| 2/27/2007 12:00:00 AM

¿Cuánto vale no educar a una persona?

Francisco Cajiao, conocedor de asuntos educativos en Colombia, en su columna on-line de Dinero.Com se pregunta ¿Cuánto vale educar a una persona?: “Que la educación es esencial para el desarrollo económico del país, que es lo más importante que uno puede dejarle a los hijos, que no es un gasto sino la mejor inversión posible, son frases que se han convertido en lugares comunes de la retórica gubernamental y académica, pero no se reflejan en la estructura del presupuesto público”.

Educar es, efectivamente, un asunto presupuestal y, como lo sostiene hábilmente Cajiao, no se refleja en las arcas nacionales, departamentales o municipales. Si no vea lo que ocurre en la mayoría de municipios colombianos donde las instituciones educativas adolecen hasta de lo mínimo esencial para cumplir su acometido. Es costoso educar, eso lo aceptamos con Cajiao, pero es más costoso no educar.

La pobreza es un factor que tiene múltiples variantes. Existe la pobreza económica, que es terrible, pero no censurable. Y junto a ella está la pobreza intelectual, que además de terrible es doblemente censurable. Porque aquí se entra a juzgar al individuo en sí y al Estado como responsable de ese individuo. En cifras concretas, sostiene Cajiao que “El Ministerio de Educación y el Ministerio de Hacienda, por su parte, consideran que la educación de un niño pobre en la educación pública vale más o menos novecientos mil pesos al año. Pero además, le preocupa al Departamento de Planeación Nacional que el gasto en educación se ha disparado y pretende modificar el sistema de transferencias para no afectar la financiación del plan de desarrollo del nuevo cuatrienio”. Y analiza lo sucedido en la capital de la Republica: “Las cifras son elocuentes. Bogotá, que ha hecho un gran esfuerzo financiero para mejorar la calidad de la educación pública en la ciudad, recibirá de la nación $995.090 por cada niño matriculado en el sistema en 2007, pero gastará $1’711.541 para poder ofrecerles un mínimo de calidad aceptable. Esto explica que la tercera parte del presupuesto de la ciudad se invierta en educación”.

En muchas regiones de Colombia educar a un niño no cuesta mucho. Y los resultados son evidentes. Pobreza, miseria, marginamiento social y toda una secuela de desmanes sociales que se pudieron evitar con una buena inversión del presupuesto en educación. Educar es costoso. Pero no educar lo es más. O educar en condiciones desfavorables para la niñez. De qué vale una escuela si no cuenta con los elementos mínimos y necesarios para ejercer su tarea, en qué beneficia a la población una educación que a duras penas contribuye con la instrucción memorística y repetitiva de sus educandos. Porque no se crea que educar es rellenar un salón de clases con cuarenta o cincuenta muchachos pipones y barrigones. La educación que no genera procesos de pensamiento es obsoleta y anticuada, modelo paradigmático que hace mucho está mandado a recoger.

Y eso es lo que ocurre en la Colombia de Hoy. No se educa. Se destinan exiguos presupuestos que a duras penas contribuyen con la permanencia de los niños y las niñas en las escuelas, pero en condiciones lamentables y deplorables. Todas nuestras desgracias pueden resumirse en la falta de educación. Maestros que continúan bajo la égida de unos modelos educativos anticuados y obsoletos y unos muchachos que debido al hacinamiento, entre otros factores, viven en permanente rebeldía con sus padres y preceptores. Así no se educa, se perpetúa la miseria y la ignorancia de los pueblos.

Debe ser mandato constitucional la obligatoriedad de una educación acorde a las necesidades y requerimientos de nuestros días. Pero no en simples enunciados, sino traducido en cifras económicas que vayan más allá del querer del gobernante de turno. Escuelas en condiciones dignas. Maestros bien pagados y preparados. Y, sobre todo, niños y niñas tratados de acuerdo a los preceptos del decoro y el respeto por sus derechos humanos. ¿Acaso es normal que en un salón de seis por siete se amontonen hasta sesenta niños o niñas? No. Cosa distinta es que nos hemos acostumbrado a ello y que los padres de familia cohonestemos con este ultraje a sus derechos humanos. Educar cuesta. Pero no educar nos está saliendo más caro.

peobando@telecom.com.co

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