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| 7/7/2020 12:01:00 AM

Una reflexión políticamente incorrecta sobre covid, educación y juventud

"Quiero invitarlos a que traten de mantener el vínculo con su universidad. La continuidad de los estudios es fundamental, así se ralenticen. Desconectarse completamente de sus carreras les hará retrasarse en el camino de su profesionalización".

Son muchas las implicaciones de la pandemia y de este aislamiento que empieza a abrumarnos. Una de las que más desasosiego me genera es cómo están reaccionando los jóvenes de nuestro país a estas nuevas y extrañas circunstancias. Si estoy autorizada para hablar de la juventud, no lo sé. Mis reflexiones al respecto no son las de un especialista, ni vengo armada de referentes teóricos para sustentar mis ideas. Escribo movida por una inquietud personal, motivada, primero, por mi rol de madre de tres hijos, y, segundo, por mi trabajo como directora de comunicaciones de una universidad privada de Bogotá.

La educación es fundamental, y no me refiero solamente a la que se dispensa desde casa, sino también a la que se imparte en jardines, escuelas, colegios, institutos y universidades. Para garantizar el bienestar social; el crecimiento económico; para reducir las brechas de desigualdad; para ampliar las oportunidades para que las nuevas generaciones cuenten con una mejor calidad de vida; para asegurar el avance de la democracia; impulsar la ciencia; la tecnología y la innovación y para que los hacedores del mañana sean ciudadanos de bien hace falta una sólida formación de base y un entusiasmo ilimitado por el aprendizaje y la actualización permanente.

En la Universidad Central, lugar donde trabajo hace más de veinte años, he podido constatar de qué manera la vida de un joven se transforma en cuanto elige una carrera y se construye como sujeto activo en este nuevo contexto. Al decir esto, parto del supuesto de que el aprendizaje trasciende las fronteras del aula de clases va más allá de lo académico, se convierte en una verdadera experiencia de vida.

Como es evidente, la educación en todos sus niveles está sufriendo drásticos cambios y afectaciones por causa de la covid-19. Dado que colegios e instituciones de educación superior tuvieron que cerrar, fue necesario cambiar abruptamente el chip todavía estamos en eso, asumir el liderazgo, remangarse y crear marcos de referencia para dar continuidad a la formación de niños y jóvenes durante el confinamiento. Se ha dado preeminencia a la adecuación de las prácticas pedagógicas y la configuración de nuevos escenarios educativos basados en mediaciones tecnológicas, lo que ha permitido hacer avances significativos hacia la educación virtual.

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Sin embargo, como enfatizó hace algunos días Claudio Rama, especialista en sistemas educativos latinoamericanos, estamos acometiendo una primera fase de emergencia y aún son varias las dificultades que se evidencian en la implementación de esta alternativa a la presencialidad, dadas las limitaciones que existen “en términos de conectividad y de equipamiento”; los déficits en la capacitación docente y “la enorme dificultad de cambiar de esquemas de un día para el otro”.

Este último problema es, en mi opinión, el más grave de todos. Hay mucha resistencia a la virtualidad, especialmente por parte de los jóvenes, de quienes se esperaría mayor apertura al cambio tecnológico. Me preguntaba en estos días si acaso no eran ellos pioneros en el uso de las TIC. Al parecer, no. No están listos aún para esta revolución en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Su insatisfacción, que se hace evidente en conversaciones, encuestas y redes sociales, es preocupante. De acuerdo con el mapa de seguimiento mundial de la Unesco sobre los cierres de escuelas (solo de escuelas) causados por la covid-19, cerca de 1.100.000.000 estudiantes se están viendo afectados por la situación y han tenido que migrar a plataformas virtuales.

En Colombia, la ministra de Educación dio a conocer recientemente los lineamientos que se deberán tener en cuenta a partir de agosto. Sin embargo, muchos jóvenes han dejado ver que no seguirán estudiando en estas condiciones. Algunos por motivos de fuerza mayor, otros, en espera del retorno a clases 100% presencial.

En un documento de Ascun publicado a finales del mes pasado, "Percepción universitaria: los estudiantes tienen la palabra", que presenta los hallazgos de una encuesta realizada a 15.841 estudiantes de 78 IES públicas y privadas del país, se anuncia un panorama desalentador durante el próximo semestre: el 32% de los consultados manifestó que prefería retornar a la presencialidad en todas sus asignaturas y el 12% que lo más probable es que aplazará el otro semestre.

Puede que en este momento los jóvenes solo estén planeando poner en pausa sus estudios, mientras todo se estabiliza, mientras las dificultades financieras mejoran, mientras la presencialidad recobra su lugar, mientras emociones se apaciguan tras la incertidumbre y la compleja coyuntura. Algunos, seguramente, podrán retomar sus estudios, pero otros no lo harán: es posible que pierdan el empuje inicial para estudiar, la motivación que se necesita para avanzar en su carrera; es posible, aunque duela reconocerlo, que sus circunstancias y la situación general del país sea la misma o, incluso, peor para entonces. Según las proyecciones, para el segundo semestre, podría haber entre 600.000 y 1,2 millones de alumnos universitarios menos. ¿Todos volverán a las aulas el próximo año? Pensar en dar respuesta a esta inquietud es doloroso.

A pesar de tantos peros, me atreveré a afirmar que no son suficientes para que ustedes, jóvenes, detengan su marcha y pausen una parte tan importante de su proyecto de vida. Sé que esto sonará, para algunos, como la opinión de una persona indolente, que no entiende la complejidad de lo que está ocurriendo. Entiendo que lo que estoy diciendo es, de algún modo, políticamente “incorrecto”, pues muchos viven un momento verdaderamente dramático y sería injusto pedirles que no abandonen el camino de la educación. Sin embargo, considero que muchos otros han cedido a su flaqueza, se resienten de tener que adaptarse a las circunstancias actuales. Son palabras duras, lo sé, pero la juventud necesita ser despertada, porque vive tan conforme de sí misma que ha perdido mucho de atrevimiento, de audacia, de iniciativa, de “verraquera”. Como madre de tres hijos y como profesional que trabaja de cerca con jóvenes, soy testigo de las dificultades que están enfrentando al estudiar desde casa; me doy cuenta de que no se concentran con facilidad, no se sienten tan motivados y soy plenamente consciente de que aún deben resolverse muchas falencias de la educación mediada por tecnologías, que afectan la calidad de la enseñanza.

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Hace algunos días, el exgobernador de Antioquia, Luis Pérez Gutiérrez, se refirió en una columna de La República al precario estado de la educación digital en Colombia; solo pude darle la razón. Creo, sin embargo, que mientras cada institución y el mismo Gobierno intentan superar estas fallas, la educación no se puede detener. Como es natural, hemos puesto la mirada en las repercusiones más visibles e inmediatas de la pandemia como la crisis sanitaria, la escasez de alimentos, la economía, la estabilidad de las empresas y del mercado laboral, pero aún no se ha abordado en el impacto que está teniendo y tendrá en un activo tan importante como la educación, impacto que se verá reflejado en el mediano y largo plazo y que afectará el tejido social del país.

Pese a que vivo de cerca el desaliento y la insatisfacción que generan estas circunstancias, creo que estos cambios pueden dejarnos grandes aprendizajes. Como explica Yuval Noah Harari, estos son tiempos para enseñar “pensamiento crítico, comunicación, colaboración, creatividad” y otras competencias que pueden ayudar a que nuestros jóvenes no solo se conviertan en excelentes profesionales sino en mejores seres humanos.

Necesitamos —sí, todos— aprender mucho sobre adaptabilidad. Creemos la mayor parte del tiempo que las circunstancias deben adecuarse a nosotros, y no al contrario. Grave error. La recursividad últimamente parece escasa, porque ante los obstáculos nos paralizamos y no buscamos rutas de escape, pues las presiones del entorno nos arrinconan, nos golpean, y nos cuesta recuperarnos de ellas. Es tiempo de que ustedes, jóvenes, aprendan a ser determinados, a perseverar en sus propósitos, a mantenerse firmes para avanzar, sobre todo, cuando todo parezca en contra. ¡No se rindan! Abandonar no debe ser una opción.

Quiero invitarlos a que traten de mantener el vínculo con su universidad. La continuidad de los estudios es fundamental, así se ralenticen. Desconectarse completamente de sus carreras les hará retrasarse en el camino de su profesionalización: perderán el ritmo, sus compañeros de estudios avanzarán, la motivación decaerá… Las decisiones que tomen ahora podrán dar un vuelco a sus vidas, para bien o para mal.

Tengo en mente una frase de León Tolstói que suena trillada, pero que lleva en sí una gran verdad: “todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. La juventud colombiana exige, pero ¿los jóvenes hacen lo suficiente por cultivarse a sí mismos? Un empeño semejante requiere compromiso, no renuncia; requiere fortaleza, no abandono. Colombia necesita profesionales que hagan todo diferente, que muevan masas, que creen arte, que generen innovaciones, que abran caminos. De otro modo, sin educación, ¿cómo podremos llegar a ser mejores? ¿Cómo podremos enfrentar esta y otras “pandemias” de nuestra sociedad? ¿Cómo podremos ganar las batallas que nos depara el futuro?

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*Directora del Departamento de Comunicación y Publicaciones (Universidad Central).

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