranjera.

Por si fuera poco, el crecimiento de India, que ha promediado un 5% desde 1985, palidece cuando se compara con el despegue chino,que ha alcanzado un asombroso 9% a partir de entonces. Mientras la producción industrial y el comercio exterior engordan la economía china y enriquecen a las grandes urbes, a la vez que abre una peligrosa brecha con el mundo rural, un 40% de la economía india sigue dependiendo de la agricultura. Las dos naciones, sin embargo, controlan la misma arma: una fuerza demográfica capaz de intimidar y jalar a ejércitos de multinacionales de Estados Unidos, Japón y la UE. El reparto del pastel parece, por lo menos de momento, estar claro: India se lleva el sector servicios y de tecnología mientras China se convierte en el polígono manufacturero del planeta.

El recorrido de China para adquirir ese estatus de factoría mundial comenzó a finales de los años setenta. DengXiaoping -el arquitecto de la reforma china- concentró en un puñado de palabras el espíritu que iba a marcar una de las mayores transformaciones sociales y económicas que ha vivido la historia de la humanidad: "Busca la verdad a partir de los hechos".

Con ella, el dirigente comunista, conocido como el Pequeño Timonel, quiso dejar bien claro que el proceso de cambio debía estar basado en el pragmatismo. Era necesario buscar soluciones políticas y económicas que tuvieran una aplicación práctica. Porque el socialismo, aseguraban los líderes, no es incompatible con los mercados o el libre comercio.

Un vistazo a las cifras puede dar una idea de lo que ha pasado desde entonces: en 1982, el producto interno bruto (PIB) era de 221.500 millones de dólares; al año alcanzó los 1,4 billones. En 1982, las exportaciones e importaciones ascendieron a 22.321 millones y 19.825 millones de dólares. Pero más allá de los fríos números, el resultado ha sido un cuarto de siglo de profundo cambio. Hace dos décadas, el Imperio del Centro era un país completamente distinto al que es hoy. Aunque la omnipresencia y el control absoluto del PartidoComunista Chino (PCCh) -cuya red se extiende hasta la más pequeña de las aldeas- siguen siendo los mismos, la economía avanza a un ritmo desenfrenado para modernizarse y ocupar el lugar que considera que le corresponde en el mundo.

En India, la enmarañada burocracia y las restricciones a la inversión extranjera han impedido un avance a la misma escala. El proceso de liberalización que arrancó en 1991 ha supuesto que el Estado ha dejado de ejercer como guía de la economía. A pesar de ello, las dificultades que tienen las multinacionales a la hora de implantar una fábrica en suelo indio no terminan de desaparecer.

A cambio, un sistema educativo que es una verdadera industria de mano de obra capacitada en las nuevas tecnologías, y que habla inglés, le ha permitido convertirse en el centro de atención al cliente de medio planeta. El sector servicios ha pasado a representar ya casi el 55% del PIB de India. Las reformas del Gobierno para despojarse de las restricciones a la entrada de capital, sin embargo, se erigen como uno de los principales retos para los próximos años.

Se trata de reformas que Pekín inició a mediados de los ochenta. China impulsó la creación de empresas no agrícolas en el campo y permitió el comercio y las inversiones internacionales. Las reformas a finales de esa década y principios de los noventa se centraron en desarrollar un sistema de precios fijados por el mercado y en disminuir el papel del Estado. Después, fueron puestas en marcha la transformación del sistema bancario -que debía prestar dinero en función de criterios de rentabilidad, no por órdenes políticas- y la reestructuración del sector público.

Más de 250 millones de personas han salido de la pobreza gracias a estas reformas. India, sin embargo, sigue sufriendo el quebradero de cabeza que supone tener a más de600millones de personas por debajo del umbral de la pobreza. El país supuestamente goza de una clase media pujante y creciente de cerca de 150 millones de personas. Pero el Gobierno empieza a dudar de que el sector servicios por sí solo sea capaz de resolver sus problemas. Las empresas tecnológicas y de atención al cliente, después de todo, no crean tantos empleos como las manufactureras.

El crecimiento económico de China, por su parte, ha creado tal abismo entre ricos y pobres, entre provincias costeras y del interior y entre las ciudades y el campo que se ha convertido en una amenaza para la estabilidad social y económica del país. Conscientes de ello, los líderes fijaron como prioridad durante el último congreso del Partido Comunista, celebrado en noviembre de 2002, cerrar la brecha y extender el bienestar a toda la población para 2020. Tendrán que luchar contra la corrupción que corroe todos los estamentos, tendrán que atajar la degradación ambiental -resultado del rápido desarrollo-, y deberán proseguir la apertura de la economía de acuerdo a los compromisos adquiridos con la entrada en la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 2001.

Al sur, en India, el Gobierno dice que el país vive días de gloria. Pero el reto sigue siendo el mismo que hace 20 años: crear riqueza y desbaratar la burocracia y lo corrupción que carcomen el avance económico del país. Si ambos alcanzan sus objetivos, los datos auguran que China e India se transformarán en las próximas dos décadas en la espina dorsal de la economía mundial. Y están en Davos, rodeados de la elite política y empresarial del planeta, para dar fe de ello.
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