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Opinión

  • | 2020/01/21 08:21

    Visibilidad por encima de todo: un gusto que nos frena

    “Es que yo a ese no lo conozco, entonces cómo voy a votar por él”, oí decir alguna vez en una cafetería. El comentario reflejaba una profunda verdad social que nos debería hacer reflexionar. Hablemos de entregarle irresponsablemente nuestras acciones a la visibilidad, ya sea la propia o la de otros. Hablemos de la manera en el que el país nr. 1 en corrupción se enreda solo en una lucha estrábica que puede perpetuar este flagelo.

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Un político me dijo algún día, “lo que tiene que hacer uno para llegar lejos en este país, es salir en televisión”. El arte, al parecer, estaba en figurar tanto en lo bueno como en lo malo, pero en un equilibrio que al final arrojara un resultado “con sonrisa y sin contenido”. No debería estar de acuerdo con el político, pero su frase dice mucho de nuestra sociedad.

La visibilidad se ha vuelto el criterio de acción, no solo de influencers y el mundo de la superficialidad rentable, de por sí esclavizado por la estética. También se ha vuelto el centro del accionar de las entidades públicas, sin importar el precio social silencioso que se paga. No hay muchas cosas peores que un político o un funcionario -muchas veces son lo mismo- que se guía solo por la visibilidad. Funcionan como influencers, desesperados por likes, tejiendo una tasa de conversión que brinda votos al final, sin que el resultado sea el impacto real al haber hecho mejores calles, laboratorios, semáforos, etc. Hay unos pocos que sí buscan eso, pero la sociedad colombiana no está configurada para reconocerlo, pero sí para espantarlos. De ahí se deriva más cortoplacismo, e inclusive, algo de sectarismo político que luego se alborota en las redes.

Si se quiere generar desarrollo socioeconómico en un país plagado por la violencia y la imagen, hay que hacer y no presumir. Hay dos formas de definir el “impacto” que tanto trasnocha a los policymakers colombianos. La primera -la ideal- es cuando se da una transformación positiva de una realidad, e.j. reducir la pobreza, robustecer emprendimientos, pavimentar vías, hacer puertos, y así sucesivamente. Y no está mal que la inauguración de obras sea motivo de orgullo. Pero la otra forma de impactar es la que abunda, y parte de la obsesión con “ser más visibles, lograr engagement, que la gente hable de nosotros…”. Hay otra razón que no se reconoce abiertamente, y es figurar para “que sirva de trampolín hacia otra cosa, quizá un cargo político”. Ese el criterio magno, diplomáticamente escondido, con el que operan muchas entidades colombianas. Pareciera una espiral de poder interminable que va carcomiendo la infraestructura social del país. 

Si no es mucho pedir, sabiendo cuán importante es la comunicación política y de gobierno, invito a que reflexionen en la visibilidad como efecto y no como causa final, para usar la noción de Aristóteles de las cuatro causas. Que las cosas que emprendan en estos nuevos gobiernos locales -también en el nacional-, se hagan por motivos técnicos y no por populismo. Es tan básico el principio, pero Colombia no podría estar más lejos de su aplicación.

Recientemente salió el penoso ranking de corrupción, ubicando a Colombia como número 1. Lo más trágico no es tanto esa fotografía internacional, sino la ignorancia con la que el país quiere proceder a combatirla a punta de discursos, palabrería y falsos positivos burocráticos, que sirven para sacar pecho y catapultar carreras en el mediano plazo. House of Cards se queda minúsculo frente al modus operandi de la política colombiana. ¿No da vergüenza catapultar carreras a costa, no solo de los contrincantes, sino también de los electores?

¿De qué sirven los créditos internacionales si no se usan en tecnología avanzada de detección de irregularidades? Pero a Colombia todo le suena a irregularidad, sin si quiera preguntarse quién las determina y con qué criterio (¿legítimo?) lo hace. El hecho de que tengamos una aproximación teórica a la realidad de la corrupción, sugiere que inclusive un tema así de terrible también se trata desde la obsesión por la visibilidad. Colombia ha creído desde la constitución del 91 que el control excesivo es la solución, y no se ha dado cuenta que ha tejido redes de falsos positivos burocráticos, que jamás acabarán la corrupción. Todo lo contrario. Son el fiel amigo de su perpetuidad. Por eso, hago el llamado, desde y hacia distintas orillas políticas: construyan menos visibilidad, menos estética y más, mucho más, proceder técnico con resultados que pueden vivir sin una rueda de prensa. La satisfacción ciudadana es suficiente. Se supone que por eso se está en lo público, ¿no?

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